El poder sigue siendo un sustituto para quienes no han conocido el amor. El paso del tiempo ha demostrado que la dominación corporal, territorial o ideológica es un mal sustituto del amor para quienes no han experimentado el abrirse como flor en el abrazo, para quienes no han percibido a otra alma como se percibe la luz de lleno en el iris que se dilata jubiloso. Si no es así, seguirán buscando la enfermedad del poder, veneno transmitido de una a otra persona no amada: personas que no se han entregado a la belleza del mundo, sino a su propia alabanza.
Cuando se pone un alto al poder o al dinero empleados para ejercer control —entre otras formas violentas—, la manipulación queda expuesta. Esta circunstancia se convierte, para quienes se perciben poderosos, en una ofensa. La libertad de decidir otro camino distinto al que indican es una grave afrenta. Esas son las “razones” que alimentan los genocidios, feminicidios y guerras.
Si podemos observar la soledad y el dolor sin temor, habremos conquistado nuestra verdad: una entre muchas, alterna al poder. Y es que la verdad es múltiple, dependiendo de quién relate la historia. Diferenciar entre unas y otras se vuelve trascendental: afinar la mirada para ver cómo emergen esas verdades libres de prejuicios y condicionamientos. Ellas son las múltiples caras del amor. Si logramos distinguirlas, eso es vivir en un enamoramiento constante, que se traduce, por ejemplo, en el gozo de contemplando la lluvia, las gotas resbalando apresuradas en las hojas de los árboles, después de una aflicción inmensa, ya superada.
El poder invisibiliza la amabilidad y arrebata, arrebata todo, pues necesita público que le adore. Su némesis es el amor y la naturaleza, naturaleza, que es la vida, y la vida que da vida. Así, la mujer autónoma es un elemento del fuego vital, como lo expresa Ida Vitae en su poema “Fortuna”: Por años, disfrutar del error / y de su enmienda, / haber podido hablar, caminar libre, / no existir mutilada, / no entrar o sí en iglesias, / leer, oír la música querida, / ser en la noche un ser como en el día. / No ser casada en un negocio, / medida en cabras, / sufrir gobierno de parientes / o legal lapidación. / No desfilar ya nunca / y no admitir palabras / que pongan en la sangre / limaduras de hierro. / Descubrir por ti misma / otro ser no previsto / en el puente de la mirada. / Ser humano y mujer, ni más ni menos.
El poder se ha ejercido sobre lo femenino, sobre el conocimiento y sus formas: el poder del dogma, de las doctrinas que buscan dinero y sumisión. Esta contraposición permite, si se desea, acudir a la libertad de experimentar el amor en las palabras, en el paisaje, en la imagen: sentir más que reflexionar, sentir, como una de las formas de la verdad. Este sentir no solo pertenece a lo femenino, hay hombres sensibles que tienen la capacidad de ver a mujeres que han sido invisibilizadas, a mujeres que por alguna razón es más difícil su “aparecer” en la vida y sin embargo se aferran a la libertad. Como la libertad que se encuentra en la pintura al temple titulada El mundo de Cristina (Christina’s World, 1948) de Andrew Wyeth (1917-2009). En ella Wyeth expone un campo cubierto por un pasto fino que cubre el amplio paisaje, un granero y casa de campo al fondo, con escaleras puestas al frente de la fachada. Si bien los colores no son vivos, transmiten la sobriedad del acto que se desarrolla: una mujer que descansa su cadera y piernas sobre la hierba, y sus brazos se apoyan en el verdor para erguirse. Su cintura es breve, rodeada por un cinto negro fino entrelazado, su cadera es amplia pese a la delgadez de su cuerpo, el color del vestido es lo que domina al cuadro: rosa pastel, casi blanco, casi un sueño. Inmortalizada quedó también su cabellera negra semiatada que escurre en su espalda, inmortalizada por un hombre que pudo ver su esfuerzo, su decisión de no usar silla de ruedas por la polio, sino su deseo de recorrer el campo a ras de suelo.
Es así como las mujeres, en particular, la mujer N’dee, reaparecen desde la resistencia y reexistencia de su pueblo/Nación, víctima del etnocidio a mediados del siglo XIX por las Contratas de sangre, con la venia de las distintas órdenes de gobierno en México. En su reaparecer, los aretes de abulón que portan —y reflejan todos los colores—, constituyen uno de los sellos de su identidad, que se sobrepone con dignidad al silencio y dolor histórico padecido por toda su comunidad.
La concha de abulón nos habla del paso del tiempo, representado en una de las formas de la belleza: es el amor blanco de la propia naturaleza que habita el mundo y se desdobla en cada una de sus capas. Tomemos esa blancura semejante a la de nuestros huesos, y observémosla. Entonces, el espacio —ese tiempo entre tú y yo que leemos esto— nos regala una certeza otorgada por la fortuna iridiscente: lo justo se decidirá siempre por el amor, no por un vil sustituto.
AQ / MCB