No deja de sorprenderme que la muerte del filósofo y sociólogo alemán Jürgen Habermas (18 de junio de 1929- 14 de marzo de 2026) haya despertado un interés mediático completamente desbordado en todo el mundo. No recuerdo algo ni remotamente parecido cuando, a principios de este siglo, falleciera Pierre Bourdieu; o en los años 80 del siglo pasado, cuando murieron Michel Foucault o Roland Barthes, por mencionar a pensadores que permearon con su influencia el trabajo de cientos de docentes, investigadores, escritores y críticos. Para encontrar un impacto público semejante por la muerte de un filósofo, quizá habría que remontarnos al duelo universal por Jean-Paul Sartre, hace cuarenta y seis años. Nunca olvidaré que nuestro profesor de Ética en la preparatoria, el distinguido exiliado republicano Juan Garzón Bates (¿recuerdan su columna de aquella época en unomásuno?), llegó muy apesadumbrado ese día y nos pidió a toda la clase permanecer de pie ofrendando un minuto de silencio en honor al autor de La náusea.
Si van leyéndome entre líneas, entenderán mejor una de las razones profundas de mi sorpresa: los tres franceses mencionados son autores, en mayor o menor medida, legibles, accesibles, dotados con una prosa convocante y convincente. En sus mejores momentos, seductora. ¿Qué le espera al bisoño lector de Habermas? La densidad de un pensamiento muy demandante, tanto por la ingeniería de su enunciación como por la trama de referencias engarzadas a lo largo del discurso, imprescindibles para su cabal comprensión. A los escritos de Barthes puede acudirse por placer, por el mero gusto de deambular por sus reflexiones. Internarse por los meandros del aparatoso sistema teórico de Habermas requiere de una capacidad de compromiso muy distinta. Es un desafío considerable: uno no debe esperar salir de él con una sensación de satisfacción y plenitud gozosa, por lo menos no todo el tiempo.
Que Habermas esté hoy en boca de bloggeros, tuiteros, columnistas de opinión carentes de formación filosófica, políticos no demasiado ilustrados, comentócratas de lo inmediato y comunicólogos de la feria de las vanidades es una sorpresa, y es una sorpresa muy grata. Por una parte, porque esta marejada aplica una gran inyección de curiosidad para quienes no se hayan acercado a la obra del filósofo alemán; y, por otra, porque confirma la vigencia de un corpus ineludible si queremos comprender la formación de la conciencia social, los valores civiles, los procesos de comunicación y de deliberación que armonizan (o no) la vida de las comunidades modernas. Vale decir, para entender los valores fundamentales de la vida en democracia que aspiramos construir, hay que leer a Jürgen Habermas.
La República Federal Alemana comenzó a existir oficialmente desde el 24 de mayo de 1949. Habermas tenía entonces 20 años. Como es sabido por todo el mundo, pues lo confesó públicamente, se vio obligado a militar en las tropas de la Hitlerjugend. Como tantos otros, él encontró en la reconstrucción cultural y cívica de Alemania, a través de la educación, la cultura y la filosofía, la revancha intelectual contra la conscripción forzada, el fanatismo, el irracionalismo y la brutalidad. Bien vista, toda su obra está dirigida a la construcción de un sistema de pensamiento como sostén de la reconstrucción democrática no solo de Alemania, sino de Europa y de un orden internacional en el que se impidieran los totalitarismos ideológicos.
A mediados de los 1950, Habermas se hizo un lugar en la tupida jungla de la filosofía académica alemana, desmarcándose de los “impulsos”, como los llamaba, que hegemonizaban su disciplina desde los años 20: la fenomenología, en la línea trascendental-lógica de Husserl y en la ontológica de Heidegger; las filosofías de la vida y de la existencia; la antropología filosófica de Max Scheler; el positivismo lógico de la Escuela de Viena; y la filosofía social de raíz hegeliana y marxista (donde él leyó y reinterpretó de manera singular a Walter Benjamin). Más tarde, encontró en la Escuela de Frankfurt a la teoría crítica como la matriz para realizar investigaciones sobre la ideología y desarrollar temas planteados pero no resueltos por Adorno y Horkheimer, incluyendo, por supuesto, una crítica al marxismo.
He tenido la enorme fortuna de contar con la proximidad, la conversación y la generosidad intelectual de dos magníficos exégetas de Habermas. El primero fue José María Pérez Gay, su amigo, interlocutor cercano, traductor y uno de los principales difusores de su obra en México, pues ya desde hace medio siglo vertía al español sus ensayos capitales, como “Walter Benjamin y la Escuela de Francfort [sic]”, aparecido en el número 758, del jueves 24 de agosto de 1976, en el suplemento “La Cultura en México”, de la revista Siempre!*
El segundo fue mi muy querido profesor de la Escuela Superior de Verano de la Universidad de Viena, el Dr. Russell A. Berman, profesor titular de Humanidades en la Universidad de Stanford y editor emérito de Telos, revista cultural estadunidense que sostiene un largo diálogo con la obra de Habermas desde 1970. Como bien lo explica Russell en un artículo muy reciente, “para […] Habermas, el proyecto de su vida consistía en establecer una cultura de democracia liberal, primero en la República de Bonn de Alemania Occidental y luego en la República de Berlín de la Alemania unificada […] Podría describirse esta postura como antitotalitaria, contraria tanto al nazismo como al comunismo”. Hoy resuenan en mi memoria las cálidas y deslumbrantes conversaciones que sostuve con ambos, Pérez Gay y Berman, y no me queda la menor duda de que, si queremos salvar a una época en apariencia condenada al abismo insondable de la barbarie, debemos sostenernos en la lucidez de inteligencias implacables como las de Jürgen Habermas.
*Puede consultarse en: http://profeticacatalogo.ddns.net/opac-tmpl/files/1976/Suplemento%20no.%20758,%2024%20de%20agosto%20de%201976.pdf
AQ / MCB