En su cuento “El checoslovaco”, el argentino Alberto Laiseca narra la decadente relación de una pareja hastiada de sí por, obviamente, los defectos de una larga convivencia: la rutina, el paso del tiempo, el inefable deterioro de la edad.
El checo del cuento, ingeniero de profesión, no soporta ver a su pareja cada vez más obesa y envejecida. Ella, por su parte, aborrece escucharlo hablar, siempre temerosa pues supone que aprovecha su extranjería para atacarla con incoherencias gramaticales, palabras mal pronunciadas, dicción ininteligible. Un recelo infundado, franca paranoia, le comenta su mejor amiga luego de escuchar sus tribulaciones, pues al fin y al cabo no hay maldad alguna en que un europeo no pueda expresarse correctamente en Buenos Aires.
Sin embargo, la mujer tiene razón. Sobre el plan malévolo del potencial uxoricida, Laiseca escribe: “El checoslovaco hablaba mal el idioma, pero no pésimo como a veces hacía creer. Cuando decidió matar a su esposa exclusivamente con armas secretas, en su arsenal contaba con el lenguaje; como si este fuera la más letal e importante de sus ojivas nucleares de cabezas múltiples”.
Así, cada vez que él le decía piropos que en realidad eran groserías (pierna gorda, petunia marchita) fingiendo que los espetaba por error o inventando que en su tierra eran halagos comunes, ella sufría un ataque de nervios que repercutía en platos rotos, vasos derramados, colisiones con los muebles. Las palabras sueltas eran peor: lapislázuli, la más venenosa; caléndula, no menos dañina. Y también estaban las anécdotas funestas con que la atemorizaba, digamos, los síntomas del parkinson al verla temblorosa o la intoxicación mortal por beber agua del río.
Sin embargo, en ese raro campo de batalla, conforme el ingeniero afina el mortífero alcance de sus fábulas, frases y vocablos, le vuelve el cariño y el deseo por su mujer. En cambio, ella no claudica y en el colmo de la ira le dice con calmosa frialdad: “Te veo tan hijo de puta como esos nazis que asesinaron a los judíos. Sos un criminal de guerra frustrado. Esta casa es un campo de concentración. Por la cocina corren tus alambradas electrizadas y tus perros. Yo soy la prisionera y vos el S.S. Sos un guacho”. El adjetivo, siempre el adjetivo, se volvió entre ellos el filo de navaja del duelo oral.
La moraleja de este cuento de Alberto Laiseca es la catástrofe, como la explica Roland Barthes: “crisis violenta en cuyo transcurso el sujeto, al experimentar la situación amorosa como un atolladero definitivo, como una trampa de la que no podrá salir, se dedica a una destrucción total de sí mismo” (Fragmentos de un discurso amoroso). Porque en el clímax de esta desventurada relación, la hecatombe abandona la metáfora y se materializa: la esposa cae en cama y el ingeniero le da tregua. Por recomendación del médico, no le dice incluso cuál es su padecimiento para no abreviarle la existencia. Sin embargo, una madrugada la visita en su lecho y dice: “Notable. Qué delgada la puso la enfermedad. Está usted bellísima”. Parlamento aparentemente inocuo que se convierte en guillotina.
“El checoslovaco” forma parte de Matando enanos a garrotazos (1982), libro al que según una leyenda no le otorgaron un importante premio literario por el gerundio que lleva el título, además de que no es recomendable para “personas de bien” (mito probablemente fantaseado por su autor). No obstante, en este volumen hay, efectivamente, algo subversivo: la virulencia lingüística y políticamente incorrecta que ilumina cada cuento. Ahí hay mundos, personajes y crímenes desternillados que giran en torno de un lenguaje cáustico, terrible, bordado por palabras como ojivas nucleares de cabezas múltiples ya que es cierto, incontestable: de todo aquello que nos puede hacer daño, la palabra es la única que perdura y nos lastima, hiere y esclaviza. Si una frase maligna o una palabra cruel invade nuestro sistema sembrará un eco perpetuo. Imposible de apagarlo.
AQ / MCB