Jean–Paul Sartre señaló que la libertad es una condena pues implica el compromiso ineludible de los actos: “el hombre está condenado a ser libre; porque una vez arrojado al mundo, es responsable de todo lo que hace” (El ser y la nada), pero en la práctica sobran los taimados que intentan darle vuelta a ese deber negando sus malas o patéticas acciones, aunque un par o miles de ojos miren lo que hace. Refutar, contradecir, es la práctica recurrente del sujeto expuesto sea en el desliz más bochornoso o en un pecadillo insulso, la negación es el método más simple para remediar alguna falta distorsionando la verdad.
En 1982, el comediante Richard Pryor hizo célebre un chiste en su especial Live on the Sunset Strip. Obra maestra del cinismo para evadir la responsabilidad y cualquier traza de culpa a pesar de la evidencia física, la escena era más o menos así: su esposa lo encuentra en la cama con otra mujer pero Pryor, más tranquilo que una oruga, asegura que no es cierto. “¿Otra mujer?... Estoy solo. ¿Cuál mujer? Yo no veo a nadie” Y mientras la esposa grita, patalea, y la amante se viste a la carrera, el comediante suelta la interrogación perversa: “¿A quién vas a creer, a mí o a tus ojos mentirosos?”
Ese viejo sketch, paradigma del gaslighting (la manipulación psicológica y emocional para hacer dudar al otro de su memoria, percepción, juicio, e incluso, su cordura) se ha vuelto la rutinaria salida de emergencia de aquellos que, cogidos en una infracción o negligencia, se obstinan en evaporar las fechorías a través del dudoso poder de su palabra por encima de la realidad palpable, tal como sucede en la obra británica Gas Light (1938), de Patrick Hamilton, cuyo título dio nombre este tipo de artimañas: Mr. Manningham se empeña en enloquecer a su esposa Paula, manipulando la iluminación de la casona, escondiéndole sus cosas, haciendo ruidos en el desván y, sobre todo, asegurándole que todo de lo que ella oye, mira, recuerda o dice no sucedió o es irreal.
Hannah Arendt identificó una especie de gaslighting a través del sujeto ideal del dominio totalitario, que no es aquél genuinamente convencido sino el individuo incapaz de distinguir entre lo falso y lo verdadero (Arendt se enfoca en el nazismo), pues se somete a un régimen que niega sistemáticamente hechos verificables (Los orígenes del totalitarismo).
Por su parte, destruir la percepción individual o compartida, pasando incluso sobre pruebas y testigos para mantener el control absoluto de la realidad, es uno de los principales ejes de acción del Partido de 1984 de George Orwell, cuya consigna más poderosa expone “el Partido te decía que rechazaras la evidencia de tus ojos y oídos. Era su mandato final y más esencial”. Con esto, el mayor peligro para el individuo bajo el yugo del Big Brother no era únicamente la negación voluntaria de los hechos, sino la destrucción total de la capacidad de reconocer la diferencia entre lo real y lo ficticio.
El gaslighting es un quebranto deliberado entre la percepción y la verdad. Sobre todo ahora que los celulares son armas colectivas y las redes viralizan espectáculos grotescos, escenas impropias, ridículos proverbiales o viñetas del escarnio, cuya única defensa es la fórmula de Patrick Hamilton o de Richard Pryor: para controlar la narrativa es imprescindible rebatir a los ojos mentirosos, esos que todavía distinguen entre lo que es genuino, ilusorio o elaborado con Inteligencia Artificial, aunque en el obstinado ejercicio de negar los hechos se incurra en la desfachatez de insultar la inteligencia de los otros. La natural, la verdadera.
AQ / MCB