En su reciente libro Ladrido de ángeles (Universidad Autónoma de Sinaloa, 2026), Julio Ramírez construye una poética de la intemperie. Desde el primer verso —“El hombre nace solo, ni siquiera trae su sombra consigo”— el libro marca su territorio: la condición humana como exilio originario, como desprendimiento y búsqueda de un reflejo en el otro. La soledad aparece aquí como estructura ontológica; es el punto de partida y también el destino que se niega y se confirma en cada acto amoroso.
El poeta trabaja con una imaginería —el aire, el cuerpo, la sombra, el barco de papel, el ruido, el tacto— que se repite insistentemente. El aire, por ejemplo: es bálsamo, verbo, cópula de los sentidos, materia invisible que vertebra la mirada del amanecer. En uno de los pasajes más altos del libro, el poeta invita a “escuchar el aire” con el cuerpo desnudo, a sostenerse en su hálito, como si en esa experiencia mínima se cifrara una ética de la atención. El aire es lo que circula entre los cuerpos, lo que permite la voz, pero también lo que se escapa; metáfora de la vida misma, que solo puede habitarse mientras se respira.
El cuerpo ocupa un lugar central. Es un cuerpo vulnerable, atravesado por el tráfico, el humo, el alcohol, las sábanas, la memoria. “El amor es resbaloso / como el jabón”, dice el poeta con una imagen que desacraliza el sentimiento sin restarle intensidad. El erotismo en Ladrido de ángeles es combate y estado de sitio: la almohada, el silencio y la respiración se convierten en campos de tensión donde el deseo y la conciencia se enfrentan. El amor aparece como experiencia de ceguera —“Es cosa de invidentes”— y a la vez como única posibilidad de guía. Esta ambivalencia recorre todo el libro: amar es tocar lo que no se ve, sostener lo que se deshace.
Uno de los rasgos más torales de la obra es su diálogo constante entre lo íntimo y lo urbano. Cantinas, automóviles, trenes que ululan, avenidas en la luz, humo de cigarro: la ciudad se convierte en una extensión del sistema nervioso del hablante. La vida se define como “costumbres en el tráfico urbano / de los poros”, formulación que sintetiza la propuesta del libro: lo exterior y lo interior son superficies que se contaminan. El yo poético es “mitad de la calle”, y esa calle es tanto geografía concreta como estado espiritual.
La memoria, por su parte, funciona como un equilibrista que salta “de la página al cigarro / y del cigarro al vaso / y del vaso al vacío”. Hay en estos versos una conciencia de la escritura como acto precario, como intento de fijar lo que inevitablemente se escurre. Julio Ramírez no confía del todo en la verdad: “la verdad jamás cubrirá nada”, afirma, subrayando el carácter inventado —y sin embargo necesario— del lenguaje. De ahí que la palabra adquiera una dimensión ética: “Jamás dejaré sola a la palabra”. Escribir es acompañar, resistir al silencio que amenaza con convertirse en estruendo o en ausencia total.
El título del libro condensa su tensión fundamental. El ladrido remite a lo animal, a lo instintivo; los ángeles, en cambio, evocan lo espiritual, lo invisible. Entre ambos polos se despliega la voz del poeta: una voz que ladra en la ciudad, que muerde la soledad “sin bozal ni cadena”, pero que también busca una trascendencia en el acto cotidiano. Hay aquí una espiritualidad terrestre, hecha de pulmones, sábanas y vasos sobre la mesa.
Formalmente, el libro alterna versos breves y fragmentarios con bloques más extensos de respiración amplia. Esa variación rítmica reproduce el vaivén que obsesiona al poeta: inhalar y exhalar, acercarse y perder, amar y quedar solo. A veces el discurso se torna torrencial, acumulativo, como si quisiera abarcarlo todo; en otras ocasiones, se detiene en imágenes nítidas que condensan la experiencia en pocas palabras. Este movimiento desigual es parte de su fuerza: el lector transita por un paisaje emocional donde la reiteración se profundiza.
Ladrido de ángeles es, en última instancia, un libro sobre la resistencia. Resistir a la soledad mediante el amor, resistir al ruido mediante el silencio, resistir al olvido mediante la palabra. El poeta se reconoce común —“Somos gente común”—, pero en esa aceptación encuentra una forma de dignidad. No se trata de alcanzar verdades absolutas, sino de apostar por la vida “en el punto y seguido”, de pedirle a la muerte una ronda más para seguir estando.
Julio Ramírez ofrece así una poesía que logra conmover desde la experiencia compartida. Su voz se sitúa en la frontera entre el desamparo y la celebración, entre el ladrido y el canto. En esa tensión, el lector descubre que el aire que respira el poema es también el suyo.
Leonel Robles
Narrador y poeta. Ha escrito, entre otros, los libros ‘Exilios de infancia’ (1996), ‘Balada para un viajero’ (2023) y ‘Sala de urgencias’ (2023).
AQ / MCB