Detrás de la escritura de un libro —o en sus alrededores— hay anécdotas que acompañaron su gestación. A veces, estas son reveladas por quienes las vivieron; otras, el tiempo y la curiosidad biográfica, o algún hallazgo entre papeles, nos permite conocerlas. Jaime Sabines (1926-1999) habló en diversas ocasiones sobre la transformación que sufrió cuando en 1953, en Tuxtla Gutiérrez, se hizo cargo de la tienda de su hermano Juan que andaba en la política. Desde su perspectiva, aquellos años fueron de terribles confrontaciones personales entre la necesidad de subsistencia y el impulso poético. Para entonces ya había publicado sus primeros dos libros, Horal (1950) y La señal (1951), que despertaron un importante interés, pero, como su padre se había accidentado, se vio obligado a quedarse en Chiapas. Así lo consigna el libro Jaime Sabines [algo sobre su vida] de Carla Zarebska que recoge, entre diversos testimonios, fragmentos de algunas entrevistas: “Era un poeta, pero tenía que ponerme a vender metros de manta o delantales o no sé qué carajos. Entré a formar parte de los ladrones autorizados: los comerciantes”.
Fueron años duros, no solo por trabajar en la tienda de su hermano, sino porque arrastraba la frustración de no poder concluir sus estudios en Filosofía en la Ciudad de México. Ese golpe de realidad incidió de manera decisiva en su visión como poeta: “Me sentía humillado y ofendido por la vida, ¿cómo era posible que estuviese en aquella actividad, la más antipoética del mundo? Después de dos o tres años comencé a ser humilde, a decirme: que se vaya al carajo el poeta”. Este mandarse “al carajo” como poeta le significó deshacerse de la vanidad y de los oropeles de la promesa de una vida literaria que solo acumula lastre, permitiéndole adentrarse en la médula de su ser poético. Desembarazarse de las imposturas le orilló a encontrar el sentido más auténtico de saberse poeta.
En medio de ese torbellino de contradicciones, dentro de aquel cisma personal escribió Tarumba (1956), canto indómito y a la vez desgarrado de ternura sobre la persistencia del yo frente a un mundo opresivo. El poeta lo describe con sus palabras: “Puede ser que Tarumba sea el único canto a la vida que he escrito, sí, pero para mí en ese momento era un canto a la sobrevivencia. Era una protesta y una rebeldía feroz contra el tiempo que estaba viviendo. Un grito de desesperación, un afianzarse a la vida y un rechazo”.
Hay una decisiva declaración de principios —y una intensa lucha dentro del propio laberinto— cuando afirma con ecos bíblicos: “ ‘Abandona a tu padre y a tu madre’/ y a tu mujer y a tu hijo y a tu hermano/ y métete en el costal de tus huesos/ y échate a rodar, si quieres ser poeta”. En aquel tiempo, Sabines contrajo matrimonio y esperaba a su primer hijo, dos experiencias que implicaron un cambio profundo en su relación con el mundo. Tarumba es un espejo y la posibilidad de decirse a la cara todo aquello que nos vuelve vulnerables. Tarumba es nuestra sombra dialogante, lo que nos ata a nuestro ser más íntimo y lo que desata ese Yo en constante pugna con la realidad, con la palabra, consigo mismo: “Que no te esclavicen ni tu ombligo ni tu sangre,/ ni el bien ni el mal,/ ni el amor consuetudinario./ Tienes que ser actor de todas las cosas./ Tienes que romperte la cabeza diariamente/ sobre la piedra, para que brote el agua”. Entre el cumplimiento del deber y el llamado de la necesidad poética, aparece el agua que trae consigo el poema bajo la forma de ese anhelo que se persigue y que surge de muy adentro: “Después quedarás tirado a un lado/ como un saco vacío/ (guante de cuero que la mano de la poesía usó),/ pero también quedarías tirado por nada”. El poema se alza contra la sensación de permanecer dentro del rutinario ordenamiento del mundo, pero paradójicamente lo hace con una sinceridad mundana que conmueve: “Yo me quejo, Tarumba, de estar sirviendo a la poesía y al diablo./ Y a veces soy como mi hijo, que se orina en la cama,/ y no puede moverse, y llora”. Dice Seamus Heaney en Las fronteras de la escritura: “si la experiencia que poseemos es un laberinto, entonces la imposibilidad de transitarlo está contrarrestada por la capacidad del poeta de imaginar algún equivalente del laberinto y conducirse a sí mismo y al lector a través de él”.
El poeta que ronda entre las páginas de Tarumba aún es joven, se acerca a la medianía de la edad, y el arrojo y la desfachatez le sirven de consuelo, pero ha visto quebrarse el argumento de su relato, se reconoce habitado por un amor que es también una angustia, su instinto enciende su voluntad que busca integrar la experiencia del hombre común —ser esposo, padre, trabajar en la tienda— con la del poeta, para que con el tiempo comprenda que el hallazgo está en el reconocimiento de la caída y en la capacidad de llevarlo todo al cuaderno, en ese afán de saber, como él lo reconoció, que “la poesía debe ser el producto de un esfuerzo, de un control, de una disciplina y de un orden interior, no nada más el orden y la disciplina del escritor, sino de la manera de vivir”.
La autenticidad es un rasgo poético difícil de identificar, pero en Sabines, al parecer, este rasgo es una de las razones de la aceptación casi unánime de su poesía. Esta autenticidad se sostiene por varios aciertos en su estilo: una precisa concepción de la imagen poética a partir de elementos concretos y palpables, asociados a estados de ánimo o formas reflexivas: “¡En qué pausado vértigo te encuentras,/ qué sombra bebes en qué sonoros vasos!”. La constante aparición de lo inusitado: “Te puse una cabeza sobre el hombro/ y empezó a reír;/ una bombilla eléctrica,/ y se encendió./ Te puse una cebolla/ y se arrimó un conejo./ Te puse mi mano/ y estallaste”. La impronta de una acústica interior con su cadenciosa resonancia, no solo por el vocativo Tarumba, sino en la eufonía de su lirismo: “A caballo, Tarumba,/ hay que montar a caballo/ para recorrer este país,/ para conocer a tu mujer,/ para desear a la que deseas,/ para abrir el hoyo de tu muerte,/ para levantar tu resurrección”. Y un rescate sublime de lo ordinario en el sentido en que Joyce imaginó la epifanía como esa extraña revelación oculta en lo cotidiano, que es capaz de iluminar la sensibilidad más allá de lo evidente: “Estos días, iguales a otros días de otros años,/ con gentes iguales a otras gentes,/ con las mismas horas y los mismos muertos,/ con los mismos deseos,/ con inquietud igual a la de antes;/ estos días, Tarumba, te abren los ojos,/ el viento largo y fino te levanta./ No pasa nada, ni estás solo./ Pasas tú con el frío desvelado/ y pasas otra vez. No sabes dónde,/ a dónde, para qué”.
La vigencia, más bien, la universalidad de un libro como Tarumba es que pone palabras a la incertidumbre de vivir y al regocijo de mantenerse ajeno a los mandatos de la multitud, a los imperativos de la inmediatez, aun cuando el cáliz que está por beberse no esté libre de amargura, pero no de la amargura en su densidad inactiva, sino en aquella que deviene vital, heroica, por extraño que parezca, puesto que representa el testimonio de la pérdida de la unidad de las suposiciones. El propio Sabines lo comentó: “Tarumba fue un acto de afirmación, de fe de uno en el mundo, y creo que sigue siendo eso para los jóvenes: aquí estoy plantado en el mundo, a pesar de los vendavales y las tormentas”. Su secreto estriba en que Tarumba sigue despertando en nuestras entrañas la voz que no se deja domeñar, que apuntala nuestra persistencia.
Después de todo, si aún hay lugar para la poesía dentro de la complejidad de nuestro tiempo, es porque su extrañeza continúa emocionándonos. Rafael Cadenas afirma preguntándose: “¿Qué se espera de la poesía sino que haga más vivo el vivir?”. Sin duda, la obra de Jaime Sabines ha permitido que una amplísima diversidad de lectoras y lectores perciba con mayor intensidad y belleza su sentir.
AQ / MCB