En los cada vez más frecuentes episodios de crispación ideológica, la conversación se tensa y quien manifiesta matices o no ostenta aseveraciones sumarias sobre los asuntos candentes tiende a ser considerado un evasivo. Para que, en este ambiente, se tome en cuenta una opinión, hay que gritar juicios contundentes. De ahí, el carácter aparentemente impracticable del concepto de “humildad intelectual”que se ha acuñado en los últimos años y que apela al equilibrio en la búsqueda de conocimiento y en el debate público (para una buena introducción al tema, véanse los sitios de Istor o la fundación Templeton). De acuerdo a sus estudiosos, la humildad intelectual es clave para una búsqueda colectiva más fecunda del conocimiento, así como para mejorar el nivel y el tono de la conversación pública. Dicha humildad se refleja en rasgos como la conciencia de las debilidades o los sesgos del propio conocimiento; la mesura en las afirmaciones; la apertura a las objeciones y correcciones, y la disposición a trabajar en equipo para lograr conclusiones o consensos. La humildad intelectual exige, también,capacidad para las duras labores de recabar y analizar nueva información y confrontar con la mayor objetividad posible argumentos contrastantes. Esto implica una alta motivación para acceder a nuevos conocimientos, tolerancia ante la incertidumbre, respeto a otros puntos de vista y, por supuesto, madurez y modestia.
Este perfil de la humildad intelectual contrasta con muchos aspectos de la realidad. Por ejemplo, en su libro The Righteous Mind. Why Good People are Divided by Politics and Religión, Jonathan Haidt señala, con amplia evidencia empírica, que la mayoría de los puntos de vista responden a reflejos morales automáticos o fidelidades gregarias, y muchos esfuerzos de razonamiento se empeñan, más que en examinarlos, en justificarlos. Igualmente, la humildad intelectual discrepa con la leyenda de que las grandes hazañas del conocimiento se han realizado por intermedio de personajes intransigentes que esgrimen de manera estentórea y belicosa sus revelaciones. Asimismo, la humildad choca con los incentivos realmente existentes en la academia contemporánea, donde la instrumentalización del conocimiento para el ascenso social, la credencialización y la jerarquización desincentivan y hacen costosas la aceptación de dudas o la modificación de posturas. Finalmente, la profusión de información chatarra que propician el internet y las redes sociales nutre de abundantes “argumentos” a aquellos ansiosos de respaldar sus prejuicios. De modo que las dificultades para fomentar la humildad intelectual son enormes; sin embargo, el impulso de esta actitud tiene grandes retribuciones, pues permite afinar los saberes, tomar mejores determinaciones personales y colectivas, aminorar las diferencias políticas y, sobre todo, librar a la conversación del imperativo de lograr verdades últimas y restituirle su otra naturaleza, de espacio de juego y comunión.
MCB