Cultura

“El teatro está basado en el conflicto”: Pascal Rambert, dramaturgo

Entrevista

El dramaturgo y director de escena francés Pascal Rambert está de vuelta en México para la representación de ‘Acomodar’, que se estrenó el pasado 27 de marzo.

Pascal Rambert se acomodó bien a México. Es el dramaturgo francés vivo con más puestas en escena en nuestro país, aunque confiesa haberse dado cuenta de que “siempre está escribiendo sobre lo mismo”.

“No escribo sino de personas que se hablan”, expone Rambert (Niza, 1962) en una conversación con Laberinto en la casona de Coyoacán donde Alberto Lomnitz lo espera para el primer ensayo de su nuevo montaje en México, Acomodar, que se estrena en el Foro de las Artes del Centro Nacional de las Artes (Cenart) el viernes 27 de marzo. El estreno coincide con el Día Mundial del Teatro, establecido desde el 27 de marzo de 1962 por el International Theatre Institute (ITI) para promover el arte escénico en el mundo y para que las personas tomen conciencia de su valor. Este año, el actor estadunidense Willem Dafoe será el encargado de dar el mensaje por la efeméride, que entre otros han pronunciado figuras como el escritor noruego Jon Fosse, Premio Nobel de Literatura 2023.

Con un peinado informal, igual que su atuendo, amable y ávido de hacer comentarios graciosos a sus colaboradores, Rambert delata a un hombre feliz, que viaja por diferentes países para la puesta en escena de sus piezas, lo mismo ahora en Irán, en medio de la guerra, que en China, Japón o México, a donde vuelve desde 2017, en esta ocasión de la mano de Adime Producciones y Jennifer Soler.

Recuerda que quien lo trajo a México fue Arcelia Ramírez. La actriz de La mujer de Benjamín esperó días en el Festival de Teatro de Aviñón, donde con frecuencia participa Rambert, para ver La clausura del amor (Clôture de l’amour), que años después, en 2019, protagonizó con Anton Araiza, con la dirección de Hugo Arrevillaga y traducción de Humberto Pérez Mortera, también a cargo de Acomodar (Ranger).

Rambert dirigió y actuó La clausura del amor en 2017 en el 45 Festival Cervantino, con Audrey Bonnet de pareja. Un año después regresó a montarla en francés en el Teatro de la Ciudad Esperanza Iris con Bonnet y Stanislas Nordey.

México también lo motiva. Escribió y dirigió Desaparecer, inspirada en la desaparición de 43 estudiantes de la Escuela Normal Rural Raúl Isidro Burgos de Ayotzinapa en septiembre de 2016. Protagonizada por Arcelia Ramírez, Julieta Egurrola y Sofía Espinosa, entre casi una decena de actores, la pieza tuvo su estreno en 2020 en el teatro Juan Ruiz de Alarcón de la UNAM.

Con traducciones, en su mayoría, de Pérez Montera, las obras de Rambert que se han escenificado en México, como director o con colegas mexicanos, son La clausura del amor, El debut del A, Desaparecer, Finlandia, Hermanas, El ensayo y ahora Acomodar. Directores como Hugo Arrevillaga (La clausura del amor), Juan Manuel García Belmonte (Ensayo), Rodrigo Nava (Finlandia) y María Fernanda Bosque (Hermanas) han dirigido sus piezas en México.

¿Qué es para usted el teatro?

Debería decirlo muy sencillamente: el teatro es mi vida. Hago teatro, escribo teatro, y llevó a escena mis propias piezas desde que tengo 16 años. No he tenido ningún otro trabajo. Hago de ocho a diez producciones por año, que escribo y escenifico en cuarenta idiomas. Así que solo hago eso, y vivir en diferentes idiomas, en este momento con Acomodar en español, después voy a Estados Unidos, Japón y China.

Vivo en una especie de baño sonoro de idiomas. Primero escribo en francés, luego las piezas se traducen. Trato de procurar muchas emociones con el mínimo de efectos. No hay grandes escenografías, videos, música. Hago cosas bastante sobrias, pero espero ser lo suficientemente intenso para el espectador.

En El ensayo, uno de sus personajes, que alude a Hamlet, dice: “No es el teatro el que imita la vida sino la vida la que imita al teatro occidental”. ¿Rambert cree en eso?

No me acuerdo de la frase exacta. Creo que el personaje dice que se sirve de lo que vive para escribir sus piezas. Yo me sirvo de lo que vivo para escribir mis obras, aunque eso no quiere decir que son autobiográficas, como La clausura del amor. Me sirvo de cada momento. Por ejemplo, en las dos semanas que pasaré en México, las emociones, las presiones que he vivido, entran en mí y salen quizás en un año o dos en forma de texto. Esta mañana vine caminado desde el mercado de Coyoacán y escuché el canto de los pájaros, vi el sol, la vegetación, la arquitectura, y esas emociones se hallarán en una pieza. Cuando vine la primera vez, fui con Humberto Pérez, mi traductor, a Teotihuacán y caminé por la pirámide; eso lo puse en Acomodar. Nuestras obras están hechas de nuestros sueños y nuestra realidad.

¿Cómo elige a sus personajes? En casi todas las obras suyas que he visto aparecen escritores, actores, intelectuales, artistas...

Como comenté, hago aproximadamente diez producciones al año en todo el mundo. Mi vida es vivir con actores. Mis amigos son escritores, dramaturgos. Nunca he trabajado con personas con una determinada tipología social. También puedo decir algunas cosas sobre la sociedad en la que vivo. No son burgueses en el sentido del dinero; son intelectuales, artistas, escritores, actores, dramaturgos, directores de escena o psicoanalistas. Con el conocimiento que tienen, con todos los libros que han leído, con las películas, las óperas, las obras de teatro que han visto, no están mejor armados que quien vende algo en la calle ante los momentos duros de sus vidas.

¿Es el caso de Acomodar?

Mis obras hablan de gente que se encuentra frente a momentos importantes de su vida. Ante la separación, en La clausura del amor; ante la explosión de un grupo que había trabajado unido, en Ensayo; o ante la ausencia, en Hermanas, en la que dos mujeres que se amaron y ahora se detestan, se encuentran frente a frente en el momento de la muerte de la madre.

En Acomodar, el escritor habla a la foto de su esposa, quien murió un año atrás, y decide terminar su viaje. Mis piezas hablan de esos momentos de la existencia. Si tienen éxito en el mundo, es por eso. En realidad, son obras muy modestas, porque reflejan momentos en los que nos convertimos en modestos ante la vida. A pesar de todo, no llegamos a combatir la violencia real que trae la muerte, la enfermedad, la tristeza, la separación, la depresión.

¿Acomodar es una secuela de Finlandia por los personajes y su relación? En la primera, son dos escritores; la mujer fue más exitosa. En la segunda, son dos actores; ella triunfa y él no.

No, porque escribí Finlandia después de Acomodar, para actores españoles en Madrid. Después se montó aquí, en Brasil, Uruguay, República Dominicana. Cuando hoy termine el ensayo daré una master class por Zoom en Teherán, donde están montando La clausura del amor en medio de la guerra y el infierno. Tengo 45 años de carrera y mucha gente trabaja en mis piezas, hacen tesis, doctorados. Es maravilloso. Escuchando a jóvenes que las ensayan en talleres, me doy cuenta que siempre escribo lo mismo. Escucho piezas de hace quince, veinte o treinta años y las frases, los motivos, son casi los mismos. Y como nunca releo mis obras, me doy cuenta de que cada ser humano, cada escritor, trabaja en un perímetro. Yo empiezo de nuevo porque nunca estoy satisfecho, así que cuando termino una obra tengo que reescribir, aclarar algo.

Usted y Yazmina Reza son los dos dramaturgos franceses vivos más escenificados en México. ¿Qué encontró en México, en sus actores, en su vida teatral?

Trabajo en China y Japón desde hace 25 años. En China hay mucha disciplina. Aquí también la hay. La gente que conozco desde hace años es muy abierta, muy querida, curiosa, simpática, cálida, muy acogedora con mis textos. Es normal que esté contento. Hay una historia que quiero continuar con México y que comenzó cuando vine gracias a Arcelia Ramírez con La clausura del amor. Después hice Desaparecer. Me gustaría hacer una producción cada dos años, con textos escritos especialmente, como hice con Desaparecer.

Y México, como país, ¿qué le ofrece?

Es un país que me conmueve por muchas razones: la geografía, la historia, la política, la tensión con Estados Unidos, la arquitectura de Luis Barragán, la presencia de León Trotsky. Me gustan los lugares donde hay memoria. He vivido casi quince años en Estados Unidos, en Nueva York, y allá no hay memoria. Inicié mi historia con México porque hacía producciones en Los Ángeles. Pasé muchos años en el barrio mexicano, y había música en todos lados. Nací en Niza, soy latino. Cuando voy a Madrid estoy en mi casa, igual en Italia, Grecia, Marruecos o Egipto. Es el mismo mundo, el mundo mediterráneo. Cuando estoy en México, hay algo mucho más vivo que en cualquier ciudad de Estados Unidos.

No obstante, la historia que escribió sobre México, Desaparecer, no es que digamos un homenaje.

Es muy simple. Leí en Libération y Le Monde lo que ocurría y me asusté porque tengo amigos mexicanos. Cuando vine a La clausura del amor, el taxi que tomamos en el aeropuerto pasó por Reforma y vi los afiches con los rostros de los 43 de Ayotzinapa y me dije: tengo que escribir algo, no es posible desaparecer a los veinte años. Más adelante, hice entrevistas con actores y actrices en Ciudad Universitaria y las actrices me preguntaban: “¿A qué hora terminamos el ensayo?” Y me cayó de golpe. Entendí que para una mujer es peligroso andar sola en Ciudad Universitaria a las diez de la noche.

Cuando llevamos La clausura del amor al Cervantino tomamos el autobús a Guanajuato y en la carretera leía en las paredes, en las piedras, sobre mujeres asesinadas. Comprendí que había algo diferente, y escribí la historia de un joven cineasta que va al desierto de Sonora para grabar y desaparece. No sabemos si lo atrapó la policía, si terminó su viaje, si se fue con otro amor. Me gustó contar su retrato a través de su madre, de su tía, de su novia, de sus amigos. Fue retratar a una persona de la que no sabemos nada. ¿Sabemos realmente de nuestros hijos? ¿Sabemos realmente quiénes son nuestros padres? Ese es el misterio del ser humano y ese es mi campo de escritura.

¿Considera Desaparecer su obra más política?

Sí, pero debo tener cuidado porque no soy mexicano. Pienso políticamente, claro. Por ejemplo, soy muy agresivo cuando hago piezas en Francia, que no llevaré fuera porque son muy francesas, muy dirigidas a la política y a la actualidad. Ahora escribo una pieza para el Teatro Nacional de Croacia, después estaré en China para mostrar una obra a actores chinos. También escribí para actores egipcios en Egipto. Estoy muy atento a hablar, si puedo, de política, lo que es imposible en China o Egipto, pero encuentro las maneras de hacerlo. Hasta ahora, mis obras no han sido prohibidas, aunque sí hubo recortes en los textos. Cuando llegas a un país que te acoge no puedes criticarlo.

¿Por qué escribe sin puntuación? Luis de Tavira sostiene que el teatro no es literatura.

Estoy de acuerdo con él. Más que escribir literatura, escribo sobre la oralidad, que es muy diferente a la literatura. No escribo sino de personas que se hablan, solo eso. Hace al menos 35 años que escribo sin puntuación. Para un lector común es difícil leer mis textos, pero para un actor es muy fácil. Se trata de la palabra objetiva en la que ellos mismos pueden poner su puntuación, su respiración. Si le preguntas a Alberto Lomnitz, dirá algo bastante cercano a eso. No conozco a un actor que me diga que no entiende nada, dónde comienza, dónde termina la frase. Es una forma de darle libertad al actor. Lo que escribo es mi respiración. No escribo como alguien que va a escribir una pieza de teatro sobre un tema.

¿Cómo es el proceso de escritura?

No hay un tema central. No es mi manera de trabajar. Cuando escribo, no sé qué voy a escribir. Sé que se llama Ranger (Acomodar). Sé que hay un hombre que va a Hong Kong. Tengo algo así en mente. Y luego empiezo a hablarlo. Estoy frente a mi ordenador. Es el primer día. Empieza así: “Estás muerta hace un año y no quiero vivir más”. Esa es mi primera frase. Está en mi mente desde hace un mes, un mes y medio. Sé que voy a escribir Ranger. Miro mi calendario. No sé, quizás el 15 de abril. Empiezo a escribir Ranger. Desde enero, está en mi mente. Está girando, porque durante enero estoy escribiendo otra pieza. Así que Ranger empieza a venir. Viene poco a poco. Sé que esta frase está girando durante cuatro, cinco meses. Sé que tengo el comienzo de la obra. Después todo sucede. Me siento y escribo una página por día, y no la toco. Si está bien, si vibra bien, cambio algo, una palabra, dos palabras. Leo y continúo. Va a tomarme unos quince días, tres semanas. Escribo muy rápido. Después descanso, una semana, dos. Y vuelvo a leer si todo está bien. Debo estar tranquilo, que no me molesten con el teléfono. Leo otra vez. Veo los puntos a los que creo que debo volver. Y empiezo otra obra. Cuando termino una pieza continúo la siguiente, incluso si está en otra lengua. Las he hecho en chino, croata, inglés y español. En cinco meses he hecho obras en cuatro idiomas.

En las obras que he visto en México tengo la impresión de que los personajes están siempre combatiendo entre ellos para destruirse.

Soy muy dulce, bastante tranquilo, nunca me enojo, nunca grito en un ensayo, Pero vengo de una tradición francesa a través de Racine, porque Racine es muy importante respecto a la lengua en que escribo. Vengo del verbo, de los grandes desarrollos de monólogos, de personas que se enfrentan a las emociones y les dan una forma a través del lenguaje. Ese es mi trabajo. Es el trabajo de Racine. Nosotros, los franceses, tenemos eso en nuestro trabajo. Racine fue a buscar esta historia de la literatura francesa con los griegos, con Sófocles. ¿Qué es el teatro griego? Personas que entran en conflicto para defender su territorio, su amor, sus ideas políticas, etcétera. El teatro está basado en el conflicto. Mi ideal de teatro son dos personas que hablan, como hacemos ahora.

¿Ese ideal se cumple en Acomodar?

Leo en la prensa mexicana que los reporteros escribieron que Acomodar es un monólogo. No es un monólogo. Acomodar es un diálogo entre el escritor, que está vivo, y su esposa, que ve en el cuadro, en la foto, porque está muerta.

¿Quién es Pascal Rambert?

Alguien feliz, es una alegría tener tanto trabajo desde hace años. Espero que continúe así. Veo a directores de escena con ochenta años que siguen montando. No es una tontería. Espero continuar hasta que llegue la muerte.

AQ / MCB

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José Juan de Ávila
  • José Juan de Ávila
  • jdeavila2006@yahoo.fr
  • Periodista egresado de UNAM. Trabajó en La Jornada, Reforma, El Universal, Milenio, CNNMéxico, entre otros medios, en Política y Cultura.
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