Cultura

Mohsen Emadi: una sonata persa escrita en español

Literatura

Con autorización del autor, publicamos el prólogo al libro ‘Sonata en la ceniza (Una égloga)’ del poeta iraní-mexicano que recuerda los paisajes de la infancia y de la primera juventud, con la música honda de su cultura ancestral.

En su primer libro escrito en español, Sonata en la ceniza (Una égloga)*, Mohsen Emadi da continuidad a su imaginación y a su canto, expresados ya en otros libros de poemas traducidos al castellano por Clara Janés y otros conocedores del farsi o persa. De esos libros solo conozco Abismal, publicado por la Casa Refugio de la Ciudad de México, en el 2016. Pero la lengua primera de Mohsen es el mazandaraní, que los expertos consideran un idioma autónomo y no una derivación del persa. Como sea, Mohsen afirma que esa lengua es oral y no escrita, que representa la memoria de sus antepasados y el sonido incesante del mar Caspio. Tal vez a falta de escritura los mazandaraníes han forjado una constelación de recuerdos más propios del deseo que de la realidad no deseable. En broma, siempre le digo a Mohsen que cada mazandaraní llevará consigo su propia versión de la historia, desde que fueran derrotados por Alejandro Magno. Y él, Mohsen, se comunica con el mundo en una lengua única: el Mohsendaraní.

Este libro, escrito en su mayor parte de manera horizontal, en trazos y respiraciones extensas como llanuras geográficas, está poblado de bellas imágenes que se anuncian a sí mismas como bucólicas, de tonos pastoriles por la supuesta égloga colocada al frente de esta obra. Como en Abismal, hay una atmósfera íntima que sueña con los paisajes de la infancia y de la primera juventud, con la música honda de su cultura ancestral, como si fuera acompañada por el sonido de un setar. Que significa, literalmente, instrumento de tres cuerdas, pero en realidad posee cuatro porque en su evolución sumó una más. La belleza acompañada invariablemente de dolor y de la ausencia.

La poesía de Mohsen, tiene en su origen un paisaje y tres lenguas: mazandaraní, farsi y árabe. Este último idioma por la lectura del Corán, a la que su padre, dirigente religioso, lo obligó. Emadi ha sumado más cuerdas idiomáticas a su corazón: el inglés, el finés y el español, que son las marcas de su exilio al que fue condenado por el fundamentalismo islámico, tribunal al que se sumó la propia familia.

No obstante las referencias a otras geografías, los versos del poeta suenan con cuerdas culturales de lejanía y presencia de la voz materna, de maestros de la antigüedad y de viejos y queridos poetas de quienes hereda la lucidez y la rebeldía de la conciencia, como Ahmad Shamlú, y en tiempos más recientes de Antonio Gamoneda. Es una prosa poética asaltada por segmentos rítmicos que acotan y cortan la respiración; exigen una pausa antes de continuar en el próximo resuello: “De la oscuridad nace la luz. Es la oscuridad lo que devuelve la palabra a su forma. Yo soy un animal de la forma; de la forma de besar, de la forma de acariciar”. Así, la sonata exhibe sus temas en un diálogo de ecos reflexivos y carnales, entre lo espiritual y el deseo. Pero es imposible continuar sin riesgo de perder el aliento del poema, que nos lleva a profundidades mismas de su esencia: el olvido, la oscuridad, la ignorancia. El poeta nos obliga a menudo a hacer altos totales o a reducir la velocidad de la lectura observar con él a ese sitio a donde va y vuelve el lenguaje para refrescar el habla y la escritura, para devolver el asombro a la palabra.

La conciencia de no pertenencia y pertenencia a la vez, de carencia y búsqueda, de presencia ausente, establece un juego de paradojas e ironías oximorónicas en los versos del iraní naturalizado mexicano. Luego de un largo periplo por Finlandia y España, ambos referentes existenciales en este libro, Mohsen arribó a la Casa Refugio de México y aprendió el español mexicano. Más tarde intentaría echar raíces en Georgia, pero la pugna entre pro rusos y pro ucranianos, el armamentismo aportado por la OTAN y por Rusia, lo disuadió de estar más cerca de su patria.

Si bien domina en este libro una poesía en prosa, también la hay con forma de rayo, vertical y fulgurante. “Miré tus ojos / y descubrí la edad de la tierra y desee / que todos los caminos llevaran al lenguaje”. El dibujo vertical de este trazo responde en su economía a la extensión musical y semántica de los poemas que se atreven incluso a deambular por el ensayo, la crónica y a ratos hasta en el testimonio y el apunte biográfico, pero todo sujeto a la bridas de sus potros literarios. Figura lírica y zoológica muy presente en sus versos.

“Te torturaron para que revelaras su nombre. Te miraba y tú cantabas. Estabas encadenado, en grilletes, siendo torturado para revelar su nombre, y tú cantabas. Nunca supiste su nombre; si se revelara, moriría para siempre”. Esta sonata triste de Mohsen invoca el nombre de los muertos, de los momentos imposibles, de lo que pudo ser y se fugó, de un rumor de felicidad que solo renace en la invención. Pero lo cierto es que todo esto ha tenido lugar, una buena parte en la realidad tangible y compartida y otra en el deseo y la imaginación del poeta. Porque este libro podría calificarse de imaginativo y no obstante nos comparte una sustancia real que duele y nos conmueve, que nos ofrece dulces llagas para convertirlas en notas y en tarareos cómplices. Es una Sonata en la ceniza del pasado vivido e imaginado por el autor, de su realidad, de su innegable realidad. Mohsen practica con los lectores supuestos, y consigo mismo, un ritual en el que aprehende y deja aprender la experiencia individual en el encuentro colectivo: “Hablar con estos vivientes es hablar con sus muertos. Para aprender su idioma es necesario escupir tres veces recíprocamente, cada uno en la boca del otro. Cuando la gente aprende su idioma, el color de su piel cambia”.

Esta poesía mana del exilio y la derrota, donde toda experiencia deviene en lenguaje y en posibilidades de ofrecer a la vida una nueva palabra para soportar el peso de la muerte. Mohsen hace de las cenizas un canto en el que brota una luz para mirar el camino de los ausentes, pero sobre todo para alumbrar los pasos del deseo, la sonrisa dibujada en labios de la palabra aliento, pronunciada en idiomas con y sin escritura. Es esta una obra poética que se sueña pastoril entre las teclas de una computadora y el reflejo del mundo en las pantallas del mercado y las tensiones de un tiempo en llamas. Poemas escritos y cantados en la lengua única, íntima de Mohsen, el Mohsendaraní.

***

Tres poemas de Mohsen Emadi, de su libro Sonata en la ceniza

No puedo llamarte “amor”…

No puedo llamarte “amor” porque en los límites de tu cuerpo esta palabra no da señal alguna de vida: como un dragón en un vaso de alcohol. Tiene todo el asombro de su anatomía pero ya se pueden observar todos sus órganos sin ningún riesgo. Abres tus pies, y de repente el lugar se vacía de aire y las palabras no llegan de mi boca a tu oído. Cada palabra amorosa parece un niño bastardo que su madre arroja a un pozo por temor. Sorprendido, salto al pozo buscando al niño. Los ojos se abren solo en las dimensiones de la oscuridad. Sin horizonte, sin fondo. Habito en ti como se habita en el territorio del silencio y las tinieblas. Estoy en el corazón de la muerte y no estoy muerto. No puedo llamarte “muerte”.

Es otoño

El mar está lleno de huracanes: ningún velero zarpa.

Ángeles negros colocan nuestro aliento en sus trompetas: “¡Te quise siempre!”

El mar está bailando rock & roll en mi garganta,

los veleros se mueven arriba y abajo cerca del paseo marítimo,

sus cuerdas son muy fuertes.

Copa a copa, bebemos la noche y los ángeles se tambalean.

Las trompetas caen de sus manos.

El mar se oscurece.

Los buques de guerra han atracado cerca de la orilla.

Las lámparas se encienden y se apagan en las cubiertas.

La orquesta está tocando un vals.

El mar está lleno de huracanes.


Un siglo más tarde,

tú estás de pie en el bar

y yo toco la trompeta.

                    Esta noche,

                              el mar ha llorado un velero

                                                            en todos los idiomas.

Los cuentos populares…

Los cuentos populares de esta ciudad hablan de un extranjero que llegó en el día más frío del año a la casa más antigua, con su sombra y una maleta, y alquiló una habitación. Ningún ojo podía mirarlo. Era un abismo con forma de hombre. A su llegada, todos los objetos emparejados sufrieron algún daño. Se dice que una mujer vivía en la habitación de al lado. Todo lo que tenía era un par de macetas que habían pasado de mano en mano desde tiempos muy antiguos. Al llegar el extranjero, una de sus macetas desapareció y todas las flores de la otra maceta empezaron a marchitarse. La mujer estaba llorando y solo uno de sus ojos tenía lágrimas. El ojo sin lágrimas únicamente veía sombras. Cuando el extraño y su sombra salieron de la ciudad la nieve se detuvo y la mujer vio las dos macetas sobre su alféizar. Una de ellas estaba cubierta de ceniza.


* Sonata en la ceniza (Una égloga), Universidad Autónoma de Aguascalientes / Universidad Autónoma de la Ciudad de México, 2025.

AQ / MCB

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Laberinto es una marca de Milenio. Todos los derechos reservados.  Más notas en: https://www.milenio.com/cultura/laberinto
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