Después de huir del barrio de La Laja, gobernado por bandas de extorsionadores, secuestradores y pistoleros, una familia —el padre, la madre y el hijo— ocupa una casona señorial donde una legión de fantasmas y huéspedes sobrenaturales roba su tranquilidad y su sueño. Esta es la trama a secas de La rendición (Almuzara), una novela con la pretensión de trasladar la experiencia terminal de nacer y vivir en Acapulco a un plano donde hay arrastres lentos de cadenas y puertas que se abren y se cierran por un mero aliento invisible y manchas enormes de humedad que avanzan y retroceden a su voluntad, como en aquellas viejas películas de terror de bajo presupuesto.
Al desmarcarse del relato sensacionalista, porque Acapulco ya no da para otra cosa, al renunciar a la exhibición de cuerpos masacrados y furgonetas blindadas paseando por el malecón mientras la policía mira siempre hacia otro lado, Federico Vite ha levantado un escenario donde yacen, o han ido a penar, muchas de las víctimas de esa herrumbrosa letrina que ahora es Acapulco. Hay que reconocer su buena intención: nada de otro thriller político-policiaco, nada de coquetear con la nota roja.
El problema es que, al menos en la literatura, las buenas intenciones sirven tan solo para salir de la cama. La rendición llega hasta nosotros a través del testimonio de ese hijo en fuga: ofrece algunos trazos paisajísticos, narra sus experiencias fantasmales, va revelando el pasado de esa casona como teatro de torturas y magia negra y, sobre todo, por encima de cualquier artificio, llena el relato de consideraciones —muy sesudas y pomposas— sobre el acto de escribir (“El teatro no estaba al servicio de mis dudas ni mucho menos a la disposición de mis anhelos, la novela sí”) y sobre sí mismo (“La inteligencia de esos seres dimensionales me fascinaba. Me ha ayudado a comprender lo endeble y minúsculo de mi existencia”). Esas demasiadas consideraciones —filosofemas a precio de mayoreo— no pasan de la queja sonora tres veces por página. Como si la factura de una novela fuera lo mismo que ponerse a las órdenes de un confesor o un psicoterapeuta. La rendición da para traer a interrogatorio a esa nueva charlatana que aconseja a quienes promocionan, con excelentes resultados, por cierto, la mala literatura: la escritura como sanación o limpia con huevo orgánico, rezos y agua bendita.
La rendición
Federico Vite | Almuzara | México, 2025
AQ / MCB