El viaje ha sido un tema recurrente en la literatura de todos los tiempos, no solo el que sucede en el espacio tiempo, sino el viaje que explora la condición humana. De la Odisea a La Comedia, de El corazón de las tinieblas a los Cuentos orientales, de Marguerite Yourcenar “los viajes nos ofrecen una confrontación con nosotros mismos y nos proporcionan argumentos para nuestro monólogo interior”, diría la escritora belga. Es el caso de la novela reciente de Beatriz Rivas, El último viaje (Alfaguara, 2026) donde convoca a una reflexión sobre el tiempo, la memoria, la muerte, y lo hace desde un lugar íntimo, el núcleo familiar. A partir de ahí construye un relato que nos coloca cara a cara con la vejez, la enfermedad, la pérdida, en suma, con la fragilidad de la vida.
Antonia y Gaspar, se conocieron muy jóvenes. Ahora son un matrimonio añejo que se enfrenta a los estragos de la vejez: ella, una doctora en filosofía tratando de adaptarse a un cuerpo que se deteriora y él, un empresario exitoso abatido por la pérdida de la memoria. Roberta y Nicolás son sus hijos. Ambos rebasan los sesenta años y encaran sus propios achaques, corporales y emocionales. Los cuatro han decidido emprender un viaje por la costa de los Estados Unidos. Así da inicio esta novela donde el viaje es el pretexto para indagar en las vidas de los cuatro personajes. Cada parada, cada paisaje, anima recuerdos, desata secretos que cada uno resguardaba para sí y que en el camino se van revelando. Así, el viaje deviene en un proceso de conocimiento, en una forma de reconciliación con lo vivido y con el destino por venir.
En la novela, Beatriz Rivas aborda una serie de situaciones límite, entre estas, la de personas que se dirigen hacia el final de sus vidas o el deterioro de los padres y cómo impacta en la dinámica familiar, en ese círculo íntimo donde los hijos, ya mayores, se ocupan del cuidado de los viejos, al margen de cargar con sus propios problemas, físicos y psicológicos. Frente al tema de la vejez la novela propone una lectura desde diversos ángulos: la dificultad de aceptarla, sobre todo en un momento cuando se pretende mantener la juventud a toda costa y alargar la vida hasta donde lo permita la ciencia. Es bueno contar cada vez con más recursos para ello y poder hacerlo en las mejores condiciones, aunque sabemos que el destino nos va a colocar irremediablemente en el punto de no retorno.
En su libro De Senectude, una reflexión filosófica precisamente sobre la vejez, Norberto Bobbio habla de una condición existencial que transforma la relación del individuo con el tiempo, la memoria, la identidad y la sociedad. “El horizonte cambia”, nos advierte, “ya no se vive proyectando hacia el futuro sino mirando cada vez más hacia el pasado. La memoria se vuelve el gran territorio del anciano. Recordar significa reconstruir la propia identidad, pero también enfrentarse al riesgo del olvido. En ese sentido, la vejez es una época de balance interior, pero también de pérdida”. Bobbio plantea tres aspectos: “se pierden la fuerza física, los roles sociales y la relación con contemporáneos y amigos. El viejo se vuelve marginal, irrelevante. La única manera de sobrellevar la decadencia es mirarla con realismo y sobriedad, aceptar la condición propia sin ilusiones, pero sin resentimiento”.
El último viaje reafirma la visión de Bobbio. El narrador se detiene puntualmente en los gestos, discusiones, silencios, recuerdos, en el modo como cada personaje reflexiona y reacciona ante el proceso de deterioro, el propio y el de los demás. En este sentido, el relato resulta muy conmovedor. Al describir ciertos momentos trágicos, emotivos o pasionales, Beatriz Rivas lo hace sin dramatismo, sino desde un lugar de empatía y respeto. Nos ofrece una mirada a la vejez a través de una frontera donde la fragilidad convive con la dignidad; donde el cuidado y la compañía son bálsamos para sobrellevar una vida que se dirige a su final: “¿Seremos capaces de reconocerlo, de compartirlo, de reconciliarnos con ese tiempo que se diluye?”, se pregunta.
En varias ocasiones escuché a Beatriz Rivas contar anécdotas sobre el viaje familiar que hizo con sus padres y hermanos. Transfigurar esa experiencia al ámbito de la literatura, le permitió ir al fondo, entrar en la mente de sus personajes y abrir espacios más íntimos para la reflexión. Decía Vargas Llosa que “la literatura es una representación falaz de la vida que, sin embargo, nos ayuda a entenderla mejor, a orientarnos por el laberinto en el que nacimos, transcurrimos y morimos”. A través de sus personajes, la novela de Rivas nos confronta con nuestra propia experiencia, con nuestros miedos y reservas, nos coloca frente a lo ineludible: la vejez, el deterioro, el olvido, la muerte.
Por otro lado, hay un trabajo interesante en la estructura del libro. Entre los nueve capítulos que conforman la historia, tres se sitúan en Coyoacán, donde se encuentra la casa familiar. Aquí la autora comparte una mirada al pasado de los cuatro protagonistas. En medio, hay una intermitencia de episodios relacionados con cada uno de los miembros de la familia: “Él y Ella”, los padres; “él y ella”, los hijos. Los demás capítulos, dedicados al viaje, dan inicio con un epígrafe puntual sobre el tema: “Si no vamos a ser inmortales, es deseable, por lo menos, que el hombre deje de existir a su debido tiempo”, decía Ciceron. Además, cada epígrafe se acompaña con una tonada de los Beatles: Help me if you can I’m feeling down o All you need is love. Quiero pensar que estas canciones sirven para ubicarnos en una época de la vida familiar, tanto de los padres como de los hijos. Pero quizás es aún más interesante descubrir que el soundtrack de esas vidas no solo pretende situar al lector en el tiempo, sino ir más allá y señalar la importancia de la música en un tema sustantivo de la novela: el olvido.
En su libro El hombre que confundió a su mujer con un sombrero, Oliver Sacks apuntaba que “la identidad humana es esencialmente narrativa, la memoria no es solo un archivo de hechos, sino la trama que sostiene la continuidad del yo. Por eso, cuando enfermedades como el Alzheimer destruyen esa continuidad, no solo se pierde información, se fractura la narración personal que constituye la identidad”. No obstante, Sacks insiste en algo muy importante: “Incluso cuando la memoria autobiográfica desaparece, pueden sobrevivir otras formas de identidad que siguen dando presencia a la persona, entre estas, la música”. Esto nos lleva a deducir que esos guiños musicales acaso son también el modo de otorgarle al padre, en la ruta hacia el final, un asidero, tanto para sí mismo como para su relación con los demás. La música como un ancla que tiramos para aferrarnos al único vínculo que resta con la vida. “¿Vale la pena seguir vivo?”, se pregunta Gaspar, mientras baila abrazado de Antonia al ritmo de “Mi linda Chachita”. Y, “aunque está perdido en el espacio, en el tiempo, en las infinitas partituras de la vida, las notas lo llenan, lo guían, lo mantienen contento”, escribe Rivas.
Hacia el final, la novela sugiere que el crepúsculo de la vida no necesariamente equivale a la oscuridad, puede ser un momento luminoso. El último viaje es una historia que invita a reflexionar sobre la manera como queremos enfrentar el último viaje, ese destino del que nadie está exento.
Vuelvo a Cicerón: “Si no vamos a ser inmortales, es deseable, por lo menos, que el hombre deje de existir a su debido tiempo”. ¿Cuándo es el debido tiempo? ¿Nos gustaría escuchar una alarma anunciando la última vuelta, como en las carreras? Así lo propone, en broma, Nicolás en esta novela. ¿Nos gustaría?
AQ / MCB