Los libros que tratan la historia de la guerra suelen comenzar en la prehistoria, con restos arqueológicos, trozos de armas, pinturas rupestres y osamentas que muestran signos de violencia. Se habla de Ötzi, al que le hallaron una herida de flecha y su cuchillo con restos de sangre de tres hombres diferentes.
Un estudioso del tema, John Keegan, escribe que la famosa definición de Clausewitz, o sea, “la guerra no es sino la continuación de las interacciones políticas con la intervención de otros medios”, se queda corta, pues la guerra nació antes que la política.
Terminé abandonando el libro War in Human Civilization, de Azar Gat, porque yo buscaba acción desde la primera página y en cambio me encontré con cazadores-recolectores y más darwinismo, genética y sicología de la que me hacía falta.
Las valoraciones sobre la guerra son cambiantes y ambiguas a pesar de que la paz suele gozar de mayoría en las encuestas. Heráclito decía que “la guerra es el padre y el rey de todas las cosas; a unos los muestra como dioses y a otros como hombres, a unos los hace esclavos y a otros libres”. En Heródoto, Creso le dice a Ciro: “Nadie es tan estúpido que prefiera la guerra a la paz, porque en la paz los hijos sepultan a los padres, mientras que en la guerra son los padres quienes sepultan a los hijos”. Si bien las guerras, cuando se ganan, son los eventos más elevados de una patria y los líderes militares pasan a ser héroes. En cambio, si se pierden, las guerras crean cicatrices y mártires.
Ahí donde los pocos vencen a los muchos o el chico le pega al grande es cuando mejor se celebra la guerra. Maratón y Salamina son ejemplos. Nosotros tenemos el 5 de mayo. Los ingleses ensalzan la batalla de Azincourt en la historia y en la literatura. Enrique V dice con palabras de Shakespeare que entre menos hombres sean, más será lo que les toque de gloria, y sus nombres se recordarán por siempre en los brindis. Y los que se quedaron en Inglaterra se habrán de considerar malditos por no haber estado ahí.
En Esparta era verdad “que el cielo un soldado en cada hijo te dio”. En Atenas, Sócrates dialoga sobre la piedad, la justicia, el amor, y al mismo tiempo fue un valeroso hoplita que participó al menos en tres batallas: Potidea, Delio y Anfípolis. Pero los griegos no se andaban jactando personalmente sobre las muertes que le causaban al enemigo, como el príncipe Harry que alardeó de haber liquidado a veinticinco contrarios en Afganistán, al estilo de los francotiradores, que suelen llevar la cuenta.
Dijo Erasmo de Rotterdam que “la paz más desventajosa es mejor que la guerra más justa”. Bonita idea pacifista, pero difícil estar de acuerdo. ¿Dónde quedarían los héroes si dijeran “mejor vivir de rodillas que morir de pie”?
AQ / MCB