Cultura

Cronología mínima de los gatos

Bichos y parientes

Julio Hubard sigue al gato desde su función práctica hasta su consagración afectiva y cultural en la modernidad.

En 2004, un grupo de arqueólogos franceses dio a conocer el descubrimiento, en Chipre, de una tumba neolítica (7,000 o 7,500 AC). Yacen ahí un hombre y un gatito joven. ¿Caso único o cultura gatuna del neolítico?

Porque hasta hace poco el origen había sido Egipto (desde el Reino Medio, 2000-1950 a. C.) Los egipcios son la primera noticia de los gatos en la cultura. Tenían su deidad. Sekhmet es la leona que protege la región; Bastet, cabeza de gata, es defensora del espacio familiar. Se entiende: los silos de grano atraen ratas y ratones; los gatos, que son animales limpios, cazan todo mal bicho, incluidas las serpientes y, así, cuidan de hogares y ciudades.

En la Biblia no hay gatos. Ni uno.

Tampoco en Homero, que abunda en perros.

Los griegos conocían poco a los gatos (aílouros) y los veían como animales salvajes. Para cazar ratones y plagas de los graneros preferían a la comadreja (galê), que aparece así en las fábulas de Fedro, Babrio, Esopo. Heródoto (450-440 a. C.) se sorprende al ver gatos domésticos en Egipto (Historias, II, 65-67).

En Roma hay una variación. El gato es fiera de ciudad. Y estupendo control de las plagas que acaban con los granos. Es una relación de comensalismo conveniente para todos. Son muy escasos los gatos afectivamente domesticados. Sí, los hay domésticos, pero no forman parte todavía del hogar afectivo: son irreductiblemente libres. Hay una discusión acerca de la estatua de la diosa Libertas en el Aventino, pero la relación entre la deidad de la libertad y el gato representado a sus pies es una inducción moderna. Por lo común, el gato es visto de modo instrumental. Por ejemplo, la receta de Plinio el Viejo: “Los ratones se mantienen alejados remojando en agua las cenizas de una comadreja o un gato y luego esparciéndolas sobre la semilla, o bien utilizando el agua en la que se ha hervido el cuerpo de una comadreja o un gato. Sin embargo, el olor de estos animales se percibe en el pan” (Historia Natural 18.45).

Wikipedia dice que, por las fechas en que escribe Plinio, el gato llega a China; es recibido con calidez y como mascota de mujeres. Tres siglos después, a Japón, pero no es sino hasta el 999 que se aclimata plenamente, cuando Ichijō, el joven emperador, recibe uno como regalo.

Mahoma (570-632) amaba a su gato Muezza. El Islam ama a los gatos y desprecia a los perros.

Isidoro de Sevilla (602-636) dice que el latín cattus viene “de capto, porque atrapa ratones con su aguda mirada. Pues tiene mira tan penetrante que domina lo oscuro de la noche con el destello luminoso de sus ojos. Por ello, la palabra griega catus dice agudo o dice astuto” (Etimologías XII, 2, 23v).

El afecto aparece mucho después, en un precioso poema anónimo, en el que un monje irlandés del siglo IX, copista de oficio, le escribe a su gato, que ya tiene nombre propio: Pangur Bán: “Yo y mi gato, Pangur Bán, /tenemos parejo afán”, yo cazo erratas, y él, ratones.

De aquí debió seguir una relación de creciente y constante afecto. Pero se echó a perder porque el papa Gregorio IX publicó la bula Vox in Rama (1233), que relaciona a los gatos negros con las misas negras y las cosas del diablo.

Poco a poco regresó el amor entre humanos y gatos. Quizá el ejemplo es Pierre de Ronsard (1524-1585) cuando comienza confesando que “No conozco hombre que tanto odiara en el mundo /a los gatos como yo, con odio profundo”, pero termina haciendo un juramento de fidelidad a la memoria de su gato.

De ahí en adelante, los gatos abundan, cada vez un poco menos silvestres y un poco más cercanos a los afectos. Pronto, ningún género les es ajeno. Ni la épica. Lope de Vega escribe La Gatomaquia.

Falta un paso. El siglo de las Luces se iluminó de crueldad con la Gran matanza de gatos (que relata Robert Darnton), pero Christopher Smart escribe su Jubilate Agno, poema, plegaria, celebración de la creación entera, que además halla en su gato Joffry.

Y es en el siglo XIX cuando comienza la ailurolatría. Se inventan las exposiciones, las razas, la expresión “Cat fancy” que nombra una moda cuya temporada simplemente no ha terminado, y esta profusión amorosa que no es del todo recíproca, como la de los perros.

Y llegamos a nuestros días. Hoy, la cultura del Internet se divide, más o menos, en cuartos: uno para la pornografía, otro para las cosas útiles, como la información; la otra mitad se divide entre perros y gatos, que donan gratuitamente su civilizadora presencia para que el mundo tenga motivos de contento.

AQ / MCB

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Laberinto es una marca de Milenio. Todos los derechos reservados.  Más notas en: https://www.milenio.com/cultura/laberinto
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