Cultura

Formas de redención

La guarida del viento

Entre duelo y memoria, el arte se plantea como una forma de restitución; reorganiza el dolor, recupera a los ausentes y ofrece permanencia a lo que parecía perdido.

La vida, a la larga, es una sucesión de pérdidas. Desaparecen paraísos añorados, personas amadas, épocas felices. No sabemos encontrarnos ni qué hacer de nosotros en la nueva vida que tenemos que seguir cuando ha muerto alguien cercano.

​En la película Hamnet, William Shakespeare y Agnes Hathaway pierden a su hijo. En las secuencias finales, a través del teatro, lo recuperan. Agnes ve a su hijo en escena. Es el que hubiera podido ser, el que es. Entonces hace lo que quiso hacer con Hamnet a punto de morir. Le extiende la mano. Le dice aquí estoy. Te he perdido pero el teatro te ha traído a mí. Has desaparecido de mi vida real pero voy a hacer lo posible porque mi vida imaginaria te reemplace. Pronto todos en el público entienden lo que está ocurriendo. No se trata del poder sanador del arte. Se trata de su capacidad por reinstaurar la vida. La película, y la novela de Maggie O’Farrell, cuentan la historia de la muerte y resurrección de Hamnet. En realidad, se dirigen a un asunto esencial, que nos concierne a todos. Cómo podemos, a través de la imaginación, recuperar para siempre lo perdido.

En otra película, Un valor sentimental, un padre llamado Gustav abandona a su esposa Sissel y a sus hijas Nora y Agnes. Gustav deja su casa en Oslo. Va al extranjero, a realizar una carrera como director. Un tiempo después, cuando su esposa ya se ha suicidado en la casa que compartieron, regresa a ver a sus hijas. Tiene un guion para una película. Es la historia de la familia. Le pide a su hija Nora que sea la protagonista. Ella se niega. Otra actriz, la norteamericana Rachel Kemp, asume el papel. Pero no habla noruego. No ha sentido las voces de la casa donde ocurre la historia. Cuando Rachel renuncia, la otra hija de Gustav, Agnes, lee el guion. Es la historia de la vida de ellas. En un maravilloso diálogo, Agnes le cuenta a Nora que recuerda el modo en que ella la cuidaba cuando eran niñas. La convence de ser la protagonista de la historia. El guion que ha escrito su padre las recupera, las preserva. El arte ha puesto un orden en el caos de la vida. En esa película vuelven a estar todos juntos. Al final de la historia, Nora se queda mirando a su padre. Es un final feliz.

El arte como un modo de recuperar lo perdido puede encontrar otros ejemplos. Uno de los más famosos es sin duda el libro Paula de Isabel Allende. Aquejada de una enfermedad llamada porfiria, Paula está en la cama de un hospital en Madrid. A su lado, su madre, Isabel Allende, le escribe una carta. Ese mundo de palabras, empezando por el relato de sus abuelos, es el de ellas. Allí está todo aquello de donde vienen. Es lo que las une. Paula muere pero en ese libro vive para siempre. Es lo que ocurre con Hamnet y Sissel y todos los demás. Al igual que la religión, el arte cree en la inmortalidad. Es la que sentimos cuando estamos cerca de sus formas. Allá está para reinventar a las personas amadas para siempre.

AQ / MCB

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Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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Laberinto es una marca de Milenio. Todos los derechos reservados.  Más notas en: https://www.milenio.com/cultura/laberinto
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