CITY OF MEXICO, 1847-1848
Querido Steve, te escribo estas líneas luego de haberme bañado, por fin, como Dios manda.
Ignoro si habrás leído los despachos que envié al New York Herald, aunque confío en que alguien se los habrá hecho llegar a tu madre. Por ahí he escuchado el desmesurado furor que está provocando esta que llaman, con toda objetividad, “la guerra mexicana”. Por acá los liberales y los conservadores (que permanecen liados en una perpetua contienda), la llaman Intervención de los Gringos, o sea, nosotros. Tú lo debes saber: no estamos “interviniendo”, estamos conquistando nuestro lugar en el futuro de la Historia. A las cosas hay que llamarlas por su nombre.
¿Sigue tu madre con sus jaquecas? Pobre Margaret, y peor sin mi presencia, que sabré compensar a mi retorno. Los emolumentos por mis crónicas en el periódico habrán de sumarse a mi paga como voluntario en el 17 Regimiento de Rifleros de Tennessee, que es donde logré alistarme. Además que, debo confesarlo, el viejo “Pompa y Fastidio” me tiene cierta simpatía. Y eso ayuda.
La verdad es que estás conversando con un espectro. El 8 de marzo desembarcamos por fin en los alrededores de Veracruz. El capitán Robert E. Lee me dispuso en un armón de artillería, exigiéndome que por nada del mundo permitiese que el vagón fuera tocado por el agua de mar. La pólvora humedecida te puede ocasionar la pérdida de un combate, y como luego te lo haré saber, la artillería ha sido precisamente una de las claves de nuestras sucesivas victorias. Pero a poco de eso, el 27 de marzo, cuando ocupábamos el edificio del Ayuntamiento de Veracruz (puerto que es gemelo al de La Habana), caí enfermo de la peor enfermedad que puedes contraer en este país: la disentería. Por acá le llaman Venganza de Montezuma.Ya te imaginarás, fiebre, chorros interminables ardiendo en el culo y la imaginación llevándote a pensar que ya nunca más comerás algo con verdadero apetito.
Nuestra presencia en ese litoral fue una verdadera sorpresa. Quizá las tropas del presidente López de Santa Anna supusieron que la campaña militar iba a ser librada en un solo frente al mando del general Zacarías Taylor, cuyas tropas amenazaban con marchar incontenibles hacia el sur. Es lo que hacía prever la ocupación de Matamoros, Monterrey, La Angostura, Saltillo, Chihuahua, San Luis Potosí. Y mientras los flacos soldados mexicanos esperaban el avance desde el norte, hete ahí que arribamos con los 47 barcos que comandaba el general Winfield Scott, y golpeamos en Veracruz para el asalto final que muy pronto habremos de celebrar.
Todavía recuerdo la temeraria navegación en el vapor Petrita, de la playa Collado a la fortificación de la isla de San Juan de Ulúa, a fin de poner a prueba el poder de fuego de la artillería mexicana. Era apenas de madrugada, navegábamos entre la bruma, pero con todo y eso los obuses iban estallando en la estela que dejaba atrás el pequeño navío mecanizado, lo cual demostraba que la tecnología es determinante en toda victoria. En el bote iban, entre otros, el comodoro Josiah Tattnall, comandante de la maniobrable “Flota mosquito” (que pica y huye), el teniente coronel Ethan Allen Hitchcock, inspector general del Ejército Expedicionario, y el capitán de zapadores Robert E. Lee, quien decidió el punto en que debía hacerse el desembarco de las tropas: la playa Collado, a dos millas del puerto, donde no alcanzaba a impactar la artillería de los defensores. Y en cosa de horas, al atardecer, desembarcaron diez mil tropas de las fragatas comandadas por el almirante David Conner. El USS Potomac y el Raritan llevaban a bordo, cada uno, dos mil quinientos de infantería, ya no se diga las corbetas USS Albany y Saint Mary, que transportaban mil. Fue algo asombroso. Desde el desembarco para la conquista de Troya que no se producía uno de tal magnitud.
Sin embargo, el asalto no se produjo de inmediato. Las divisiones se desplegaron alrededor de las murallas que protegen la ciudad del ataque de los piratas. De ese modo el puerto quedó sitiado por tierra y por mar. Entonces inició el cañoneo demoledor de las baterías que disparaban obuses de 24 libras. Así fueron demolidas las murallas del baluarte, construidas con piedra de coral. Debo señalar que el comodoro Mathew C. Perry cedió seis de los enormes cañones del USS Mississippi que fueron montados en la barricada para reforzar el cañoneo. Además que se emplearon miles de cohetes Congreve, disparados día y noche, y que fueron la pesadilla que aceleró la rendición.
Una vez más se demostró el genio militar del general Winfield Scott (Pompa y Fastidio): en una expedición de conquista, más que liquidar al enemigo, importa conservar a las propias fuerzas que habrán de evolucionar más tarde en territorio desconocido. Un ataque inmediato, confesó en corto, “nos habría reportado una victoria indudable, pero la pérdida de mil o mil quinientos de nuestros soldados”. El saldo fue admirable; tras veinte días de sitio y cañoneo, cayó Veracruz con la pérdida, de nuestra parte, de 77 soldados, y unos doscientos del bando enemigo.
La rendición del puerto fue el viernes 26 de marzo. Dos días después abandonaron la ciudad sus tres mil defensores, apilando ante nuestro ejército sus oxidados fusiles. Una semana después iniciamos el avance hacia el altiplano (teníamos prisa) con ocho mil setecientos efectivos sanos, y sus monturas y carruajes. Lo comentábamos en secreto: había que repetir la exitosa ruta que Hernán Cortés emprendió tres siglos atrás.
En el camino debimos enfrentar al locuaz presidente Antonio López de Santa Anna en las inmediaciones de Cerro Gordo, batalla que deberá ser recordada como “la batalla de las Termópilas” en América. Después de una escaramuza de lanceros, el 17 de abril, el general Scott descubrió las posiciones de la artillería mexicana, que hizo fuego prematuramente. Los viejos cañones disparaban desde los montes de Atalaya y Telégrafo, un tanto distantes de Cerro Gordo, que era donde se concentraban los doce mil soldados del general Santa Anna. El capitán Robert E. Lee fue quien localizó un sendero en el bosque, así que debimos transportar a hombros una pieza de artillería de 24 libras que fue alzada con sogas por un acantilado. Al amanecer del 18, barrimos con las posiciones del necio de Santa Anna, quien huyó dejando en el campo cerca de seiscientos muertos y centenares de heridos. Gracias a esa estrategia tuvimos abierta la puerta a Jalapa y, poco después, la de Puebla de los Ángeles, sin disparar un solo tiro.
De todo esto he informado en los despachos para el New York Herald. Apenas ocupar esta ciudad, que tiene tantas iglesias como la ciudad de Roma, conseguí un periódico mexicano que debí traducir a la tropa. En ese pasquín, llamado Monitor de Occidente, un político de nombre Melchor Ocampo, afirmaba que “después de la tragedia de Cerro Gordo” el alma mexicana ha sido poseída “por un inexplicable sentimiento de vergüenza, indignación y despecho”. No es para menos pues tuvieron mil soldados caídos en combate (nosotros 280), y les tomamos tres mil prisioneros.
¡Hasta dónde han llegado las cosas después que nuestro corajudo presidente, Knox Polk, declaró esta guerra! Todo por aquel incidente en la frontera entre Texas y México. Dicen que Santa Anna ha desertado del ejército, abdicado de la presidencia y se dispone a huir hacia Sudamérica.
Sí, un prolongado baño que logre quitarme el polvo del camino. Lo necesito.
SEPTIEMBRE 19 DE 1847
Querido Steve, ya solo persisten las escaramuzas. Me he dado un rato para escribirte estas reflexiones al amparo de una vela.
Han sido cuatro batallas sucesivas.Te lo aseguro por el nombre de mi madre: algún día habrá un monumento de bronce en honor del general Winfield Scott cerca del Capitolio. Y lo digo por lo siguiente:
Pompa y Fastidio, a sus 59 años, puede ser todo lo arrogante que quieras, pero en la Historia habrá muy pocos paladines que, como él, hayan conquistado tanto con tan pocos recursos. Fueron ocho mil los soldados (cuando más) que vencieron a un ejército con el triple de efectivos y a cuatrocientos millas de todo auxilio posible. Al igual que Hernán Cortés, Winfield quemó sus naves al abandonar Veracruz seis meses atrás.
Desde que el presidente Polk decidió la guerra, de sobra supo que debería ser una contienda breve, intensa y decisiva. En ella debería invertir todos los recursos imaginables y poner al frente al más prominente de sus generales. Por ello había urgencia en derrotar al gobierno mexicano de López de Santa Anna. Bueno, ha habido cinco presidentes mexicanos desde que se desataron las hostilidades (Mariano Paredes, Santa Anna, José Joaquín de Herrera, Valentín Gómez Farías y Manuel de la Peña), de modo que podrás comprender el desorden que imperó al otro lado de nuestras líneas.
Pero quisiera concentrarme en algunos de los elementos centrales de la estrategia de Scott, una vez que estuvo al mando de la expedición de conquista. Primero, que debería derrotar a un ejército nacional y obligarlo a que en su capitulación firmase un tratado que reconociese las nuevas fronteras reclamadas por Washington. Segundo y no menos importante, mantener entero a su ejército en términos de pertrechos, sustento y paga puntual porque, de otra manera, la milicia se disgregaría. El tercer punto es la disciplina, de la que siempre ha tenido un férreo control, sobre todo en cuanto al trato con la población civil, a la que tenemos prohibidísimo ofender, maltratar o robar. Parte de la disciplina obliga a dormir siempre en el cuartel, porque la amenaza de las catervas de ciudadanos ofendidos acecha en cada esquina. Y cuarto punto, el asunto de la sanidad. No es ningún secreto que los planes iniciales eran lanzar la ofensiva en enero, cuando el invierno sofoca las plagas endémicas de este país tropical. De eso voy a hablar enseguida.
Infecciones de todo tipo se encrespan en el verano, aunque bien a bien ignoramos la razón científica (algo que tiene que ver con los miasmas malsanos). En ese sentido, el mayor temor de Winfield era la fiebre amarilla, que en efecto diezmó a nuestras fuerzas. Y como el desembarco se retrasó siete semanas, los primeros casos de Vómito Negro (como lo llaman aquí) empezaron a darse a los pocos días de nuestra llegada. De ahí la urgencia de abandonar las llanuras del litoral para alcanzar la Sierra Madre y el altiplano. Fiebre, escalofríos, jaqueca, palidez, escupitajos sanguinolentos, hemorragia estomacal que provocan esas vomitonas negruzcas que no son más que sangre coagulada. Con esos síntomas han muerto dos mil de nuestros buenos soldados, que han quedado enterrados a la vera de los caminos. Cifra bastante menor a los mil doscientos que murieron por bala o metralla enemiga.
Hemos ganado pero hemos perdido. Ayer enterramos al último recluta muerto en este suelo —el cabo John Allen, del Tercero de Artillería— junto a la garita de San Cosme. Ahí será erigido el cementerio de nuestros caídos en la batalla por el Palacio de Montezuma.
He sido incorporado en las charlas preliminares que terminarán en la firma de un tratado de paz. Fungiré como intérprete auxiliar del embajador plenipotenciario Nicholas Philip Trist, que también habla el idioma español.
SEPTIEMBRE 30 DE 1847
Querido Steve, quiero hablarte de dos personas. Una es Nicolás Trist, el encargado del presidente James Polk para negociar la paz con México. Habla con soltura el español pues fue cónsul durante algunos años en La Habana. Llegó en abril, portador de una encomienda “secreta”, mientras avanzábamos hacia el valle de Anáhuac.
La presencia de Trist ha resultado primordial para la concertación del primer armisticio que firmamos el 22 de agosto, luego de las sonadas batallas del rancho de Padierna y el Convento de Churubusco, al sur de esta ciudad. Aquí le llaman “cese de hostilidades”.
Por la parte mexicana estuvieron negociando los comisionados José Joaquín de Herrera (quien ha sido presidente de México en dos ocasiones… ¡que suman 33 días!). También estuvieron el general Ignacio Mora y Villamil, don Miguel Atristain, y don José Bernardo Couto (maniático, duerme sentado solo unas horas en su estudio). Él es quien lleva el mando del equipo. Las conversaciones fueron cinco y se desarrollaron a lo largo de dos semanas. En la última, el 6 de septiembre, la parte mexicana concluyó que las posturas de ambos países eran definitivamente irreconciliables, y dos días después se reanudaron las hostilidades. Fue cuando las tropas de Scott volvieron a derrotar a los mexicanos en la batalla de Molino del Rey.
En esos días pude conversar con el coronel José María Tinajero, quien fue hecho prisionero en el combate de Casa Mata. El mentado oficial me confió ciertas verdades que explican en mucho la actitud derrotista de las fuerzas mexicanas. Primero me aseguró que la artillería jamás hace pruebas de tiro, porque es una manera de ahorrar parque. De esa manera los cañoneros van a combate sin saber, ciertamente, cómo reaccionará su basilisco. Tampoco hacen maniobras de caballería ni entrenamiento de montaña porque los soldados, que en su gran mayoría son campesinos arrebatados por la leva, aprovechan el primer desplazamiento para desertar y fugarse a sus “ranchitos”.
Tinajero nos confesó además que en las primeras seis grandes batallas (sin contar Chapultepec), el ejército mexicano perdió más de seiscientos cañones, diez mil fusiles y le fueron tomados más de dos mil prisioneros.
La otra persona de la que te quiero hablar es Leonora Cruzada de la Macorra —vaya nombre—, una linda señora que se ha prestado como intérprete de la comisión mexicana en las negociaciones del armisticio.
El domingo anterior fui con ella a una corrida de toros en la Plaza del Volador. La vida cívica en la ciudad, a pesar de nuestra presencia, sigue con cierta normalidad. El mundo no se acaba con una guerra.
El caso fue que en el ruedo se presentó Bernardo Gaviño, afamado torero español, quien resultó muerto por la cogida de un toro llamado “Chicharrón”. Era un matador un poco mayor, tenía más de sesenta años y la faena era un regalo al respetable público.
La muerte de Gaviño fue horrible (y bueno, ¿qué muerte es hermosa?). Estaba esperando al toro con la espada en alto, cuando el astado se distrajo, alzó la testuz y le dio una cornada en el cuello. Se oyó un alarido de horror, y después un silencio que pareció romper la tarde. Fue cuando Leonor, sin más, me abrazó aterrada.
“Perdón, capitán Warner”, se disculpó temblando, “pero es que nunca me había tocado una escena tan terrible”. Y me soltó. Leonora iba escoltada por su dama de compañía. Se llama Petra, por cierto.
Conocí a Leonor en las primeras negociaciones del armisticio, y hemos seguido viéndonos en las nuevas pláticas conducentes a la firma de la paz. Ella “habla inglés” luego de haberlo estudiado en la Academia de las Hermanas Williams. Cuando Nicolás Trist no halla el término que quiere expresar, lo dice en inglés y ella, Leonor Cruzada, lo traduce a los comisionados del equipo mexicano. Yo soy el “traductor auxiliar” de la parte americana.
Las pláticas han sido en una residencia palaciega llamada Casa Alfaro, aunque a veces optamos por reunirnos en Palacio Nacional. Obviamente que la señora Cruzada siempre va custodiada por su criada ya que el marido —José de la Macorra— permanece en Querétaro (pronúnciese “Keretero”), una capital provincial a tres días de camino. En ese lugar está refugiado el gobierno mexicano luego de abandonar esta ciudad de lagos y arboledas.
Leonor es una mujer inteligente, inquieta, pero venida a menos. Los malos negocios, y la distancia que mantiene con el marido, la dejaron prácticamente sin dinero. Fue la razón por la cual, gracias a la ayuda del excanciller José Fernando Ramírez, logró ese empleo como “traductora e intérprete”, y tener un sueldo.
OCTUBRE 12 DE 1847
El estigma del traidor. Deshonra e ignominia. Por siempre será señalado como el Judas nacional. Todo ello cabe en la persona de Antonio López de Santa Anna, el mariscal del ejército mexicano que el viernes fue humillado de nuevo en la Batalla de Huamantla.
Santa Anna había tratado de contener el avance de nuestro ejército, comandado por el general Joseph Lane, quien se dirigía a Puebla para romper el asedio que ahí mantenían las fuerzas mexicanas. El ataque fue iniciado por el capitán Joseph Walker conduciendo la columna de los famosos Texas Rangers que lograron capturar ese poblado. No obstante ello el joven oficial fue muerto por el disparo proveniente de una azotea donde se hacía ondear una bandera blanca. Alevosía pura. De ahí la saña con que luego nuestros soldados trataron a los pobladores. Saqueo de comercios, violaciones, incendios.
La batalla de Huamantla ha sido la última de esta guerra, y la última del réprobo Santa Anna. La vía a Veracruz sigue libre para nuestros reemplazos… aunque hay que marchar en columnas debido a las guerrillas que hostigan en los recodos de la cordillera.
Nicolás Trist ha encargado a Leonor un negocio “urgente y necesario” en el que yo también participo. Se trata de localizar un predio más bien regular donde se puedan inhumar los cuerpos de nuestros soldados caídos en la batalla por la Ciudad de México. Hay un cementerio británico cerca de la garita de San Cosme, y existe la posibilidad de adquirir cinco acres aledaños a ese camposanto. Queda en el rancho de Santa María, en la ribera del arroyo que por ahí discurre.
Es algo en lo que no se pensó cuando iniciamos la guerra: que habría soldados que jamás retornarían a suelo americano. Y todo a partir de la declaratoria de guerra que hiciera el presidente Polk hace año y medio, “bajo la bendición de la Divina Providencia”.
Así, al duplicar el territorio de las Trece Colonias originales, nació el interés por Texas. En aquel entonces la habitaban solo siete mil pobladores de la Nueva España, muchos de ellos concentrados en San Antonio de Béjar. Fue cuando se negoció la colonización de las famosas trescientos familias conducidas por Moses Austin, que luego se multiplicarían por centenares.
Estoy desvariando, querido hijo. La vela está por consumirse y estoy demasiado cansado como para abandonar las sábanas y buscar el cabo de repuesto. Escribo en la cama, la cama donde esta tarde Leonor, escabulléndose de su criada, sucumbió febril entre mis brazos. Ah, no tengo vergüenza para escribir esto.
AQ / MCB