Cultura

Salón Astoria y otros espejismos: Salvador Elizondo, Paulina Lavista y el recuerdo de una noche tapatía

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El escritor mexicano Salvador Elizondo y la fotógrafa Paulina Lavista atraviesan esta crónica de una noche de baile en Guadalajara. Recuerdos, nostalgia, arte y literatura en compañía de Javier García-Galiano.

Estoy sentado en la penumbra, lejos de la pista de baile y de las luces parpadeantes que filtran sus destellos entre el humo de los incontables cigarrillos. Hemos elegido precisamente esta mesa para mostrarle a Paulina la extraña pintura que cuelga sobre nuestras cabezas, y de la que hablaré más adelante. En la mesa hay una botella de Bacardí añejo, tres vasos jaiboleros, Coca colas, Tehuacanes y una cubeta con hielo. El cenicero está repleto y ya van dos veces que el mesero me responde “ahora se lo cambio” para inmediatamente después perderse entre las mesas más cercanas a la pista. Desde mi sitio puedo ver, entre las abigarradas parejas, a Paulina que derrocha estilo mientras baila con un esforzado Javier, que se contorsiona sin haberse quitado el saco de tweed, con la frente perlada de sudor. Y es que sobre el entarimado la agrupación de El Jarocho y su Combo desgranan las notas, en altísimo volumen, de una cumbia. Sonrío, aunque en el fondo lo hago por mí, tan poco diestro en el baile, a sabiendas de que, en la siguiente tanda, la infatigable Paulina no me permitirá quedarme sentado. Bebo entonces un largo trago de la cuba que tengo frente a mí, me sirvo otra y enciendo un nuevo Marlboro. A mi alrededor, con cierta discreción, merodean las “niñas de la noche”, ya ni tan niñas, aunque siempre dispuestas a abordar la pista de baile por unos pocos pesos.

Unas horas antes hemos estado en La Alemana, el restaurante tapatío favorito de Javier. No es difícil creerle cuando afirma que, venga de donde venga, al llegar a Guadalajara, este centenario restaurante es siempre su primera escala. Pide una mesa junto a los amplios ventanales, ya que desde ahí puede ver los templos de Aranzazú y San Francisco, ordena una torta ahogada, una chabela de cerveza oscura y un tequila Herradura, blanco, por supuesto. Nos habíamos encontrado con Paulina Lavista en la Feria Internacional del Libro, a donde acudió en representación de su esposo, Salvador Elizondo, para leer en su nombre un texto de agradecimiento al Fondo de Cultura Económica que estaba publicando sus obras en bellos volúmenes individuales. La acompañamos en la mesa de presentación e inmediatamente después, Javier —viejo amigo del matrimonio Elizondo— sugirió que los tres nos fuéramos al restaurante de sus amores. “Tienes que probar las flautas de sesos a la mantequilla negra, querida Paulina, son la especialidad de la casa”, afirmó. Soy, he sido, lector fervoroso de Elizondo. En otra ocasión he contado cómo fue que leí por primera vez su novela Farabeuf o la crónica de un instante a bordo de un ómnibus, durante un largo viaje nocturno; un libro que hoy en día cumple sus primeros sesenta años sin perder un ápice de su genio y que en alguna de sus numerosas ediciones lo engalana en la cubierta una estupenda fotografía de Paulina Lavista: el arranque de una escalera apenas tocada por un rayo de luz. Animado por los tequilas y sin lugar a dudas también por la calidez y la inteligencia de Paulina en ese inicial encuentro con ella, hablé sin cortapisas sobre mis lecturas de Elizondo y le confesé mi deseo de poder conocer un día al maestro. “Ven a visitarnos el día que quieras, Javier sabe muy bien dónde vivimos”. Y como una muestra de aprecio me obsequió el manuscrito que Elizondo había redactado, de su puño y letra, para la presentación en la FIL. Es uno de mis tesoros.

Paulina Lavista
Paulina Lavista en 2025. (Foto: Uriel Santiago Velasco)

En algún momento la conversación giró en torno a la pintura. Hablamos de esta pasión temprana de Elizondo, a la que solía considerar como un “teatro mental” y sobre la que escribió ensayos fundamentales. Por aquél entonces yo había publicado Uccello, un pequeño libro que recrea las famosas batallas del pintor renacentista Paolo di Dono, fascinado por la reciente invención de la perspectiva. Fue Javier quien, al mencionar mi librito, recordó también que en el Salón Astoria —un salón de baile donde la música tropical se desenvuelve en un decorado del medievo europeo—, entre estandartes, lanzas, espadas y armaduras de aguerridos caballeros, hay un cuadro que nos había causado gracia al compararlo con las fabulosas pinturas del artista italiano. “Tengo que ver ese cuadro para contárselo a Salvador”, nos dijo Paulina. Salimos entonces dispuestos a caminar las pocas cuadras que nos separaban del Salón Astoria. Era ya de noche y el centro de Guadalajara comenzaba a poblarse de una nueva agitación: en una esquina, entre el Bar Lido y un Oxxo, un grupo de travestis conversaba animadamente. “Espérenme aquí, nos ordenó Paulina, voy a pedirles un cigarro y a tomarles unas fotos”. Si mal no recuerdo fue ella quien les ofreció de su cajetilla semivacía, les dijo algo que los hizo reír y, muy pronto, cámara en mano, comenzó a fotografiarlos.

Desde mi sitio en la penumbra, bajo el falso Uccello, veo surgir a Paulina entre la confusa multitud de parejas danzantes. Trae de la mano a mi amigo Javier García-Galiano, empapado de sudor y con el saco de tweed aún puesto. Al llegar a nuestra mesa, sin mostrar el menor signo de fatiga, me tiende la mano y dice: “¿Puedes creerlo? Este muchacho ya se cansó”. Así que apuro de un trago el resto de mi vaso y me voy a bailar con ella.

Epílogo

Termino con una nota irremediablemente nostálgica. Han pasado más de veinte años desde entonces. La Alemana, El Bar Lido y el increíble Salón Astoria desaparecieron. No visité en su casa a Salvador Elizondo y a Paulina Lavista. Sin embargo, me consuela enterarme de los festejos que merecidamente se suceden por los sesenta años de Farabeuf y por los ochenta, pródigos en prodigios de la excelente fotógrafa.

AQ / MCB

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Laberinto es una marca de Milenio. Todos los derechos reservados.  Más notas en: https://www.milenio.com/cultura/laberinto
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