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  • David Toscana: “Estamos enfermos de realidad”

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David Toscana, autor de ‘El ejército ciego’, novela ganadora del Premio Alfaguara 2026. (Foto: Araceli López)

Con ‘El ejército ciego’, David Toscana ha compuesto más que una novela; ha dado vida a una leyenda poderosa que celebra el triunfo de la oscuridad sobre la luz.

M+.- En el otoño del año 1014, el emperador Basilio tomó a quince mil soldados búlgaros como prisioneros y ordenó arrancarles los ojos para luego devolverlos a sus tierras. Abrumado por la visión de sus huestes derrotadas y, peor aún, ciegas, el zar Samuel, dice el escriba Ioannis Skylitses, “careció de fuerza moral para soportar el golpe”. Murió dos días después, el 6 de octubre.

A partir de esta breve noticia, la única que sobrevive a esa desventura casi secreta para historiadores y cronistas, David Toscana urde una trama de destinos cruzados, un bordado fino y, paradójicamente, luminoso, un relato legendario —porque todo en él ha nacido de la fabulación— a través del cual acompañamos a un puñado de esos desgraciados mientras intentan al menos parodiar lo que fueron antes de la batalla de Klyuch. Lo que la historia no ha podido reconstruir, David Toscanalo ha vuelto materia novelesca, reconduciendo el silencio de poco más de un milenio hacia el terreno de la palabra que con su aliento crea vidas imaginarias. He aquí el prodigio de El ejército ciego (Premio Alfaguara de novela 2026): agrega hechos, lugares, personas, al vacío de la memoria.

“Llegué a Bulgaria en el siglo XI”, dice David Toscana a la sombra de un árbol que remata el jardín del hotel donde se hospeda, “por uno de estos compendios de la historia mundial y me topé con un párrafo, el mismo con el que comienza la novela. Lo único escrito por una fuente más o menos contemporánea es lo que consignó Skylitzes. Hay, por otro lado, una fuente original que se perdió. Me obsesioné con la idea, pero me la tragué varios años pues no sabía cómo se cuenta una novela de quince mil ciegos. Pero, de pronto, hace tres años me cayó algo en la cabeza y escribí el capítulo inicial, donde aparece ese tipo que pregunta cómo es que quince mil hombres se dejaron sacar los ojos, quince mil hombres que ahora están un poco chalados. Y dije: ándale, lánzate por ahí”.

En vano buscaremos batallas en El ejército ciego. No hay jinetes, carros de combate, grandes catapultas porque es una suerte de épica de la vida común y corriente después de ya no tener ojos para ver. El criador de puercos vuelve al oficio familiar para caer de una rama y volverse idiota, el aprendiz de herrero vuelve a su taller para obtener de la fragua la espada del arcángel Miguel, el escriba vuelve al monasterio para garabatear palabras que se desordenan en el papel, el hacedor de muñecas vuelve a su taller para “esculpir la más hermosa virgen desde la creación”, el numerista vuelve para relatar la historia de los treintaicuatro, el gigantón vuelve a casa para reavivar el amor de su esposa…

“Me quité el peso de la idea original”, dice Toscana,“que era imitar la nave de Jenofonte, pero que en vez de diez mil fueran quince mil. Me di cuenta y dije: ponte claro, la gran aventura es el regreso. Para mis personajes dije: agregaré algunos episodios sobre la caravana derrotada: los cuervos, el mar, el acantilado, algo minúsculo. La esencia de la novela estaba en la vuelta a casa y en lo que pasa después”.

En términos tonales, El ejército ciego es ¿un trío, un cuarteto, un quinteto, un sexteto? de voces que consignan los avatares colectivos e individuales. No hay, eso sí, una sola. En ocasiones, llega el rumor de la voz pura y anónima del rapsoda; en otras, escuchamos —porque en El ejército ciego no todo es un juego y malabarismo de ojos sino del mundo que entra por el olfato, “Aquí huele a muerto”, y el oído— a quien, sospechamos, fue testigo, quizá ya ciego, o creemos ser conducidos por quien ha recogido, después de un largo tiempo de maduración, esas historias transmitidas de boca en boca. Esas voces se expresan con admirable concisión, a la manera delos evangelistas, sin permitirse una palabra de más. Bien, pero ¿cómo contar, cómo establecer el testimoniode esas columnas de desarrapados con el embrujo definitivo de la leyenda?

“Cuando pensaba en escribir la novela decidí que no contaría quince mil sino unas cuantas historias. A veces interviene la primera persona, a veces la primera del plural o la tercera del singular. Creo, sin embargo, que se trata de un ciego a quien le doy el anonimato. En las primeras páginas, alguien dice: tú quién eres. Un ciego cualquiera. Existe la posibilidad de que fuera alguien que escuchara las historias pues no parece creíble que las conociera de primera mano. No estuvo cuando el gigante Igorón volvió a brazos de su mujer, no estuvo cuando el maestro sacaojos desobedeció la orden del emperador Basilio, no estuvo cuando murió el judío Moskono. Esas historias tendrían que haber sido contadas y pasado por el teléfono descompuesto. Es el proceso por el cual se crean las leyendas. ¿En realidad ocurrieron esas cosas? No lo sabemos, pero así se cuentan. El final da una pista. Quien toma la voz lo hace años después porque dice que el imperio se fue al diablo. Ahora bien, no todo está claro. Hay una serie de eventos que llegan hasta nosotros a través de alguien que tenía ojos para contarlos”.

Quién ve, quién se nutre de la oscuridad. Como un esforzado miniaturista, Toscana va hilvanando pequeñas escenas cotidianas —¿iconos?— frente al fuego, en la mesa suntuosa, en el estruendo de una taberna, a cielo abierto o a la luz de una vela. Podrían pasar por relatos independientes, con temperamento propio, pero sirven a un propósito mayor: renunciar a la grandilocuencia de los Grandes Sucesos, el trabajo de los historiadores, para hablar del día “en que los ciegos nos metimos como niños al mar” o “en que los cuervos escarbaron en nuestras cuencas” o en que el panadero Nikifor recibió el abrazo de su hermana.

No sé la razón, pero hasta mí llegan ciertos ecos orientales, o al menos herederos de su tradición. ¿Las mil y unas noches? ¿El conde Lucanor? ¿Cantares de gesta? “No pasé por alto las crónicas medievales”, dice Toscana. “Consulté, sobre todo, las más antiguas. Están la literatura griega y la novela bizantina, cuyo tono queda muy lejos de lo que buscaba, y un libro esencial para mí: la Biblia, que se caracteriza por eso que los griegos llamaban el estilo elevado. Me gusta la Biblia porque es escueta, sin regodeos. Si dice que Moisés hizo algo no señala de qué color tenía el cabello ni nada parecido”.

Y así, lejos de regodeos, conocemos a ese puñado de personajes, ciegos y medio locos, ciegos y medio sabios, y, como celebra uno de ellos, “Me embriago como no lo hace un muerto. Me embriago de vino y de vida y de amor a mí mismo”. Son, como anotaba, gente común y corriente, súbditos y carne de guerra. Y son, sin remedio, tercamente libres, ejerciendo una autonomía que por momentos se antoja festiva.

“Todos ellos, como en esas pequeñas historias manoseadas que protagonizan, están al servicio de la ficción. Nos ha quedado solo un párrafo, el que dejó Ioannis Skylitzes. Los búlgaros no tenían historiadores. Tenían un alfabeto, pero solo para textos eclesiásticos y legales. Había seguramente poetas cuyas obras no sobrevivieron. Qué queda. Kosaro el escriba se lamenta porque nadie registrará la historia de los quince mil ciegos. Las crónicas solo hablaban de batallas, de cuántos muertos quedaron en la llanura y qué emperador llegaría al trono. Mientras construía la novela en mi cabeza me encontré con un historiador polaco, especialista en aquella época, quien sostenía allá por los años setenta que no había herramientas suficientes para reconstruir la batalla de Klyuch y qué fue de los quince mil soldados ciegos. De modo que estábamos frente a un material para los novelistas, tomando en cuenta sobre todo que ahí podíamos distinguir todos los elementos de la tragedia clásica. Así que acepté el desafío, pero no quise que fuera una tragedia porque la tragedia ya estaba consumada. Imaginemos algo parecido a Los persas, la obra de Esquilo, esa lamentación del regreso a casa. Voy a convertirlo en otra cosa, me dije. Por eso, cuando tienen oxígeno, la novela y los personajes te elevan el espíritu, no te aplastan e incluso te invitan a la risa. Pero tampoco pensé en una comedia, y menos en una tragicomedia. Me cuesta trabajo definir a El ejército ciego. Quizás es un cuento infantil destinado a los adultos, o un cuento de hadas, pero sin hadas”.

¿Una parábola, quizá? ¿La parábola de los quince mil ciegos, pero sin aspiración moral, escrita por Kozaro el escriba, cuya disciplina monástica no ha mermado su talante mundano y mordaz (por cierto, Kozaro el escriba fue el pseudónimo con el cual David Toscana presentó El ejército ciego al Premio Alfaguara de novela)? ¿Una parábola que coquetea con las Escrituras para celebrar el peso de vivir en la tierra y ayudarnos a “entender lo que significa ser hombre”, es decir, lo que significa recobrar la inocencia? Es una intuición que me callo, pero a la que Toscana responde. “No quise consultar a un oftalmólogo para que me ilustrara cómo se extirpan los ojos y me matara la ilusión. Vamos, dije, a jugar como niños y no seamos estrictos porque el realismo mata las historias. Ya sabemos que los cisnes no vuelan, pero hemos leído esos cuentos en que un niño se monta en un cisne y alza el vuelo y nos sentimos fascinados. Estamos un poco enfermos de realidad”. ¿Una parábola entonces sobre la conversión de una noticia marginal en arte novelesco, es decir, en el arte de contar lo que no pudo haber sido?

El lector puede distinguir cinco estaciones en El ejército ciego: la marcha de regreso, cuando “andábamos con pasos cortos, extendíamos los brazos y nos pisábamos los talones”; la reinserción; la prohibición de la ceguera en el reino ahora gobernado por Gavril Radomir, hijo de Basilio; el nuevo asalto a Constantinopla; y el segundo regreso, ahora triunfal. Son, digamos, dimensiones de tiempo y nada más porque, creo, David Toscana, quien no sabe en qué estante colocar su novela, huye del realismo y de la fe en las fuerzas de la Historia, para reinventar ese género de la aventura que toma las vías de la mistificación y penetra en la antigüedad como en un terreno de sueños y delirios para restituirle a la vida ínfima, simple, esa carga de heroísmo que Los Grandes Relatos le han negado.

Así que, ya establecidas las reglas (“Ninguno es lo que fue tres meses atrás, cuando avanzaban fuertes, armados e insolentes, siguiendo a su zar Samuel, a pelear contra el ejército de Basilio”), vamos al encuentro de esos cuantos chalados que, al perder la vista, han adquirido el don de imaginar otra realidad. Así como Toscana fabula, ellos lo hacen a su manera, orgullosos de su “bello equilibrio”. Son ciegos, pero no ciegos completos porque, como el muchacho llamado Aleksi, “son los mejores en el oficio de rodar la muela porque no llevan cuenta de las vueltas y nunca se marean”.

Los veodichosos, como Albert Camus vio a Sísifo al pie de la montaña antes de empujar de nuevo, por toda la eternidad, los granos de su piedra condenatoria. Pienso en Apóstol, “el espantapájaros ciego en las afueras de Strumitsa”, quien obtuvo unas alas enormes con las plumas de los cuervos que cazaba, que extendía y batía, “un ave que no volaba” pero “pensaba que sí volaba. Que es lo mismo que volar”. Pienso en el sobreviviente que ha creado en su mente la imagen de sus compañeros saltando a la nada al grito de “Voy a Samotracia” y en un rojo cristalino, “un rojo imaginado que es más intenso de lo que ha visto cualquier ojo”. Pienso en Radislav el herrero, incapaz de calentar su hierro al rojo y de moldearlo a voluntad, cuya “barra oscura, residuosa y porosa, él la imagina afilada en sus dos cantos y con punta fina de pico de mirlo”. Pienso en Igorón, a quien su princesa le obsequia dos canicas en lugar de ojos, con el sol dibujado en una y la luna llena en la otra, “mirándolos a todos desde la noche y el día”, reprobando su falta de imaginación y declarando: “Veo el infinito”. Quién, si no Igorón, veía lo que los demás no veían.

Un incomparable significado de la felicidad atraviesa El ejército ciego, como raras veces reconocemos en un escritor contemporáneo. No podemos resistirnos al poder de las mentiras del novelista que narra lo que representa vivir la vida “cuando uno deja de ver la vida”. Su felicidad llega también hasta nosotros, que quisiéramos escribir un canto que nunca dijera la verdad.

¿Una fábula oscura? “Veo a esta novela”, dice David Toscana, “llena de optimismo, de una alegría inmensa por los goces y placeres. Es la pequeña revancha delante de la adversidad”.

AQ / MCB

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Roberto Pliego
  • Roberto Pliego
  • (1961) Cursó Letras Hispánicas en la UNAM. Fue subdirector de la revista Nexos. Autor de La estrella de Jorge Campos y 101 preguntas para ser culto, es editor de Laberinto.
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