Cultura

‘La huella de su voz’: genio y figura de Sergio Galindo

Reseña

‘La huella de su voz’ hilvana entrevistas con el autor de ‘El Bordo’, reproduce fragmentos de cartas íntimas y su correspondencia con autores como García Márquez y Octavio Paz.

José Luis Martínez Morales acaba de dar una lección de cómo puede hacerse investigación literaria sin abrumar a los lectores ni sepultar la obra del narrador estudiado bajo toneladas de teoría literaria. Su libro La huella de su voz. Encuentros con Sergio Galindo (Universidad Veracruzana, 2026) es un volumen iluminador y disfrutable que los admiradores del autor de El Bordo le agradecemos. No somete la obra del artista a marcos conceptuales, ni a “estados del arte”, sino en su libro privan la obra y la palabra de Sergio Galindo. Y nada más.

Hizo un trabajo meticuloso que no es apantallador pero sí revelador. En primera instancia, se dio a revisar todas las entrevistas que se le hicieron al autor y fue hilvanando las respuestas para entregar en bloque lo que Galindo expresó sobre el trabajo creativo, sus lecturas, la relación entre vida y obra, la búsqueda formal y otras cuestiones parecidas.

El trabajo creativo de Galindo está indisolublemente unido a su labor editorial que realizó en la editorial de la Universidad Veracruzana. A él se debe, ya sabemos, la creación de la revista La Palabra y el Hombre y la colección Ficción, que publicó a escritores que con el tiempo serían las grandes figuras de la literatura hispanoamericana y mexicana, como Rosario Castellanos, Álvaro Mutis, Tomás Segovia, Salvador Novo, Juan García Ponce, José de la Colina, Sergio Pitol, Eraclio Zepeda, Luis Cernuda, Elena Garro y José Revueltas, entre ellos, amén de los suyos propios y de autores más recientes, como Luis Arturo Ramos. Vale la pena recordar que Ficción acogió hermosos libros provenientes de otras latitudes, como El bosque de abedules, del ucraniano Jaroslaw Iwaszquiewicz.

La huella de su voz es un volumen dictado no solo por el afecto, sino por la pasión, que llevó al autor a hurgar entre los papeles que se encuentran en los archivos de la Editorial. Es así que entrega fragmentos de la correspondencia que Galindo sostuvo con escritores que enviaban materiales para la revista o para la Editorial. Es el caso de Gabriel García Márquez, Vicente Leñero y Octavio Paz. No se trata solo de finiquitar pagos o agradecer colaboraciones, antes bien de abordar el trabajo de edición, tal como sucede con Dios en la tierra. Galindo le proponía al autor suprimir el último párrafo del cuento titular del volumen pero Revueltas, con diplomacia, expone las razones que cambiarían el efecto de su famoso texto.

En los fragmentos de algunas cartas que proporcionó la esposa de Galindo se abunda en los conceptos que vertió en las entrevistas y revela, además, aspectos íntimos del escritor, como su apego a la familia y su coleccionismo, que convertía su casa en una suerte de bazar. Habla de su aislamiento nacido de su condición de hijo número once, que permitía su aislamiento porque, entre tantos hermanos, no lo notaban, y buscaba lugar junto a perros, gatos y libros, hecho que moldeó su condición de escritor porque daba rienda suelta a su imaginación.

Su dependencia del tabaco y del alcohol ocupa un lugar central y la enfrenta sin moralinas. El tabaco dañó su salud y lo obligó a trasladar su residencia, de la colonia Anzures, al puerto de Veracruz. Al alcohol, tan presente en todos sus libros pero sobre todo en El Bordo, Declive y Otilia Rauda, nunca lo vio como un problema, sino como oportunidad para un mayor disfrute de la vida.

En el volumen encontramos datos iluminadores para entender su visión de la literatura, como su cercanía con la narrativa policial que le ayudaba a superar el nerviosismo. Leyó varios libros de la colección El Séptimo Círculo, que editaban Jorge Luis Borges y su señora madre en Buenos Aires. De aquí su predilección por los autores ingleses. También pondera mucho a Georges Simenon, quien le parecía “un profundo conocedor de la naturaleza humana —dice— y sabe ahondar tanto en la felicidad como en lo adverso”. Tuvo palabras reconfortantes sobre los libros: “Y qué curiosos son los libros; están ahí quietos, aguardándote, aunque en ocasiones te rechacen, como si esperaran que llegaras a ellos en un estado de ánimo indicado para comprenderlos: Si es así, te cobijan y te llenan de bendiciones”.

Parte del lado humano de Galindo es la constante referencia a las noticias que esperaba sobre el fallo del concurso de novela, de la Editorial Planeta, en el que había depositado su esperanza de reconocimiento fuera de México. Además buscaba el efectivo, que tanto necesitaba. En dicho concurso apostaba por la que siempre consideró su mejor obra: Otilia Rauda.

El libro concluye con la desilusión de no haberse levantado con el galardón de Planeta. Tanto le pesó que poco se refiere al Premio Villaurrutia que se le entregó por esa novela en 1986. Y tampoco hay referencia al Premio José Fuentes Mares que se le dio en Ciudad Juárez, por Otilia Rauda, en 1987. Recuerdo especialmente este último hecho porque, pese a sus problemas de salud, acudió a recibir el cheque a Ciudad Juárez y, aunque tenía prohibido beber y fumar, en esa ocasión bebió e invitó un trago a un grupo de amigos entre los que estábamos quien esto escribe y Luis Arturo Ramos.

AQ / MCB

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Laberinto es una marca de Milenio. Todos los derechos reservados.  Más notas en: https://www.milenio.com/cultura/laberinto
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