En unos días Gonzalo Celorio será distinguido con el Premio de Literatura en Lengua Castellana Miguel de Cervantes, 2025, uno de los máximos reconocimientos a escritores hispanohablantes. Ser escritor ha sido su máxima aspiración, un oficio que alternó con la docencia y el servicio público donde se ha desempeñado como director de Literatura de Bellas Artes, coordinador de Difusión Cultural de la UNAM y director del Fondo de Cultura Económica, entre otros. A la Academia Mexicana de la Lengua, que hoy dirige, ingresó en 1996 y la encabeza desde 2019. El Premio Cervantes le llega en un momento especial, cuando a sus 77 años recién ha publicado sus memorias, Un montón de espejos rotos. Además, en 2025 obtuvo la Medalla José Vasconcelos del Seminario de Cultura Mexicana y en la pasada Feria Internacional del Libro de Guadalajara se le reconoció con el Homenaje al Bibliófilo José Luis Martínez.
Para Gonzalo Celorio, el Premio Cervantes representa “la coronación de una larga trayectoria dedicada a la palabra y a la literatura”, y celebra que el jurado haya reconocido en su labor la pasión integral que define su actividad. “Recibir este premio a los 77 años es el resultado de esta larga trayectoria que empezó de manera muy precoz. Me he dedicado a la vida estrictamente literaria, de creación, y he tenido la oportunidad de desarrollar otras actividades igualmente vinculadas con la palabra que son la docencia, la difusión de la cultura, sobre todo literaria, y la edición”.
Sin duda es un largo camino pleno de libros y autores. Este reconocimiento nos pone frente a uno de los más grandes de la lengua española. ¿Cómo ha sido tu relación con la obra de Miguel de Cervantes?
Es una relación vital. Creo que no hay escritor que no tenga una vinculación estrecha con El Quijote, porque al ser prácticamente la primera gran novela española acaba también por ser la última. La última durante todo el periodo correspondiente a la época colonial americana, pues la obra cervantina empieza a tener continuidad en el siglo XIX. Eso me parece interesante porque en América hubo ediciones múltiples desde los primeros tiempos. En la Biblioteca Cervantina del Instituto Tecnológico de Monterrey se ven muchísimas ediciones de El Quijote, muchas novohispanas y otras procedentes de España, pero curiosamente —y esto creo que será parte de mi discurso de recepción del premio— no hubo ninguna novela que se publicara en la época colonial en América. Hay algunos intentos novelísticos pero ninguno que pudiera considerarse novela como tal a pesar de que hubo lecturas de El Quijote. Lo que había era censura y no fue sino hasta 1816 que surge la novela con El periquillo sarniento, de José Joaquín Fernández de Lizardi, cuando se iniciaron las revoluciones de independencia. Por eso digo que la novela no es nada más un género literario, es un género libertario porque ha sido una radiografía crítica, voluntaria o involuntariamente, de la propia sociedad. No se consideraba un género edificante, sino peligroso y lo sigue siendo. El Quijote es una gran proclamación de la libertad.
Además de esta, hay otra relación vital y libertaria en tu formación. Desde tus años universitarios estuviste cercano a maestros del exilio español.
Me dieron clase maestros como Adolfo Sánchez Vázquez, Ramón Xirau, Luis Rius. Adolfo Sánchez Vázquez llegó en el Sinaia, incluso ahí, en el barco, tuvo sus primeras manifestaciones poéticas. Ramón Xirau, igual que Luis Rius, aunque llegaron niños, tenían el corazón libertario propio del exilio. Ellos nos enseñaron, sobre todo, el rigor porque al mismo tiempo que había una gran amplitud de criterio había disciplina. Cuando se cumplieron cincuenta años del exilio español, en 1989, me encomendó el doctor Sarukhán que organizara un homenaje a los exiliados. Fue algo prodigioso porque no hubo un área de la Universidad en donde no hubiera un exiliado español. En la neurobiología, en la física, la química, en todas las humanidades, en difusión de la cultura. La Universidad fue generosísima con el exilio español y el exilio español aportó muchísimo a la Universidad. Luego, tenemos el Colegio de México, fundado como Casa de España en México para recibir a los intelectuales del exilio y tuvo mucho que ver con el Fondo de Cultura Económica en el año de 1934, cuando lo funda Daniel Cosío Villegas. Empezaron por publicar libros de economía y al llegar el exilio se amplió el espectro temático porque venían poetas como Enrique Díez Canedo y de otras muchas áreas, filología y lingüística, historia. Entonces, el Fondo se convirtió, como alguien decía, en un Fondo de Cultura Ecuménica.
El Premio Cervantes lo han recibido mexicanos notables: Fernando del Paso, José Emilio Pacheco, Elena Poniatowska, Carlos Fuentes, entre otros. Me interesa la relación con Fuentes, figura clave para tu generación.
Fue muy importante, aunque la verdad no tuvimos generación. Fuimos la generación del 68, pero el impulso gregario que tuvimos entonces fue destrozado con la matanza del 2 de octubre. Esa generación quedó disuelta antes de que pudiera florecer. No tuvimos una revista literaria propia ni manifiestos como los tuvieron la generación del Crack, La Espiga amotinada o La Onda. Después del 68 hubo una actitud terriblemente individualista. Muchos años después, ya panzones y canosos, nos identificamos como una generación, pero retrospectivamente. Uno de los puntos de encuentro, a posteriori, fue que habíamos asistido, sin saberlo unos de los otros, a una conferencia de Carlos Fuentes en la Sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes. Entonces quedamos arrobados con Fuentes porque era el ejemplo del escritor moderno, del escritor universalista, del escritor culto. Era un figurón. Después, andando el tiempo, reconocimos que habíamos asistido sin conocernos a esa gran conferencia y tuvimos la fortuna de establecer una relación muy estrecha con Carlos. Digo en mis memorias que éramos cuatro frente a uno porque ninguno de nosotros se atrevía a dialogar a solas con él, nos podría hacer pedazos, así que nos distribuíamos los temas: Hernán Lara hablaba de literatura inglesa; Ignacio Solares de la Revolución mexicana; Sealtiel Alatriste, de cine, y yo de literatura hispanoamericana. Entre los cuatro teníamos, como diría Borges, un yo plural y podíamos interactuar con Carlos Fuentes. Hubo una relación amistosa, al grado de que yo hice la edición conmemorativa de La región más transparente publicada por la Asociación de Academias de la Lengua Española. Fue la última edición en vida de Fuentes.
¿Reconoces en él algún legado?
Amplió el espectro de las posibilidades narrativas y eso me parece importante. En mi opinión, él es el creador del boom porque La región más transparente es de 1958, pero generalmente se considera que la primera novela del boom fue La ciudad y los perros, de Mario Vargas Llosa, escrita en 1962. Siempre digo que de no haber sido por La región más transparente, la novela de Vargas Llosa se llamaría solamente Los perros porque el creador de la ciudad es Carlos Fuentes. Me he dedicado mucho a la historia literaria sobre la Ciudad de México y es la primera vez que en la novela no es un paisaje, no es un telón de fondo, la ciudad es la protagonista, con todas sus voces discrepantes, con todos sus idiolectos, con todos sus estamentos sociales, y eso a mí me pareció prodigioso.
Otras figuras esenciales para ti fueron Jorge Luis Borges y Julio Cortázar.
Siempre digo que mi vida está dividida entre antes y después de Julio Cortázar. Hay escritores que te cambian el pensamiento, pero hay escritores que te cambian la conducta. Yo, después de Julio Cortázar, caminaba de otra manera, oía la música de otra manera, hacía el amor de otra manera, tenía relaciones amistosas de otra manera. Fue un parteaguas. Borges es el escritor al que más he citado, al que más cursos le dediqué. Por ejemplo, sobre el “Poema de los dones” donde dice: “Gracias quiero dar al divino laberinto de los efectos y de las causas por la diversidad de las criaturas que forman este singular universo”, y empieza a dar gracias por una serie de cosas, pero con una gran capacidad de síntesis: por el rostro de Elena y la perseverancia de Ulises. En un solo verso está toda la Ilíada y él puede definirla por la belleza de una mujer y a la Odisea por la terquedad de Ulises.
En el caso de tu propia literatura te consideras un miniaturista y has creado una obra en la que sobresale el tema de la memoria.
Soy un miniaturista condenado a pintar murales, que es verdaderamente espantoso. Una novela es como un mural y yo tengo una dedicación a la búsqueda de la palabra de manera muy minuciosa, a veces muy dilatada. Con respecto a la memoria, para mí es importante. A veces me dicen que estoy anclado en la escritura de textos familiares y es cierto, pero parcialmente. No es que me interese contar la historia de mis tías cubanas o de la migración de mi abuelo o de la apostasía de mis hermanos, no. Son los pretextos para hablar de temas más grandes. En Tres lindas cubanas hay tres revoluciones: la mexicana, la cubana y la sandinista. El metal y la escoria es más que la historia de mis abuelos, estoy hablando de la migración española de finales del siglo XIX y el exilio de 1939. Además, da la casualidad de que mis familiares han tenido que desempeñar a veces un papel épico cuando ellos pensaban que su papel era lírico.
La noticia del Premio Cervantes y la publicación de Un montón de espejos rotos, tus memorias, se dieron casi en paralelo. Hablemos de dos capítulos que me parecen significativos: “El invierno tan temido” y “Después de la pandemia”, donde hablas de la decadencia desde una zona íntima y de gran honestidad.
Digo por ahí algo absolutamente paradójico: que yo me visto con mi desnudez. Es curioso pero sí, esto de salir en pelotas a la calle es un poco difícil, aunque finalmente está la hoja de parra de la ficción; eso lo digo también. A veces uno tiene la necesidad de conocerse a sí mismo, ponerse frente al espejo, y yo lo hago a través de la escritura. Me ha ayudado escribir estas páginas, dolorosas ciertamente, de decadencia. También asumir mi enfermedad, mi edad, mis limitaciones. Y después de hablar de mi invalidez camino mejor, porque ya hay un desahogo y una visión más objetiva de lo que realmente pasa. Ahora pienso en lo afortunado que soy todavía porque escribir, para mí, sí, es la memoria, pero también escribo para olvidar, para exorcizar, y eso me parece prodigioso. En la escritura sale el conflicto del pecho del escritor y se coloca en el pecho del lector. Leemos conflictos ajenos porque así nos entendemos mejor y, sobre todo, nos sentimos parte del género humano.
Hay un momento en tus memorias donde tú y tus compañeros de generación se preguntan: ¿para qué escribimos?
Escribir es una manera de respirar, de conocerme, de conocer el mundo. Al escribir estás ampliando el espectro de posibilidades a través de la ficción. La ficción es más real que la realidad. Pedro Páramo es más real que cualquier ensayo histórico, sociológico y demográfico del medio rural mexicano. La ficción amplía las escalas y las categorías de la realidad porque incorpora lo que sueñan los seres humanos, lo que inventan, lo que recuerdan, aquello en lo que creen. Yo recuerdo las cosas no como las viví sino como las escribí y eso es más real que lo que pude haber vivido.
¿La realidad se conoce mejor a través de la novela?
Sí, y por eso no hubo novela en la época colonial, porque conocer esa realidad no era lo que querían las autoridades españolas. Eso a ver de qué manera lo digo en mi discurso porque puede tornarse un tanto ofensivo para los españoles, pero ya con el Premio Cervantes uno puede decir lo que se le pegue...
Es interesante el capítulo sobre el uso de la lengua durante la Conquista, pues, como dices, no se hizo plenamente en español, sino que los españoles aprendieron el idioma de los naturales para lograr la catequización.
La conquista política es una y otra la conquista espiritual, que es la verdadera conquista porque legitima la conquista política. El ideario de la Conquista fue sembrar la palabra de Dios en esta villa sin cultivo. Edmundo O’Gorman dice que cuando se enfrenta la otredad no hay más que dos posibilidades: eliminarla (porque pone en tela de juicio los valores propios) o hacerla que se comporte de acuerdo al repertorio de ideas y valores de uno. Esto hizo la Conquista española, a diferencia de la colonización inglesa. Los ingleses acabaron con la otredad y los españoles hicieron que esa otredad se comportara de acuerdo a su ideario, a su repertorio de valores. Eso se hizo, sobre todo, a través de las lenguas originarias. La catequesis es la Conquista nos hace pertenecer a la cultura occidental. La Conquista nos hispanizó, por eso negar la hispanidad es una aberración. La lengua española es la lengua de la Conquista, sin lugar a dudas, pero la conquista espiritual se hizo en lenguas indígenas y no hubo realmente una castellanización importante hasta el siglo XIX. ¿Cuándo se hace la verdadera castellanización? En tiempos de la Independencia, es decir, si no hubiera lengua española, no habría nación. El español era la lengua necesaria para configurar una nación porque sin entendimiento cómo se podría hacer una nación. Yo sostengo que la lengua española no es la lengua de la Conquista, es la lengua de la Independencia, incluso muchas veces en detrimento terrible de las lenguas indígenas. Cuando Justo Sierra funda la Universidad Nacional, dice que lo primero es acabar con las lenguas indígenas porque obstaculizan las posibilidades de configurar o terminar de configurar la nacionalidad. En eso es muy extremo. Ahora, por fortuna, no se tiene esa política.
¿Qué ha persistido de ese niño de once años que revive en tus memorias, ese chamaco que buscaba destacar en una familia numerosa?
Ahí está el origen de mi vocación. En mis memorias hablo de mi hermano Miguel, quien señalaba palabras cultísimas que yo aprendía de memoria aunque no las entendiera, pero sabía que al decirlas granjeaban un aplauso enorme, un cariño y una singularidad que me diferenciaban de los demás. Ahí está algo muy claro que persiste: la vocación por la palabra que tuve desde temprana edad. Y la vida universitaria que es mi verdadero parteaguas, lo más importante que me ha pasado en la vida.
Y lo guapachoso…
Eso sí se ha mermado un poco, pero lo bailado quién me lo quita. Fui muy fiestero, como se decía en mis tiempos juveniles, era “reventado”, pero para todo hay edades y ahora también me gusta mi edad porque uno puede ser dos cosas al mismo tiempo: más tolerante y más selectivo.
AQ / MCB