¿Cuándo nace un visionario? Cuando alguien es capaz de ver algo antes que los demás. Cuando decide que algo no es la visión total, que hay que pensar fuera de la caja. Parece fácil pero ocurre con muy poca frecuencia y lograrlo quizá ni siquiera responda a un propósito deliberado. Porque además de habitar espacios, habitamos narrativas. Nos acostumbramos a pensar que el mundo es como nos han dicho que es hasta que alguien piensa: ¿qué pieza falta en este rompecabezas de la historia?
Hasta mediados del siglo XX la historia de la Conquista se contaba desde la posición de los vencedores, como ocurre siempre, si bien había testimonios trágicos como el de Bernal Díaz del Castillo, que es una elegía a una cultura y una civilización a la que se dio fin. No hay quien no se conmueva al leer La verdadera historia de la conquista de la Nueva España, una de las épicas más estrujantes de todos los tiempos. Pero tenía que llegar un visionario como Miguel León-Portilla para darse a la tarea de recopilar, traducir y organizar testimonios en náhuatl escritos por indígenas del siglo XVI que provenían del Códice florentino y de los Anales de Tlatelolco para contar cómo los vencidos vivieron la llegada de los españoles. Gracias al aprendizaje que tuvo de la escuela filológica iniciada por Ángel María Garibay, quien ya había traducido textos del náhuatl respetando metáforas, paralelismos y expresiones propias de esa lengua, así como su gramática y sintaxis, León-Portilla logró presentar la Conquista desde la voz indígena.
Literariamente, es una carambola de tres bandas: los grandes relatos de la humanidad son los que hablan desde la falibilidad y la derrota; desde el héroe caído. Pero desde el punto de vista histórico y antropológico se trata de un tesoro sin precedentes. Por primera vez Miguel León-Portilla demuestra que los pueblos mesoamericanos tienen un pensamiento filosófico complejo, una conciencia histórica y una tradición literaria. Lo que consigue con Visión de los vencidos es cuestionar la idea unilateral de la Conquista y dar a los indios (que solo eran un número abstracto o una entelequia), dimensión humana y profundidad ética. Mostró el dolor indígena. En las guerras siempre hay alguien que queda desgarrado no solo por perder el poder sino por perder una cosmovisión y una identidad, de una vez y para siempre. Aunque quizá no se hayan perdido para siempre.
Por si este hallazgo no fuera suficiente, León-Portilla mostró la ruptura indígena con textos originales, es decir, nos permitió ver traducido del náhuatl cómo se piensa y cómo se siente el fenómeno de la pérdida. Desde los presagios funestos hasta los cantos de lamentación, desde el asombro y el miedo al ver algo inédito como los caballos y las armas de fuego (todavía hoy podemos ver en los murales de Ixmiquilpan la representación de los soldados con cuerpo de caballo y los caballos con huaraches como si de una misma criatura se tratara), la visión del visionario tenía, como tuvo, que causar conmoción en los lectores, historiadores, antropólogos y ser semilla y sustento de diversos movimientos indígenas.
Ancha de asiento, angosta de vértice. Bien al medio del cielo,
bien al centro del cielo llegaba, bien al cielo estaba alcanzando.
El inicio de los presagios funestos que describe la llamarada o columna de fuego que apareció en el cielo un año antes de la llegada de los españoles establece el tono de temor y el asombro de lo desconocido. Nos instala de inmediato en el punto de vista y el sentimiento de quien va a ser conquistado.
Hoy es ya una constante, casi una moda, incluir en los programas literarios la edición de textos en lenguas originarias (que tenemos 68), pero en 1959 era algo inédito.
Ese hito editorial, nacido ese año dentro de la Biblioteca del Estudiante Universitario de la UNAM, se transformó pronto en un fenómeno sin precedentes. No es solo un libro; es el título de mayor circulación en la historia de nuestra máxima casa de estudios. Con 29 ediciones y constantes reimpresiones —tan solo la última cuenta ya con quince—, su mensaje ha desbordado fronteras y formatos: desde sus traducciones a veinte lenguas, que van del chino mandarín y el japonés al náhuatl, hasta su reciente edición de 2023 para personas con baja visión, la primera edición de ese tipo, se trata de un verdadero long seller en lenguaje de la mercadotecnia editorial contemporánea. Es decir, de un libro que todos quieren leer en todo el mundo. Los trabajos editoriales no solo multiplican su alcance, también reflejan un nivel de réplica y estudio excepcionalmente altos a nivel internacional. Visión de los vencidos es ese extraño caso de un clásico vivo que, tras siete décadas en el catálogo, nos sigue permitiendo leer el mundo desde la mirada de quien se creía silenciado. Y esta es la verdadera visión. El milagro.
Esa misma devoción por la palabra llevó a don Miguel, en 1961, a la Academia Mexicana de la Lengua, a la que tengo el enorme privilegio de pertenecer y donde pude coincidir con él algunos años y hoy coincido con su esposa, la académica Ascención Hernández Triviño, Chonita. Miguel León-Portilla fue el anfitrión generoso que recibió a nuevos académicos —y entre otros, respondió a los discursos de ingreso de Clementina Díaz y de Ovando (1985), Diego Valadés (2005) y Patrick Johansson (2010)—, y el guardián que, en sesiones solemnes, mantuvo viva la memoria de sus antecesores. Desde la silla VII, León-Portilla no solo ocupó un espacio institucional; tendió un puente. Marcó décadas de labor incansable con su minucioso trabajo en la comisión de lexicografía y con su voz en los Congresos Internacionales de la Lengua Española, donde defendió la convivencia del español con nuestras lenguas originarias. Su discurso de ingreso, “Los maestros prehispánicos de la palabra”, fue un manifiesto que resonó bajo la respuesta de su mentor, Ángel María Garibay (a quien el propio León-Portilla honraría años después, en 1975, con una semblanza solemne ante la presencia del presidente de la República).
En su poema ya clásico, “Cuando muere una lengua”, nos advirtió que con esa pérdida se cierra para todos “una ventana, una puerta, un asomarse de modo distinto a cuanto es ser y vida en la tierra”. León-Portilla, con su mirada más allá de lo convencional, nos hizo encarar la urgencia de mantenerlas vivas. Hoy, a cien años de su nacimiento, sigue siendo ese visionario que nos enseñó que el instrumento con que nos comunicamos no es un recinto cerrado, sino un eco profundo donde dialogan los antiguos maestros con el presente, el pasado prehispánico y el actual de las ricas y diversas lenguas que se hablan en nuestro país. Y que nosotros somos herederos de esa visión profundamente arraigada en las formas, giros y términos de una lengua con la que nos comunicamos todos los días.
Texto leído el 25 de febrero en el Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM en el marco del homenaje a Miguel León-Portilla por el centenario de su nacimiento.
AQ / MCB