Cultura

Por ejemplo, de las víctimas

Toscanadas

Desde una noche de ópera en 1905, Nervo, Florencio Constantino y la muerte dialogan.

Leí una crónica de Amado Nervo sobre una noche de ópera en el teatro Real de Madrid en 1905. Se presentaba El barbero de Sevilla. Nervo opina que el palco de la familia real “es muy bello, pero acaso demasiado grande: se come a los otros, los subordina”.

Extiende sus palabras para dedicar dos elogios. El primero, a la mujer de su jefe, José Antonio Béistegui, “que es de las más hermosas y de las que mejor se visten”; y ciertamente la señora era la favorita de las publicaciones proto-Holas. El segundo es para el reparto, algo de aplauso para Regina Pacini, que la hizo de Rosina, y sobre todo para el tenor Florencio Constantino. De él, menciona la “flexibilidad y poderío de sus facultades”, comenta que “acaba de trabajar en París, en una función a beneficio de las víctimas”, y cuenta que Le Figaro le llamó el “rival de Caruso”.

En muy pocas palabras, Nervo me pone a trabajar con Constantino. Pienso en la relación entre Le Figaro y Fígaro, a través de Beaumarchais y Rossini. Quiero averiguar algo sobre la carrera de este tenor. ¿Existirá una grabación para escucharlo? ¿Quiénes son “las víctimas”?

Me entero de algo que me hace sopesar las coincidencias. Constantino murió en la Ciudad de México el 19 de noviembre de 1919.

Recordemos que ese mismo año, el 25 de mayo, había muerto Amado Nervo en Montevideo, como ministro en Argentina y Uruguay. Habrían de traer su cadáver en una procesión naval seis meses después.

Me robo un par de líneas de Yo te bendigo, vida, de Carlos Monsiváis. “El 19 de noviembre la comitiva fúnebre llega a la capital. Según algunos, trescientos mil personas contemplan el cortejo, casi la tercera parte de la población del D.F.... Su destino final es la Rotonda de los Hombres Ilustres del Panteón de Dolores”.

Constantino había caído en desgracia. Le sacó el ojo a un colega cantor. Bebía más de la cuenta. Estropeó una premier cuando se presentó borracho y olvidó sus arias. Vino a México para tratar de rescatar algo, pero en el escenario luchó entre los gallos y la afonía. Un día lo hallaron tirado en la calle sin sentido. Sufría la “sublime gloria de la locura que le hace olvidar su fracaso”. Murió, en palabras del periódico El Porvenir, “en una celda del manicomio”.

Un estadista no ve sino azar en que un poeta y un tenor que estuvieran frente a frente en 1905 cruzaran sus caminos de muerte catorce años después. Pero un novelista presiente que ahí hay un relato con significado, humanidad y, quizá, belleza.

A Constantino habrían de trasladarlo al cementerio de la Recoleta, en Buenos Aires, la ruta marítima inversa del cadáver de Nervo. ¿Y quién sería entonces la primera dama de Argentina? Pues nada menos que la misma Regina Pacini.

Lástima que la columna sea tan breve y no pueda hablarles de más detalles, coincidencias y otros temas, por ejemplo, de las víctimas.

MCB​

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Laberinto es una marca de Milenio. Todos los derechos reservados.  Más notas en: https://www.milenio.com/cultura/laberinto
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