Hay muchos modos de contar la propia historia. Está de moda la victimización, pero lleva a una conciencia miserable. La historia exclusivamente causal puede ser objetiva, pero también carece de espíritu. Durante el siglo XIV, en Florencia, se dio un giro sorprendente: un puñado de historiadores eligieron adquirir un pasado remoto y revivirlo. Lo cuenta Armando Saita en la Guía crítica de la historia moderna (FCE, 1989) y se refiere a Coluccio Salutati (1331-1406) y sus discípulos: Leonardo Bruni (1370-1441) y Poggio Bracciolini (1380-1459). No eran los únicos florentinos metidos en el oficio de reinventar la libertad republicana, pero ellos tres introdujeron "innovaciones significativas en la forma literaria, en la crítica histórica, y una nueva concepción dinámica de la historia que había surgido en Florencia a partir de la experiencia de la libertad civil y de la independencia de los estados-ciudad" (H. Baron, citado por Saita).
Salutati es uno de esos personajes que la historia menciona, pero olvida con injusticia y soberbia. No es militar, ni conquistador, ni inventor, ni descubre mares. Es simplemente el inventor de la ciudadanía.
Ya la habían inventado los griegos y llamaron politēs al ciudadano, y los romanos lo llamaron cive. Pero fue un lugar político que la civilización olvidó, excepto de nombre, igual que la noción de República: una reminiscencia de la antigüedad. Durante el Medievo hay señores y vasallos, siervos sin voz en las decisiones políticas. Pero si existieron la República y sus ciudadanos, podrían revivir. La ciudad comienza a transformarse en una idea renovada, distinta de una mera agregación de gente y edificios: un espacio de responsabilidad común, que puede atender a la virtud o abandonarse al vicio.
Salutati fue discípulo indirecto de Petrarca, en la escuela de Pietro da Muglio, y sostuvo correspondencia tanto con Petrarca como con Boccaccio. Conoció a ambos. Fue canciller de Florencia desde 1375. Su obsesión tenía dos frentes: las letras clásicas y la historia o, mejor, la historiografía. La filología de su tiempo daba para la crítica del latín escolástico, que detestaba. Como el poeta, quiso restaurar la grandeza y elegancia del latín de Cicerón y Virgilio. A diferencia de su maestro, Salutati se hallaba mejor en la prosa y entre historiadores. Y su fantasía no se prendó de símbolos y mitos y delirios amorosos sino de las virtudes civiles de Catón, Cicerón, Bruto. Muchas de sus cartas dan cuenta de sus búsquedas insistentes, negociaciones de intercambio o compras de libros y traducciones. Al papa Benedicto XIII le ofrece una copia manuscrita de la Odisea de Leoncio Pilatus, realizada en los 1360, a cambio de las Vidas de Plutarco, por ejemplo.
A diferencia de Petrarca, Salutati se negó a recluirse en la torre de marfil. Lo suyo era la historia. Dejó inconcluso el De vita associabili et operativa, pero era una respuesta directa al De vita solitaria de Petrarca: un alegato en favor de la vida común en la sociedad como forma preferible a la vida en reclusión. Salutati no busca la santidad del individuo sino la virtud del ciudadano, que carece de sentido en la “vida retirada”, como santamente la llama Fray Luis.
No sólo encomia la dinámica de la ciudad, sus discusiones e intercambios. Llega a la vieja conclusión de Aristóteles: la ética es la preparación para la política. Y esto implica necesariamente ciudadanos libres. Salutati detestaba la tiranía. Su obra más citada es De Tyranno, que muestra una notable independencia crítica: cita repetidamente a Cicerón, como fuente principal para debatir sobre la tiranía, el gobierno de César y la legitimidad del poder. Pero lo critica por condenar a César como tirano después de su muerte, mientras lo elogiaba en vida.
Salutati no aprendió griego, pero desde 1397 contrató a Manuel Crisoloras para enseñar griego en su círculo florentino, del que formaron parte otros dos historiadores: Leonardo Bruni (que tradujo la Política de Aristóteles y de él se desprende la enseñanza del griego que aprenderán Ficino y Erasmo) y Poggio Bracciolini (y recomiendo mucho el libro de Stephen Greenblatt sobre Poggio, El giro). Son ellos tres quienes restauraron la idea de la ciudad política, con ciudadanos libres y responsables. La libertad y sus dinámicas sociales pueden someterse, pero no borrarse. Pienso en Venezuela, hoy, que se enfrenta al dilema de contarse una historia como víctima del sometimiento, o reinventar la república y la ciudadanía.
MCB