Lo primero que quiero destacar de Botánica forense (UANL, 2026) es que es un libro de doble denuncia, primero por el tema tratado y segundo porque la poesía está por encima y aquí le gana a la agenda y le gana bien; hay un par de cosas que a mi parecer nos hacen entender que sí existimos de una vez y para siempre: la muerte, y el instante en que leemos unos poemas hermosamente escritos, podría decir que escritos para la sola incomodidad de los hombres o podría decir también que se pueden leer para cualquier propósito que se desee o para cualquier deseo que se proponga, como dice Mónica Nepote en la cuarta de forros: el lenguaje también registra la distancia, el horror y el extrañamiento que padecen los sucesos violentos.
Ganador del Premio de Poesía Jaime Sabines 2025, Botánica forense confirma que Julio Cesar Toledo sabe que la poesía es escribir cosas que no se saben y en estos textos el hecho genuino es que el desconsuelo da testimonio.
Con pasos rápidos habitó
los últimos instantes de su cuerpo.
Tal vez, a pesar de la rutina, de la prisa por llegar a donde debe:
trabajo
cita.
La hora equivocada en que pasa el camión para llevarla a otro lugar
poquito de futuro que se puebla en abonos
casi a diario
respiró profundo, miró a su alrededor, se supo viva.
(“la hora exacta”, fragmento)
El poeta disecciona, hace cortes, observa bien las heridas, las cicatrices y con un pulso discreto en el teclado, redacta la autopsia; al mismo tiempo un poquito de futuro se revela. Pero la poesía no es una hipótesis, incluso en el romance escandaloso que siempre tienen la realidad y la ficción, incluso aunque los nombres de las muertas sean cambiados para no alterar a nadie, para no revictimizar.
Ante la ausencia de mística de algunos informadores que redactan sus notas con la sola idea de causar indignación —y likes—, Julio César actúa pensando en poner orden a tal desorden o desordenando el orden actual, es decir, escribiendo poemas nos dice que nos cayó la noche y la noche cobra fracturas que a veces son las últimas, aunque los pájaros ignorantes no entiendan y sigan cantando.
Toledo escribe, toma fotos, recrea el rostro —el original— y provoca luz, esa, la luz que vence al miedo, la luz que nos enjuga la frente incluso cuando encaramos a la muerte y quien escribe sobre ella refiere un profundo sentido de la vida.
El cuerpo pasó a ser una imperfecta geografía, un mapa para perderse, en el peor de los sentidos (tan bonito que hubiese sido que esa metáfora fuera para el mejor de los sentidos) porque en un homicidio se pierde más de un alma y el número nombra y el número es una pesada estadística y las estadísticas a muchos les fastidian, como a muchos les fastidia caminar bajo el sol, porque luego el pensamiento arde y otra sin nombre ya cambia sus facciones a lo largo de los días de soledad y el lector, y el doctor, y los familiares de las víctimas, y las que se indignan y marchan, y los que se indignan con las marchas, piensan en nimiedades como confundir la palabra duda con la palabra deuda, lo piensan todos —al mismo tiempo —y todos al mismo tiempo toman caminos y decisiones distintas.
Anónima con su cuerpo
sin designación, ni un solo mote:
la suma de los nombres pequeños de sus partes.
Se llamó esternón
mandíbula
falange.
(“Restos”)
La poesía siempre nos da una lección, una maldita lección, nos agitan las impresiones desagradables, eso es cierto, pero el texto poético envuelve al cuerpo, quiero pensar que en una bolsa transparente, pero la realidad es que es una bolsa negra y hay que abrirla, sin morbo y diseccionar el contenido y el dictamen dirigirlo con atención a nuestra conciencia, la poesía nos causa un daño necesario.
En el jardín se aprecian, se recogen, la herida, el aliento, la erosión y con eso el autor prepara una pócima: mezcla todo eso con suaves pétalos, alguna broma cruel, alguna bruma cruel, hierbas que no son de nadie, flores, semillas, fruta arrancada sin permiso y entonces resultan estos textos que si bien podemos asegurar que hoy en día la poesía que está siendo sometida —en su lectura y en su escritura —a procesos históricos y eso por supuesto es un debate que nos abate, por otro lado, es también históricamente verificable que la poesía produce placer estético y ahí si afirmo que la poesía cura, salva, protege (agréguenle, ok, denuncia, señala, visualiza) porque como bien dice Toledo en el poema “Nopalera”, hay que entender la belleza nominal de las espinas. La poesía, como los helechos, florece poco y eso supone que la maltraten, que la dejen a merced solo del recuerdo y del deleite de quien la escribe, entonces pasemos de la espina a la flor cuna de moisés, por ejemplo, una flor que tiene la cualidad de proteger a sus rebrotes y la gente procura sus flores, las presume e invitan a parientes y amigos a tenerlas en macetas en sus salas.
Los lados y los lodos de la existencia son en Botánica forense los matices de sombra que pueblan nuestros días y nuestras noches igual de terribles, igual de peligrosos, igual de sorprendentes cuando desciframos por qué cada quien, unido solidariamente con los otros. canta su pena de manera distinta y descubre la partitura exacta que lo lleva hasta el jardín donde las flores se abren.
AQ / MCB