Vaya uno a saber quién se le aparece a cada quien cuando se menciona la palabra “héroe”. Los dos más emblemáticos de la antigüedad son Aquiles y Odiseo. También está Heracles, junto con otros muchos. Cada país tiene sus héroes históricos que se veneran en los días patrios. Pero es difícil seguirle la pista a tanto héroe de guerra de tantas guerras.
Pese a que todos los soldados alemanes fueron villanos durante la Segunda Guerra Mundial, cerca de quinientos mil de ellos recibieron del Führer la categoría de héroes. El título de Héroe de la Unión Soviética fue otorgado a trece mil personas. Los gringos pasan de tres mil quinientos, y sumando por aquí y por allá habrá varios millones de héroes de guerra.
En una Ley de Ascensos y Recompensas del Ejército y Fuerza Aérea Mexicanos de 2003 me encontré con la Condecoración al Valor Heroico, que “tiene por objeto premiar a los militares que, en tiempo de guerra o de paz, ejecuten actos de heroísmo excepcional con riesgo de su vida”. Creo que sigue vigente. Hallé poca información al respecto, pero di con una nota de 2021 en la que se informaba que el capitán de corbeta, Ernesto Zuluaga Arellano, había recibido tal condecoración por desactivar tres artefactos explosivos.
Por supuesto, la obligación de cada individuo que realiza un acto heroico es decir que no es un héroe, sino que simplemente cumplió con su deber o hizo lo que tenía que hacer. Baladronear diciendo “Soy un héroe” tiene tanto mal gusto como escribir “Merezco abundancia”.
Las crónicas deportivas son muy generosas para repartir el título de “héroe”. El futbol está lleno de héroes, aunque ningún futbolista ponga en riesgo su vida; basta con meter un gol o parar un pénalti. Ganar un campeonato crea un mínimo de once héroes.
Alguna vez consideré héroes a los jugadores de los Tigres que ganaron el campeonato de copa en 1975. Un directivo del equipo me regaló un pañuelo firmado por todo el plantel, entre ellos “Alacrán” Jiménez, Tomás Boy, Raymundo Correa “Lola”, Edmundo Manzotti y el “Patrulla” Barbadillo, que se ganó el apodo por su supuesto parecido con Clarence Williams III, de Patrulla juvenil.
Luego me puse a correr. Quería ser maratonista. Los héroes pasaron a ser otros. Entonces el cubano Alberto Salazar estableció la marca mundial en el maratón de Nueva York con un tiempo de 2:08:13. Me fue memorable el día que, después de una competencia, estuve en una carne asada con Rodolfo Gómez. Muy dichoso me sentía cuando, corriendo por algún sitio de Monterrey, me topaba con Raúl González “El Matemático” y recorría alguna distancia con él. Por esas fechas, el aureomedallista olímpico quería ponerse a prueba en el maratón.
Ahora mis héroes son otros, pero recuerdo a aquellos con nostalgia.
AQ / MCB