Todo se entrelaza en múltiples realidades; si afinamos la mirada, podemos dar lecturas diversas de los sucesos. Por ejemplo, hay una relación entre un cuerpo y la soledad que teme y rechaza. ¿Qué es? Una serie de motivos tan íntimos que la conciencia los guarda, espera hasta que permitimos que emerjan como torres de hielo gracias al análisis.
¿Qué hay entre el cuerpo y el terror? Si el cuerpo reacciona con dolor, ¿hacia dónde lo lleva? Puede quedarse así, como dolor puro que los dogmas aprovechan, o bien, puede guiarnos hacia un espacio donde el dolor deja de ser solo eso: ahí se gesta la resistencia. De esta forma se habita —el “tercero oculto” como lo llama Basarab Nicolescu— una zona en la que el cuerpo que ha sufrido se reviste de dignidad y busca lo espiritual y no toma venganza.
Sin embargo, llevamos siglos mejorando la letalidad de las armas para el control de la geografía y el cuerpo; infinidad de mentes siguen apropiándose de toneladas de celulosa e internet para difundir el terror y la pornografía. Son versiones del monstruo Leviatán que se esconden en la burocracia y en cada hogar. Defendemos la existencia de la guerra y creamos leyes que regulan lo que ya no es posible controlar: las armas. Ese es el fin de los grandes mecanismos que deciden qué se crea y qué es obsoleto, pese al daño en la mente y a los estragos en los seres y en la naturaleza.
Y ella, la naturaleza, no busca una finalidad individualista: es. La naturaleza tiene leyes propias, y cada especie animal sus comportamientos que, carentes de rigidez, cambian. Por eso, escuchar a la naturaleza, a la que atienden los N’dee y otras etnias como algo sagrado, es comprender y respetar su transformación. Reverencian a la Naturaleza, no a esa otra con las características que hemos pretendido atribuirle a través de dogmas o “rituales” mercantilizados para “sentirnos bien”. Tampoco las etnias se refieren a esa “naturaleza” empleada por creencias que sentenciaron: “el hombre es dureza y la mujer, sensibilidad”. No, eso es reducir la complejidad del ser al dogmatismo que nos han vendido. Hemos domesticado de una forma terrible al cuerpo, negándole toda posibilidad de navegar ambas aguas libremente.
En esa domesticación, la mercadotecnia y la ciencia son tomadas para optimizar lo que causa sufrimiento: las guerras sobre territorios y cuerpos. Entonces, construimos la diplomacia internacional sobre el respeto a leyes y tratados, pero ahí están, a la espera, agazapadas, listas, toneladas de armas que no están prohibidas. Mas sí es juzgado y prohibido amar, en distintos puntos del mundo, a una persona del mismo sexo, esgrimiendo que “va en contra de la naturaleza”, cuando la verdadera naturaleza —no la manipulada por las creencias— nos dice lo contrario: esa atracción existe biológicamente en toda especie.
Permitido también este otro terror pornográfico: la difusión de imágenes donde se desarticulan partes del cuerpo en posturas y acciones que, poco a poco, deforman la concepción de un afecto.
La guerra y la pornografía tienen defensores: su discurso ayuda a nutrir cuentas públicas y anónimas. Incluso el dolor —que alimenta el tercero oculto, resultado de estas crueldades— es capturado por los dogmas y se le considera una forma de “expiación”. Del mismo modo, la espiritualidad es rehén de creencias hegemónicas.
El dolor es el lenguaje de la resistencia, el de quienes sobreviven a la guerra, al hambre y a la pornografía del mundo. Gracias a que no lograron matar a esos cuerpos dolientes, podemos escuchar o leer, en las noticias, su padecer, que muchas veces se convierte en espiritualidad. Espiritualidad, uno de los rostros de la resistencia trascendental que trae consigo la resignificación del dolor. Nunca el dolor como espectáculo ni como mercancía.
Por las ideologías no escuchamos a la naturaleza cambiante, real y verdadera. Por la ideología no desencadenamos el entendimiento del fanatismo. Por las ideologías ignoramos a la espiritualidad libre de dogmas que busca el equilibrio.
Si prestamos atención, hay un enlace entre el cuerpo humano y el cuerpo de las aves: desean la libertad en el cielo y en la tierra, pero a ambos los hemos derribado con municiones. Y deshumanizamos los cuerpos, permitimos la anestesia global mientras con ellos alimentamos el fuego de la guerra, del terror y de la pornografía.
Preferimos cerrar los ojos, y así, sin más, le dejamos el camino abierto a la burocracia y a las corporaciones y al dinero. Permitimos que tomen la palabra. Mientras tanto, la resistencia.
Y desde aquí la resistencia de los versos (1922) de Ana Ajmátova: No soy de esos que abandonaron la tierra/a merced de los enemigos./ Sus halagos me dejan fría,/ mis canciones no son para que las alaben ellos.
AQ / MCB