¿Qué se hace cuando la infancia termina con un suceso trágico y, a partir de ese momento, lo único que queda es buscar perdonarse? Elma Correa, quien ya nos ha dado varios libros de cuento donde explora la amistad entre morras, la culpa y el ser mujer en estos tiempos donde eso significa ser revolucionaria, nos entrega ahora Donde termina el verano (Seix Barral, 2026) su primera novela, donde Mexicali se desgrana y cada una de sus letras se puede oler, paladear, percibir o escuchar en el habla de los personajes, en la manera en que están construidas las frases por la autora y que denotan austeridad, desierto, calor y dignidad en zonas marginadas.
Ahí es donde se cuenta la historia de Aimé, una muchachita que tiene un futuro por delante gracias a sus piernas atléticas, a su agilidad y destreza para correr y brincar largos trechos en la arena, en las dunas de su barrio donde se regodea en los juegos con sus amigas y vecinos. Es una niña prodigio, seleccionada estatal para los juegos panamericanos.
La historia nos cuenta la vida de Aimé, pero también de Elisa, su mejor amiga. Dos morras de doce años que viven en una colonia de clase baja, muy baja, que hace frontera con Estados Unidos. Las dos adolescentes juegan, corren y fantasean dentro de los linderos de una colonia llena de carencias, siempre alertas porque es de todos sabido que en su barrio se roban a las niñas.
La frontera para ellas es apenas una cerca malograda que divide dos países y que poco a poco irá creciendo hasta convertirse en ese muro ominoso que conocemos en la actualidad.
Viven en un barrio de obreros, de trabajadores del Field que cruzan esa cerca para ir a trabajar cada día y regresar con dólares. Es un lugar donde conviven con una colonia de gitanos, hambre, predicadores gringos con afición por los niños y enfermeras voluntariosas que buscan ayudar a la comunidad, ya sea con una vacuna, con una campaña para erradicar la gonorrea que asola a todos los vecinos o simplemente dar apoyo emocional a las mujeres abusadas por sus parejas.
En esta, su primera novela y con la que acaba de ganar el premio Biblioteca Breve en su 68 edición, Elma toca los temas de la frontera, sus problemáticas, el narco, la vida en zonas periféricas y la migración, pero desde otro ángulo. Desde una mirada femenina, desde la historia de dos chiquillas que eran mejores amigas y la vida y sus circunstancias las separaron.
La frontera como un lugar conocido, pero visitado desde un punto de vista fresco, diferente, que nos invita a repensar la cotidianidad norteña en la cual, muchas veces, los habitantes de esas zonas no nos detenemos a reflexionar. Más allá de las noticias escandalosas y de las personas que pasan a nuestro lado por las calles, está esa realidad que nos toca, que conocemos a detalle y que tratamos de evadir. Pero Elma no nos lo permite. Mete el dedo en la llaga y nos obliga a mirar esos rincones donde preferimos voltear la cara, porque el narco no se queda solo en un puñado de tipos duros y violentos que trasiegan con drogas. También se encuentra en un vecino y su familia que son codiciados y admirados por la gente de la colonia.
Son los que tienen la casa más lujosa; los que organizan fiestas en grande, con abundancia de comida y los mejores vinos; los que se las arreglan para que sacerdotes, incluso obispos, vayan a bendecir sus bacanales. Ellos son marcas de ropa, perfumes, camionetas, servidumbre a su servicio y caras conocidas por todos en el barrio; porque esas familias no dejan de estar compuestas por plebes que han vivido en ese lugar durante toda su vida. La única diferencia es que, al parecer, la vida les ha sonreído y ahora tienen dinero para aventar y echárselo en cara a todos. Elma Correa se erige como cronista y fabuladora de una condición humana hecha en Baja California, y nadie debería dejar de leerla.
AQ / MCB