Cultura
  • El arte combinatorio de Umberto Eco: retrato íntimo de un intelectual y amigo

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Umberto Eco, 1932-2016. (Fotoarte: Luis M. Morales)

Presentamos un fragmento de ‘Umberto’, recién publicado en Italia, un retrato íntimo e intelectual del autor de la célebre novela ‘El nombre de la rosa’.

‘Umberto’ (La Nave di Teseo, 2026), recientemente publicado y presentado en Italia, ha sido escrito por Roberto Cotroneo, escritor y periodista cultural italiano, y constituye uno de los más amorosos e íntimos testimonios acerca de la reservada amistad, a lo largo de treinta años, entre un joven aspirante a escritor y uno de los pensadores más importantes del siglo XX: Umberto Eco. Fulmínea y fragmentada, ‘Umberto’ es una obra que intenta bosquejar un retrato inédito del semiólogo italiano a diez años de su muerte, como tributo de amistad y gratitud a un genio de inteligencia combinatoria que intuyó y supo leer el futuro en el pasado.
Presentamos a continuación la traducción de las primeras páginas de ‘Umberto’.

Lo conocí un día antes de que emprendiese su vida como escritor. El nombre de la rosa se publicaría un par de meses después aproximadamente, y su mirada era todavía la de un brillante profesor muy reconocido, incluso fuera de Italia, en los ambientes universitarios y editoriales. Su apellido manifestaba claramente su manera de dejar indicios por el mundo. Eco era un eco. Una voz que corría por doquier, como algo que había entrado a formar parte de la conciencia intelectual de cualquiera. Era central y marginal, esquivo y egocéntrico. Pero, sobre todo, era capaz de vaticinar lo que sucedería después porque poseía una forma de inteligencia natural que se igualaba mucho a la artificial de la que tanto hablamos hoy en día. Con ciertas condiciones dadas, podía desentrañar el desenvolvimiento que tendrían los acontecimientos. En los años sesenta, al ver un par de trazos de Charles Shulz, todavía un completo desconocido, intuyó que el dibujante norteamericano se tornaría irresistible e irrenunciable para muchas generaciones: Shulz con Snoopy, Charlie Brown y Lucy. Ya se había establecido, por ejemplo, que Ian Fleming era un autor de novelas para ingenuos apasionados de las spy stories algo cándidas; pero después de pasar por la mirada de Umberto, se transformaría en un genio de las estructuras narrativas. Atento a fenómenos como la televisión, de la cual ningún intelectual pensaba que tenía que hablar y mucho menos comprarse una para ver en casa, Umberto escribió algunas páginas definitivas sobre Mike Buongiorno cuando a nadie se le ocurrió ocuparse de un presentador de programas de concursos idolatrado por las familias italianas.

Umberto era moderno. Apasionado de Chopin, casi en privado; en público tocaba con Pierre Boulez y Luciano Berio en el Studio di fonologia musicale de la RAI de Milán, en la que había más osciladores que instrumentos musicales. Y si Luciano Berio componía con la voz de su esposa, Cathy Berberian los pasajes del Ulises de Joyce, él pasaba de los textos medievales a las novelas rosa. Umberto era tan genial que hoy muchos intentan hacer y decir las cosas que él escribía y pensaba hace sesenta años, pero sin originalidad y de una manera torpe. Digamos que elaboraba una cantidad de información inmensa y la recombinaba.

Lo explica muy bien Mario Andreose, que después de El nombre de la rosa siguió siendo su editor y un buen amigo en la industria editorial, así como una presencia discreta y gentil. Todos sabíamos que Mario era el mejor filtro para Umberto. Donde Umberto podía parecer apremiante y nada diplomático, Mario personificaba la gentileza, la cortesía. Si Mario te ponía atención y te escuchaba, entonces podías tener buenas posibilidades de convencer a Umberto sobre la realización de algún proyecto. Sin embargo, Mario, aparte de ser un magnífico editor, también es un retratista en palabras de escritores, de agentes literarios y, por lo tanto, también de Umberto. Pero en Voglia di libri, con Umberto es más cuidadoso, como si fuese celoso con Umberto. Generoso al narrarlo, pero manteniéndose coherente en no decir demasiado, como si fuese una historia que solo les perteneciera a ellos.

Hoy se recombinan pocas cosas, y ni siquiera se pueden asimilar bien. Alguien, así como Umberto, no le gustaba a la vieja academia. No le gustaba a un vetusto y muy literario italiano, que lo miraba con sospecha porque manejaba materiales desconocidos: la teoría de la información, la lingüística, la novela popular del siglo XIX. No era orgánico en lo absoluto. Ponía en aprietos a cualquiera que pretendiese igualarse a él. ¿Qué tanto sabrá más que yo este hombre?

Un día antes de su éxito planetario, aunque no se puede decir que sea un día preciso (es una licencia que me sirve para moverme con mayor presteza en un territorio que incluso a mí me resulta incómodo), ese día antes, que de una manera casi megalómana pongo casi como una piedra miliar, esa tarde en Alessandria, alrededor de las 17:30, en una librería para él y para mí muy conocida, la Librería Dante de Cesarino Fissore, Umberto se aventuraba en algo que nadie podía predecir. Excepto él, naturalmente, que un año antes, al encontrarse con el periodista Giorgio Bocca en un tren Bolonia-Milán, le dijo. “Bueno, no sé qué decirte, estoy condenado a ser Umberto Eco para toda la vida”. Es decir, a escribir en los periódicos, publicar ensayos de semiótica, o textos más ocasionales, viajar por el mundo para dictar conferencias y pasar los veranos en Monte Cerignone: una especie de castillo entre Las Marcas y La Romaña, que se había vuelto su buen retiro, adonde los amigos íbamos a visitarlo. Donde se afinaban ideas, se preparaban conferencias y se inventaban calembour y juegos de palabras como en ninguna otra parte del mundo.

Un día antes de que se volviera el escritor más famoso del mundo, Umberto no sabía que después todo sería muy diferente. Porque su mundo tenía que defenderse y protegerse, porque cualquier cosa que hiciese, por sencilla que fuera, terminaba por convertirse en algo digno de curiosear, una atención morbosa a todo. Transformándolo en un fenómeno mediático. ¿Cuántos libros posee Umberto? ¿Cuántos ha leído? ¿Es el hombre que más libros ha leído en el mundo? ¿Será por esto que podría tener la solución para todos los problemas?

Su inteligencia funcionaba con una masa de información digna —diríamos hoy— de los archivos de Google. ¿Y con qué velocidad era capaz de manejar esa información? El morboso terminó por incluir también las misteriosas redacciones de El nombre de la rosa, que, en la imaginación de los intelectuales, había sido escrito en computadora. Y cuando entonces se utilizaba la expresión “con la computadora”, no solo se hablaba del medio para escribir páginas en un monitor a través de un teclado silencioso, traducidas en papel por impresoras de inyección de tinta de aquellas antiquísimas, sino se entendía que esas páginas habían sido pensadas “en colaboración” con la computadora, como una relación de mutua complicidad, como una suerte de inteligencia artificial primitiva.

La computadora comandada por Umberto; y Umberto, a su vez, comandado por la computadora. Y después de haber decidido que todo aquel bien de Dios que se encuentra en su primera novela provenía de un pacto diabólico de un hombre que siempre había estudiado la modernidad de una manera sorprendente y nueva, cuando todos los demás utilizaban viejos libros, papel y libretas de apuntes y polvorientas bibliotecas, te imaginabas a Umberto en espacios modernísimos manipulando instrumentos nunca antes vistos, incluso operados solo con la fuerza del pensamiento. Pero El nombre de la rosa fue escrito a mano, con máquina de escribir, y luego otra vez a mano. Entre 1977 y 1979 no existían computadoras que te permitieran escribir con rapidez ni siquiera cinco páginas. Contábamos con pequeñas pantallas, a duras penas legibles, los sistemas operativos eran elementales y su capacidad de memoria hoy nos haría reír, por no hablar de sus habilidades en el cálculo. Unos años después, seguramente después de 1984, me compré una, una especie de máquina transportable (y no portátil) de la Olivetti: la M21. Pesaba por lo menos cinco kilos, tenía una manija para cargarse por detrás, y, lo que es peor, su monitor era más pequeño que el de una Tablet y escribía los caracteres en un naranja fosforescente.

Umberto sentía curiosidad por las computadoras y se compró una, no para establecer un pacto demoniaco: la inteligencia de la máquina y la inteligencia del hombre, juntas, para crear una novela formidable que tenía un sentido de milagro, pero también de falta de autenticidad. “La escribió con la computadora”: esto explica todo ese éxito, pero también explica que los literatos, que durante todo ese tiempo no habían afilado más que lápices, podían sentirse satisfechos. Máquinas utilizadas por oscuras sectas dispuestas a manipular el mundo. Porque habían sido elegidas y eran muy inteligentes, casi como si fuesen extraterrestres. Sin descartar que Umberto, para algunos, era como un extraterrestre, un elegido.

La verdad es que, como lo contará él mismo, El nombre de la rosa fue una novela escrita a mano y en cuadernos de gran formato. Solamente unos pocos fragmentos de ella fueron escritos con máquina de escribir. Explicará que las únicas páginas de sexo del libro fueron escritas a máquina, como si le hubiese dado la orden de imprimir, de aporrear el papel. Pero si era el hombre que realizaba experimentos musicales con Luciano Berio en Corso Sempione en Milán, y esto en 1958, la evolución debía ser esa. Los ensayos de Opera aperta impresionaron a todos. Nunca nadie había leído nada parecido. Ni siquiera hoy se lee nada que se le parezca. Cuando en 1976 publicó una nueva edición de Opera aperta en la colección de los Tascabili Bompiani, Umberto escribe un prólogo que comienza de esta manera: “Entre 1958 y 1959 yo trabajaba para la Rai, en Milán, y el Studio di fonologia musicale, dirigido en ese entonces por Luciano Beriose ubicaba dos pisos arriba de mi oficina. Por allí pasaron Maderna, Boulez, Pousseur, Stockhausen, y era todo un alboroto de frecuencias, un cuchicheo de ondas cuadradas y de sonidos blancos. En esa época yo trabajaba en Joyce y si me quedaba hasta la noche en casa de Berio, comíamos la cocina armenia de Cathy Berberian y leíamos a Joyce”. Me detengo aquí ya que el texto prosigue con la narración de la transmisión radiofónica del capítulo 11 del Ulises, y de cómo Berio transformó el escrito en una especie de fuga a dos voces.

Yo tenía quince años cuando abrí por primera vez este libro. Vivía en la ciudad donde Umberto había nacido y donde vivió durante un cierto periodo. Todo me parecía maravilloso. Era de una modernidad impactante. Algo que estaba muy lejos de la cultura de mi tiempo. Lo paradójico era que Umberto contaba historias de veinte años atrás. Y esas palabras todavía seguían siendo modernas veinte años después. Era moderno en 1976, pero hablamos de 1958. Y es moderno todavía hoy, que estamos en 2026. Es la paradoja de Umberto: su mente es inalcanzable y no medible con nada.

Una de las cosas que siempre soñé era entrar en ella, tan solo para entender cómo funcionaba su sistema operativo. Su velocidad de elaboración, su capacidad de pasar de un argumento a otro; uno altísimo y otro pop, incluso frívolo, sin interrupciones y sin un cambio de registro. Su registro era una gramática, un código que podía leer con la misma eficacia un producto cultural marginal y al mismo tiempo una obra de Aristóteles. Después de él, muchos intentaron hacerlo, se volvió una escuela, una manera de imitarlo. Pero casi nunca tuvieron el mismo impacto, la misma fuerza. Y sobre todo el mismo rigor. No basta con poner todo patas arriba, cambiar las proporciones para alcanzar el efecto Eco. Se necesitaba algo que durante muchos años no fui capaz de entender, algo que me hizo sentir intimidado y también culpable de abandono y distancia, pero siempre por temor de estropearlo todo. ¿Cuántas cosas no le pregunté? ¿Cuántas veces lo vi desde el día en que lo conocí? ¿Y cuántas veces más pude haberme encontrado con él?

Una tarde en Bolonia, me pidió que presentara junto con él su última novela: Número cero. La presentación se realizaría en el Archiginnasio. El editor le reservó una habitación en un hotel, para que, dado que él llegaba desde Milán, pudiera descansar un poco antes del acto. Estaba cansado y enfermo, pero no le gustaba mostrar su debilidad. Quedamos de vernos en el lobby del hotel. Nos sentamos en dos sillones, en espera de que llegara la hora de irnos al Archiginnasio. Él me observaba mientras yo intentaba responder un mensaje o un correo en mi smartphone. Solo me dijo: “Tú ya eres de los que escriben con los pulgares”. Me impactó profundamente. Incluso si no fue una declaración específica. ¿Quería decirme que yo era más joven? ¿Quería decirme que la diferencia de edades siempre pesaría entre nosotros? ¿Quería hacerme un cumplido? ¿O algo por el estilo? No lo sé. Recuerdo que unos años antes, en 2007, el 5 de enero, le mandé un correo electrónico, felicitándolo por su cumpleaños. Cumplía 75 años. Me respondió: “Gracias, te espero en tus 75”. Lo recordé en ese momento. No me estaba esperando, lo sabía. Era el 14 de febrero de 2015, moriría un año después.

Estoy hablando de la primera y de la última vez que lo vi. La primera en 1981, en enero, estábamos en aquella librería, en Alessandria. Sentados uno frente al otro. Él con la barba todavía oscura, dieciséis años menos de los que yo tengo actualmente. Obviamente, le hablé de “usted”, con la idea de ingresar a la cancha para entrevistarlo y ganar por lo menos un partido. La última vez que lo vi fue en Camogli, en el Hotel Cenobio dei Dogi, en septiembre de 2015. Incluso hasta podría decir el día: el 13 de septiembre de 2015, muy temprano en la mañana. Ese día, en el Festival della Comunicazione, yo debía dictar, hacia el mediodía, una conferencia intitulada: “Los prisioneros de las imágenes”. Él clausuraba el festival a las 19:00 horas con una lectio magistralis: “Tú, usted, la memoria y el insulto”. Pero el pronóstico del clima anunció condiciones meteorológicas adversas que impidieron que se llevaran a cabo todas las actividades programadas para ese último día. Estábamos listos para marcharnos de Camogli antes de tiempo y regresar a nuestras casas. Nos despedimos allí. Aunque pueda parecer demasiado simple, en verdad fue un “Ciao Umberto” y un “Ciao Roberto”. Así funcionaba. En nuestro mundo (el suyo y el mío) no se agregaba: te llamo, nos vemos, tal vez en Milán, quizá en Roma, te mando ese texto, ¿me dices qué piensas de aquel otro texto que te mandé? En resumen, todas las cordialidades que se pueden agregar y valen para todos. Excepto para él. Debí escribir: excepto para él y para mí. Pero por pudor es suficiente con que valga para uno de los dos. Estábamos de pie, frente a una mesa donde estaba sentado Danco Singer con Rosangela Buonsignorio, los dos organizadores del festival que él había creado. Y que hoy dirigen ese festival. “Ciao Umberto”. “Ciao Roberto”. Todo aquí, como escribir con los pulgares.

En 1968, asistí por primera vez como enviado de la revista L’Espresso a un congreso de semiótica en Bolonia. Parecía que había transcurrido toda una era geológica desde aquel día en Alessandria, en la librería. Estaba Algirdas Julien Greimas, estaba Jans Robert Jauss, estaba Ruggero Pierantoni, estaban sus alumnos. Todo era muy sencillo, a pesar de que su vida ya no era sencilla porque ya se encontraba en la cúspide del éxito. Pero en Bolonia parecía como si se hubiese creado una burbuja, nada parecía haber cambiado. Me dijo: “Aquí todos nos hablamos de tú, comienza a hablarme de tú”. Todos se hablaban de tú. Pero existía una gran diferencia entre “tratarse con familiaridad y sentirse en confianza”, por citar El péndulo de Foucault.

Es fácil decir que nunca fue solemne. Que era brillante e ingenioso. Lo he escrito muchas veces. Era un maestro en el cálculo combinatorio de las ideas. A diez años de su fallecimiento, esa es la impenetrable característica de Umberto que más me mortifica y en la que trato de centrarme en este libro. Para Paolo Fabbri, amigo y colega en Bolonia, resultaba difícil comprender algunas de sus cosas. ¿Qué cosas? ¡A saber! El punto eran los espacios que no conocías. El punto era romper el vidrio de esa brújula que siempre marcaba el Norte: y el Norte era su claridad intelectual. Nadie es capaz de hacerlo. No porque se escondiese, sino porque ya desde entonces tenía algo de excéntrico. Todo era una relación entre sentimiento y razón, entre pasión y circunspección. Ahora que pienso en esto, nunca lo vi junto a un tablero de ajedrez. Ni siquiera con algún ejemplar de la revista La settimana enigmística. ¿Pero, en realidad, cuántas veces nos habremos visto?

En el tren que me llevaba a Milán, el día de su funeral en el Castillo Sforzesco, intenté enumerar nuestros encuentros. Una empresa en verdad difícil, pero que dice una cosa: en teoría me sentía capaz de enlistarlos todos, eran muchos, pero no tantos, porque no constituían una práctica rutinaria. Siempre pensé que lo molestaba. No lo busqué más de lo necesario (¿pero acaso era necesario?).

Después de un tiempo, y sobre todo escribiendo este libro, me di cuenta que nos vimos muchas veces más de las que recordaba. ¿En qué parte de mi memoria se habían escondido todas las ocasiones en las que nos vimos? Como aquella vez en las que nos reunimos para tomarnos un martini, que luego se hizo más de uno, en su casa, pero en Bolonia. Lo preparaba él. Intento recordar esa casa. Recuerdo un estudio que se asomaba sobre un salón. Un vestíbulo que no era pequeño. No guardo memoria del baño o de la recámara. Sin embargo, me acuerdo de los libros. No eran demasiados. Y no recuerdo cuantas personas nos encontrábamos allí, seguramente estaba Omar Calabrese. Había asistido por un proyecto de tipo casi antropológico. Habían llevado a Bolonia a dos griots, dos muchachos senegaleses, muy perspicaces e inteligentes, que por primera vez se encontraban en la ciudad. Los griots son los narradores tradicionales, custodios de la historia y de la cultura oral de su pueblo. En Bolonia tenían que comportarse como unos antropólogos, pero a la inversa. Vivir la ciudad y luego regresar a su pueblo y narrar su viaje exótico. No recuerdo si se bebieron unos martinis, pero lo dudo. Recuerdo que después, regresando a mi hotel, pensé que cada vez que me reunía con Umberto sucedía algo: era contagioso. Todo tomaba una forma viva y apasionada…


Traducción de María Teresa Meneses

*Título de la Redacción.

AQ / MCB

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