No es difícil saber si un poema fue compuesto antes o después de Rubén Darío (1867-1916). Con el poeta sucede lo mismo que con el Quijote (1605, 1615), de Miguel de Cervantes (1547-1616). Ambos contienen el código genético de nuestra lengua: sus temas, historia, prosodia, sintaxis, cúmulo de palabras, razones y sentimientos.
El doliente peregrinaje de Don Quijote por los Campos de Montiel, Toledo y Barcelona, trastocada su topografía y subvertida la misión caballeresca bajo el reinado de Felipe III (1598-1621), resulta el gran cuestionamiento de aquella época.
El caballero ya no protegía a las viudas, a los huérfanos, a los desvalidos. La rudeza de los caminos, la lanza y la armadura fueron asaltados por la artillería moderna (el arcabuz, el mosquete y la culebrina), el refinamiento cortesano, el jubón y la ropilla, las vestimentas de moda. La exhibición social caballeresca anticipaba al Dandy del siglo XIX. La triste andanza de Don Quijote lo convirtió en el primer flâneur.
Tendríamos que ejercitar la imaginación y concebir a Charles Baudelaire (1821-1867) deambulando sin rumbo por las calles de una París saturada de gente, ruido, fumarolas de fábricas y tranvías. Baudelaire es el gran flâneur; el ciudadano aturdido por la naciente masificación que intenta aprehender tal fenómeno sin perder su “yo”.
La producción en serie y la ausencia de una espiritualidad en concordancia con el arte en pocos años produciría la “inútil”, “monstruosa”, “chimenea de fábrica” que sería inaugurada y bautizada como Torre Eiffel (1889).
Tales palabras se encuentran en el Manifiesto de los artistas (1887). La proclama fue firmada, entre otros, por Ernest Meissonier (1815-1891), Leconte de Lisle (1818-1894), Alexande Dumas, hijo, (1824-1895), Guy de Maupassant (1850-1893) y Charles Garnier (1825-1898), arquitecto de la Ópera de París. Una parte del manifiesto dice así:
[…] en nombre del gusto francés anónimo, en nombre del arte y de la historia franceses amenazados, contra la erección en pleno corazón de nuestra capital, de la inútil y monstruosa Torre Eiffel, a la que la picaresca pública, a menudo poseedora de sentido común y espíritu de justicia, ya ha bautizado con el nombre de Torre de Babel. ¿Seguirá asociándose la ciudad de París por largo tiempo con las construcciones barrocas, con las mercantiles imaginaciones de un constructor de máquinas, para afearse irremediablemente y deshonrarse? Ya que la Torre Eiffel, a la que ni siquiera la capitalista América querría es, sin duda alguna, la deshonra de París […] torre vertiginosamente ridícula dominando París, semejante a una negra y enorme chimenea de fábrica […]como una mancha de tinta: la odiosa sombra de esta odiosa columna de hierro forjado.
En los primeros meses de 1914, en la Nueva York alumbrada desde 1886 por la Estatua de la Libertad, obsequio de Francia y diseñado su interior por Alexandre Eiffel (1832-1923) en reconocimiento a los primeros cien años de vida de los Estados Unidos, Rubén Darío ofreció conferencias en favor de la paz ante los aires de la Primera Guerra Mundial (1914-1918).
El 4 de febrero, en el salón Havemeyer de la Universidad de Columbia, Don Quijote y el flâneur, fundidos en la figura de Rubén Darío, abogaron por la concordia humana en los versos del poema “¡Pax…!”. Pero esta vez la tertulia no era un divertimento. El taconeo de la marquesa Eulalia fue silenciado por la violencia del tanque de guerra. La velada de aquel 4 de febrero de 1914, asistida por cientos de hispanoamericanos, se convirtió en jaculatoria.
Dada la fecha, a la velada probablemente asistió una joven princesita salvadoreña llamada Luz María Reyes Regalado a quien, como de costumbre, Rubén Darío le compuso un poema en su álbum de recuerdos. El poema dice así:
Cuando llegue la hora
divina y protectora
de la suprema aurora
Y del naranjo en flor,
Dios de instantes risueños
en día halagüeños;
Dios consagre tus sueños,
Dios bendiga tu amor.
Nueva York, 1914
En la llamada “octava de siete sílabas” o “estrofa de versos heptasílabos”, utilizada en la poesía lírica para crear efecto de ligereza y alta musicalidad (por eso es común encontrarla en boleros, tangos y rancheras), el poeta regresa a la tertulia.
En medio del horror insiste en la música, es decir, en la posibilidad de soñar. El poeta no la abandona ni en sus poemas filosóficos ni en los que estampaba en álbumes de señoritas.
El tono del poema compuesto para la joven Luz María encierra ecos del que Rubén Darío le dedicó a Salvadora Debayle (1895-1987), hermana de Margarita Debayle (1900-1983). Los versos de “A Salvadorita Debayle” (1908) suenan así:
En esta vida de ansia infinita,
todos buscamos la salvación;
salva primero tu corazón!
Ten muy presente que en este mundo
sin Dios no hay vida, ni existe ser;
y que Dios vive, vivo y profundo,
entre los ojos de la mujer.
Cuando resuene la hora suprema,
cuando te llegue la hora de amor,
no pongas hieles en tu poema,
no martirices tu ruiseñor.
Ya viene el príncipe para tus sueños;
¿es rey del oro o es del amar?
Incienso puro y olientes leños,
vienen tus sueños a perfumar.
La perla nueva, la frase escrita,
por la celeste luz infinita,
darán un día su resplandor;
¡ay, Salvadora, Salvadorita,
no mates nunca tu ruiseñor!
Los de hoy, los que glorificamos las ciudades atestadas de gente y ruido y deshabitadas de arte en su más prístina manifestación ignoramos que, en su página más leve o más triste, en la más desgarrada o la más improvisada, Rubén Darío fue un prodigio de versificación.
José Emilio Pacheco (1939-2014) acertó: “A Darío le faltó todo en la vida menos el ritmo y la armonía. Tuvo el mejor oído de la poesía castellana en su historia entera”.
La joven princesita Luz María Reyes Regalado le obsequió a su ahijada e hija de crianza, Marta Huezo de Sandoval, el álbum que contiene el poema que Darío le había improvisado. En 2025 ella lo donó al Museo de la Palabra y la Imagen (MUPI) de El Salvador. Tania Primavera y las autoridades del museo dieron a conocer el poema encontrado en la última página del álbum.
El texto insertado dentro de otro texto es un truco propiamente cervantino. Darío lo sabía muy bien. El Museo de la Palabra y la Imagen es ahora la venta de Juan Palomeque, El Zurdo, donde sucede gran parte de la novela de Cervantes, habitada por Don Quijote, Rubén Darío, princesitas, ahijadas y un poema de ocasión hallado en un álbum de recuerdos que irradia música.
“Verso sin música es la muerte”, escribió Paul Verlaine (1844-1896). Bien podríamos decir, siguiendo la huella del maestro Darío, que vida sin música es la muerte.
AQ / MCB