Cultura

Palabras obscenas: autobiografía de una nación | Por Dario Fo

Ensayo

Al cumplirse el centenario del Premio Nobel de Literatura 1997, quien nació el 26 de marzo de 1926, presentamos un fragmento de la introducción a su ensayo sobre ‘La scienza e cultura degli insulti e delle parolacce’.

Ya en el siglo XVI, Shakespeare y Marlowe, tanto en el escenario como en su vida cotidiana, proferían palabras obscenas: El judío de Malta despotricaba contra sus perseguidores llamándolos hijos de puta, incluso lanzaba vituperios en italiano: ¡cazzo! (joder, carajo, coño). El bufón del Rey Lear utilizaba expresiones como culo y nalgas, con variantes de apoyo en cada ocasión. En el texto original, Hamlet realiza evidentes y provocadoras alusiones al sexo femenino. Conversando con Ofelia, recostado con ella en el escenario de los actores, le demanda: ¿Podría tumbarme sobre el bosquecillo de vuestro regazo… o es que ya está reservado? En otra escena, Ofelia, enloquecida, canta mientras recoge florecitas de su cesta: “Vuestro petirrojo ya no anida en mi cestita. ¿De qué me sirve este nidito de amor? Ya no respira ni gime. No me queda más remedio que arrojarlo entre las zarzas”.

Moliere utiliza expresiones que rozan lo obsceno en El médico a palos y en Don Giovanni. […]. La Celestina de Rojas está contrapunteada con obscenidades frecuentes. Por otra parte, no hay que olvidar que aquella alcahueta, personaje clave de la comedia, se vanagloriaba de ser capaz de restituirle la virginidad a putas que ya llevaban ejerciendo la profesión mucho tiempo: “Sabie remendar limpiamente las almejitas para así dejarlas como nuevas”. Y ya ni hablemos de las obscenidades de las que hacen gala Ruzzante, Aretino y Giulio Cesare Croce, el herrero, en su Bertoldo, Bertoldino y Cacaseno. Pero en verdad resulta increíble descubrir que uno de los mayores campeones del lenguaje soez es Leonardo Da Vinci, con su famosa diatriba sobre el falo, recitada en todas sus obscenas variaciones.

Este embellecimiento de los discursos con expresiones vulgares nos recuerda que en el italiano navega una considerable cantidad de palabras de manifiesto origen sexual, consideradas por muchos difamatorias, o, en cualquier caso, inapropiadas; sin embargo, trataremos de demostrar con ejemplos claros que también lo vulgar forma parte del preciado patrimonio de todo pueblo. […].

Es bien sabido que la lengua italiana que hoy hablamos nosotros, nació del acoplamiento de varios dialectos de la Italia central, a los que posteriormente se añadieron otros dialectos vernáculos de todo el territorio italiano.

Para desarrollar su propio lenguaje poético, Dante Alighieri realizó una verdadera investigación científica del lenguaje hablado y escrito; así como de las expresiones literarias y orales de los autores italianos de su época, especialmente de los juglares. En particular, recopiló baladas, strambotti grotescos y fabulaciones de autores populares conocidos y anónimos, y los organizó en una antología que llamó De vulgari eloquentia.

Entre ellas, destaca la famosa Rosa fresca e aulentissima de Ciullo o Cielo d’Alcamo; compilando también el Detto del gatto lupesco, el Lamento della sposa padovana y la historia erótica-amorosa sobre el encuentro accidental de dos amantes de Salento… Asimismo estudió los textos de Bonvesin de la Riva, poeta milanés que le precedió unos treinta años y que, junto con Bescapè, fue uno de los inspiradores de su viaje al infierno.

Entre los textos que se conservaron únicamente en forma de notas, se encuentra un diálogo obsceno-lírico de la Irpinia, entre un petirrojo y el exuberante fruto de una higuera. […].

Escuché por primera vez esta canción popular, descubierta por investigadores del grupo de Lombardía, hace casi treinta años. Entre ellos se encontraba Roberto Leidi, quien estaba absolutamente convencido del origen griego de este diálogo poético-grotesco y, para testimoniar la veracidad de ello, nos mostró a todos nosotros la imagen de una vasija ática del siglo IV en el que aparecía representado, en negro sobre fondo rojo, el juego amoroso entre el fruto de la higuera y el petirrojo.

Escuchando la grabación, una voz femenina y una masculina se van alternando, acompañadas por guitarra, flauta y cornamusa; era un canto alegre intercalado con pasajes conmovedores. Desgraciadamente la paternidad de estas baladas ha quedado en el anonimato, pero la calidad de sus ritmos denuncia una sapiencia expresiva verdaderamente extraordinaria; los autores demuestran un dominio del idioma, incorporando expresiones y formas léxicas tomadas de otras lenguas: provenzal, catalán, griego y latín e incluso strambotti árabes de amor.

Desgraciadamente, tenemos que lamentar que, en nuestras escuelas, elementales y superiores, la investigación y el origen de nuestra lengua apenas y se promueven; además, se sigue teniendo en baja consideración al dialecto y sus formas léxicas y expresiones idiomáticas, ricas y numerosas. Es más, desde la infancia, se tiende a infundir en las juventudes, la ignominiosa idea de que el dialecto es sinónimo de mísero, inculto y anacrónico.

Pero el punto clave del análisis en cuestión es el uso de los términos que las personas decentes definen como obscenos, vulgares o simple y sencillamente groserías. Cada región de nuestro país puede exhibir una cantidad estrepitosa de epítetos injuriosos en una especie de competencia interregional, tan es así que resultaría imposible establecer quién sería el vencedor. En verdad, la utilización y el peso de las así llamadas vulgaridades, cambian enormemente de valor y significado apenas traspasan la frontera de cada una de las provincias.

Les parecerá absurdo, incluso paradójico, pero todo depende de los orígenes culturales e históricos de la comunidad en cuestión, de sus diversas costumbres, de sus contrastadas tradiciones civiles, morales y religiosas que han determinado durante los siglos, en estas poblaciones, culturas y sentido cívico absolutamente diferentes.

Algunos podrían pensar que estoy jugando a una paradoja irónica: “¿Qué nos estás diciendo, que las diferencias históricas de un pueblo también influyen en sus insultos y palabrotas?”. Sí. Exactamente. Es más, intentaré demostrarles que una investigación cuidadosa de las vulgaridades e insultos, revela con irrefutable claridad los valores o las bajezas de un pueblo, mejor que cualquier otro análisis científico.

No sé si se dieron cuenta, pero la primera gran diferencia en el uso de obscenidades radica en el género: masculino o femenino. Los latinos, para referirse a una persona tonta y de poca sabiduría, la insultaban llamándola cunia, es decir el sexo femenino, considerado, evidentemente, un órgano carente de valores, belleza y armonía. Cunia significaba matriz, es decir parte del dispositivo por medio del cual se imprimían monedas. Igualmente, todavía hoy, los franceses y los españoles parecen compartir la misma opinión ya que el insulto para un retrasado todavía sigue siendo con o tête de con en Francia; y coño, en España.

Para referirse al sexo femenino los venecianos utilizan mòna. Y con esa expresión definen a un tonto de escasa creatividad. Pero cuidado, este término no alude a la acuñación de las monedas ni a la moneda en sí, sino al mono, o más específicamente al babuino que desde tiempos lejanísimos era indicado con el término mòna, de ahí los nombres mòna o monna, mònasìna, babbuina. Seguramente, cada uno de ustedes tendrá en mente la estupenda pintura de Vittor Carpaccio en la que el pintor del siglo XV representa a un gracioso changuito. De él y de otros grandes pintores venecianos también recordamos retratos de cortesanas que sostienen sobre sus hombros a graciosos babuinos emperifollados de manera bufonesca. Personalmente, recuerdo uno de un artista veneciano anónimo titulado La regina delle móne (La reina de los monos).

La costumbre de “burlarse” del sexo femenino también está presente entre los napolitanos, quienes usan la expresión fesso (tonto, estúpido), la forma masculina de fessa (vulva), precisamente la parpaja. Una expresión típica de los partenopeos es: “ca’ nisciuno è fesso!”, es decir: ¡Aquí nadie es imbécil, inepto y mucho menos un idiota!

Donde la alusión al sexo femenino se vuelve verdaderamente vulgar y grosera, por no decir desagradable, es en Roma y su provincia. En el lenguaje de todo Lacio aparecen de vez en cuando, es verdad, algunos términos gentiles, como ciumachella, o bien ciuccia, cirella, pucchia, pero estas expresiones literalmente acaban siendo arrasadas y sepultadas por otras expresiones como fregna, pantegana, sorcia, sorca, zoccola y chiavica.

Sé que, llegados a este punto, habré provocado la indignación de algunos, pero de manera obligada debo subrayar que tales términos vulgares se producen en la columna vertebral del clero de Europa y del mundo, donde, como es bien sabido, la misoginia es proverbial, y el desprecio por todo lo femenino históricamente roza y sobrepasa todos los límites civiles.

Aquí tengo que respirar hondo y armarme de valor porque la expresión que pondré a discusión es utilizada en el resto de toda Italia, pero considerada brusca hasta el punto de ser una obscenidad. Agárrense… ahora les toca a ustedes respirar hondo… lo digo: fica. O mejor, como se pronuncia en lombardo y en todo el norte de Italia: figa (vulva o vagina), donde el fruto, el fico (higo), es fig, del latín ficus. El término ya estaba presente en el griego sykon y mantiene la misma acepción.

¿Pero, dónde surge, o más bien, dónde se origina la gran diferencia de valor entre cómo se considera este término en Lombardía en comparación con el resto de Europa? En primer lugar, en nuestro país, en el valle del Po, cuando queremos describir a un hombre desafortunado, perseguido por la mala suerte, decimos que es un sfigato (desgraciado, perdedor), es decir, carente de la alegría y de la suerte asociadas al sexo femenino. Cuidado, esto no es, como muchos creen, una expresión acuñada hace unos años junto al término figo, para referirse a un muchacho elegante y de buen aspecto. No, estos tres términos, fica, belleza y fortuna (suerte) tienen un origen milenario. En efecto, lo veremos más adelante, son paradigmas asociados desde la antigüedad a Venus, diosa del amor, por lo tanto, un hombre carente de la suerte, es decir, de la protección de Venus, es un sfigato.

No por casualidad Fano, en Las Marcas, se llama así para recordar que, desde el tiempo del desembarco de los aqueos en la costa adriática, allí existió un templo dedicado a Venus, llamado precisamente Fanum Fortunae. Las sacerdotisas de ese templo ofrecían su amor a los marineros que pasaban por el puerto cercano; lo que se recababa de su afectuosidad era donado para la manutención del templo.

Asimismo, en el valle del Po, cuando un hombre quiere expresar su asombro y satisfacción al descubrir el comienzo de un día feliz y radiante, invariablemente exclama: ¡Figa! ¡Qué día tan maravilloso! Es decir, se utiliza el sexo femenino como recurso estimulante.

Y tengan en cuenta que nadie se atrevería a burlarse con otros términos despectivos; por el contrario, el sexo femenino se suele indicar con nombres de flores y de frutos: viola, brügna (ciruela), mügnaga (albaricoque), perseghin (melocotón).

También existen diálogos o monólogos del alto Medievo en los que el personaje actoral es el sexo femenino, que habla de sí mismo definiéndose “brolo tenerin de dolzo parfumo”, es decir, tierno arbusto de hierba florecida.

Aún más, hay fábulas donde la novia finge haber perdido la parpaja y el joven esposo, desesperado y un poco aturdido, sale en busca del zentil fructo a través de los bosques, campos y ríos, todo ello a través de situaciones hilarantes, pero, sobre todo, poéticas.

A propósito de parpaja, que en Piemonte y en Provenza significa mariposa, en ambas regiones el término en cuestión es empleado para expresar incluso significados e imágenes poéticas, lo que también ocurre en Lombardía. Ahora debemos preguntarnos: ¿Por qué es que solo en Lombardía, Piemonte, Liguria y Emilia se observa sistemáticamente esta actitud particular, casi sagrada, hacia el sexo femenino, en la que no se permite ninguna ironía sobre él, mientras que al sexo masculino se le impone invariablemente el papel de imbécil pusilánime, de modo que pirla, bigolo, piciu, belìn, üsell, lüganega (salami cocido), se convierten en sinónimos de retrasado, tonto, obtuso, descerebrado, etcétera?

Las razones de tal contraste, residen, sin duda, en los diversos orígenes histórico-culturales de cada pueblo. En efecto, regresando a la sacralidad de la parpaja topola y la radiante fortuna representada por Venus y su sexo en el centro y norte de Italia, cabe recordar que las deidades celtas primordiales del valle del Po, incluso antes de que llegasen los romanos, eran casi exclusivamente femeninas. En efecto, en varios museos lombardos se encuentran estatuas de divinidades arcaicas, una de las cuales me llamó particularmente la atención: la dedicada a la diosa de la Razón. La razón, entendida no como un proceso de justicia, sino como posesión del intelecto.

Entre los celtas de Lombardía, había tres Matres, las deidades de la Tierra, las grandes madres que crearon el Universo; y la que creó a los hombres también era mujer, es más, primero creó una hija suya: ¡la mujer antes que al hombre!

Esto también nos ayuda a comprender por qué San Ambrosio, noble de origen romano, elegido obispo de Milán en el siglo V, al darse cuenta del peso y del valor que la mujer gozaba entre los habitantes del valle del Po, apenas nombrado responsable tanto administrativo como religioso de la ciudad y de las diócesis de todo el norte de Italia, decidió no oponerse a los ritos ancestrales de esas comunidades, ritos que, como hemos dicho, colocaban a las deidades femeninas en primer lugar.

Según muchos historiadores, esta es la razón fundamental por la que Ambrosio otorgó tanto valor y prominencia al llamado rito mariano; es decir, eligió a la Madre de Cristo como la Gran Madre de todos los cultos y trabajó para lograr elevar el estatus social de las mujeres, realizando duras intervenciones contra la misoginia común entre los latinos, de modo que las muchachas pudiesen elegir entre la imposición de un esposo elegido por sus padres y la posibilidad de vivir al interior de una comunidad de mujeres que rechazaban el matrimonio como una exigencia.


Traducción de María Teresa Meneses

AQ / MCB

Google news logo
Síguenos en
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
Laberinto es una marca de Milenio. Todos los derechos reservados.  Más notas en: https://www.milenio.com/cultura/laberinto
Laberinto es una marca de Milenio. Todos los derechos reservados.
Más notas en: https://www.milenio.com/cultura/laberinto