Cultura

‘La historia como arma’: Rafael Rojas y los caminos de la historia intelectual

Reseña

‘La historia como arma’, el libro más reciente del también autor de ‘Un banquete canónico’, ofrece un modelo para pensar la historia de las ideas en nuestro continente más allá de filias y fobias.

En un texto de 2006, escrito en ocasión de su nombramiento como co-editor del Journal for the History of Ideas, el historiador estadunidense Anthony Grafton observa que la práctica a la que se dedica la revista fue uno de los primeros espacios de conversación entre disciplinas, conectando de manera particular a los críticos literarios con los historiadores, quienes suelen cuestionarse mutuamente respecto a la legitimidad de sus métodos. De este encuentro han nacido algunos de los libros de historia más fructíferos, entre los que se encuentran magníficas aproximaciones al devenir del libro, la lectura, los campos intelectuales y las ideas, temas que animan la obra de algunos de los mayores autores en el género, como el propio Grafton, Robert Darnton, Carlo Ginzburg, Roger Chartier o Reinhart Koselleck.

Como crítico literario y profesor de literatura, perteneciente a dos oficios que son el mismo y no lo son, este encuentro interdisciplinario fue lo que me permitió encontrar la obra de Rafael Rojas a los veintiún años, cuando escribía mi tesis de licenciatura y mi primer libro sobre Harold Bloom. Quería terminar el libro con un recuento de apropiaciones latinoamericanas a El canon occidental, libro que impactó profundamente la literatura latinoamericana por buenas y malas razones. En esa búsqueda, me topé con un libro de Rojas, Un banquete canónico, publicado por Siglo XXI. A ese joven que fui, le impactó mucho leer un historiador que a su vez era un lector lúcido de la literatura y de sus condiciones intelectuales. Desde ese momento, me he dedicado a leer cuantos libros de Rafael Rojas he encontrado, siendo La historia como arma el afortunado número trece.

La lectura de La historia como arma me confirma su pertenencia a la distinguida genealogía de eruditos y escritores mencionados arriba. Nacido en Cuba y afincado en México, los dos países de Rojas han sido motivación de una copiosa obra cuya meta ha sido dilucidar la historia de las ideas que han informado la política latinoamericana del pasado y del presente. Sin agotar los derroteros de su trabajo, tarea imposible, conviene recordar que Rojas tiene temas que han guiado su prolífica obra.

La primera y más prominente línea explorada en sus textos tiene que ver con la amplísima reflexión que ha dedicado al problema intelectual de la historia de Cuba, el lugar del intelectual cubano, las pugnas ideológicas alrededor de la Revolución y la relación entre literatura y política en el país caribeño. Aquí conviene recordar libros como Tumba sin sosiego, ganador del Premio Anagrama de Ensayo, Motivos de Anteo, El estante vacío o La vanguardia peregrina, verdaderas obras maestras que en sí mismas permitirían sustentar que Rafael Rojas es el mayor historiador intelectual vivo en América Latina. Y, sin embargo, cabría también recordar que Rojas ha producido algunos de los más perspicaces y rigurosos estudios sobre la longue durée de las ideas liberales y conservadoras en América Latina desde su gestación en el siglo XIX, en obras como Los derechos del alma, Las patrias del aire y La escritura de la independencia. El libro que reseño aquí, La historia como arma, pertenece a una serie de volúmenes donde Rojas ha explorado las manera en que la cultura latinoamericana ha sido percibida desde los cuadrantes intelectuales de la Guerra Fría, desde el estudio del boom en La polis literaria, hasta su discusión de la Revolución Cubana en Nueva York en Traductores de la utopía y más recientemente, Combates por la historia en la Guerra Fría latinoamericana, libro predecesor a La historia como arma y que puede descargarse de manera gratuita en la página de la Academia Mexicana de Historia. Quiero decir además que celebro la aparición de este libro en Siglo XXI, una de las luces de la edición de izquierda en América Latina, y la casa ideal para un libro como La historia como arma, del que también es, de muchas maneras, personaje.

Habiendo leído a Rojas por veinticinco años, desde un espacio prosístico y profesional muy distinto al suyo, encuentro inspiración particular en algunos de los principios que animan La historia como arma y su obra en general. Vivimos, no cabe duda, en una era de binarismos y polarizaciones que obstaculizan la comprensión de las ideas y de los espacios intelectuales. Una de las fortalezas de La historia como arma radica precisamente en la capacidad de Rojas de tocar temas candentes como la Revolución Mexicana o la historia de las izquierdas globales con objetividad y justicia, entendiendo de manera clara las razones que informan a los distintos participantes en las polémicas. Hay en las metodologías del libro una ética de resistir la fácil tentación de tomar partido acríticamente, lo cual a su vez permite a Rojas entender la naturaleza y la genealogía de las ideas sobre América Latina gestadas en contextos políticos y culturales concretos. Hay un ejemplo de rigor intelectual en el simple principio de comprender con rigurosidad de dónde vienen las ideas y las posiciones ideológicas antes de posicionarse frente a ellas.

De la misma manera, Rojas resiste la polarización metodológica interna a las prácticas intelectuales en México, donde todos hemos caído en la falacia entender como mutuamente excluyentes formas de trabajo intelectual que en realidad son complementarias. Rafael es uno de los pocos críticos que nos liberan de las estériles disputas entre el ensayismo y la teoría, o entre la academia y la intelectualidad pública. En las páginas de La historia como arma desfilan personajes como Alejo Carpentier, Marta Harnecker, Eduardo Galeano, Roberto Fernández Retamar y Ángel Rama, autores que rara vez se leen juntos pero que juntos constituyen un mapa intelectual de una época neurálgica en la configuración del presente político de nuestra región. Rojas no se obstaculiza a sí mismo ni con polarizaciones ideológicas ni con la falaz idea de que existe solo un método para la crítica o la investigación. En consecuencia, La historia como arma nos ofrece no solo uno de los recuentos más lúcidos del latinoamericanismo de la segunda parte del siglo XX, sino que nos ofrece un modelo sobre cómo pensar la historia de las ideas en nuestro continente más allá de nuestras filiaciones y fobias.

El libro abre con una referencia a otro de estos autores en la coyuntura entre historia y literatura, Louis Menand, crítico literario en The New Yorker y profesor en Harvard, cuyo libro de 2021, The Free World explora el florecimiento del liberalismo y la idea de libertad el contexto de la Guerra Fría. Menand apunta a la literatura, la filosofía y el arte como tres espacios culturales en los cuales se gesta la transición que va del antitotalitarismo elitista del alto modernismo europeo a la contracultura de los años sesenta, mostrando con gran lucidez las continuidades y rupturas en el proceso. Rojas comienza su libro proponiendo una idea atrevida y productiva: el arte y oficio de la historia, y las polémicas sobre el método historiográfico, constituyen instrumentos que permiten la interpretación y funcionalización del pasado con respecto a la creciente polarización ideológica de América Latina. La historia como disciplina y praxis ayudan a entender las ideas que forman el proceso que va de los populismos nacionalistas de los años cuarenta y cincuenta, pasando por las álgidas interpretaciones de la revolución cubana alrededor del mundo, hasta los debates en torno a la marea rosada y a las izquierdas latinoamericanas actuales. En un engañosamente conciso libro, Rojas relata con inteligencia y erudición la forma en que una serie de escenas intelectuales —desde el marxismo británico y la historiografía soviética hasta la influyente obra de Eduardo Galeano y el rol de Ángel Rama en el inicio de los estudios culturales latinoamericanos en los Estados Unidos— despliegan a Latinoamérica como espacio de pugna geopolítica y epistemológica.

Cabe anotar que pocos libros publicados en México se han interesado en este tipo de derrotero intelectual. Por ejemplo, el único otro libro de historia de las ideas escrito en México que me viene a la mente y que se ocupa del rol de Ángel Rama en el final de la Guerra Fría es La ciudad crítica de Pedro Ángel Palou, quien era una de las poquísimas personas en México que enseñaba La ciudad letrada en las licenciaturas en literatura de los años noventa (en un programa del que fui estudiante). También me parece pertinente anotar que muchas de las líneas intelectuales descritas por Rojas continúan vivas en los programas de estudios literarios y culturales latinoamericanistas en los Estados Unidos, que solo hasta muy recientemente han logrado encontrar diálogo e interlocución en México, donde la crítica literaria continúa resistiendo por razones ideológicas y con frecuente ferocidad la obra de autores como Fernández Retamar, Cornejo Polar o Rama. La historia como arma, basada en una investigación bibliográfica ejemplar en su amplitud y generosidad es un modelo de la riqueza resultante en el acto de pensar la historia de las ideas desde todos los cuadrantes. Por esta razón no sólo invito a su lectura, sino a considerarlo un modelo para las historias intelectuales por venir.


Este texto se leyó en la presentación de La historia como arma en la FIL de Guadalajara el 5 de diciembre de 2025.

AQ / MCB

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Laberinto es una marca de Milenio. Todos los derechos reservados.  Más notas en: https://www.milenio.com/cultura/laberinto
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