DOMINGA.– Compré en 1971 una de las muchas reimpresiones sucesivas que tuvo la primera edición del hoy famosísimo La noche de Tlatelolco, destinado a convertirse en un gran testimonio colectivo del movimiento estudiantil de 1968. Yo, entonces, una jovencita de apenas 15 años recién cumplidos, acababa de terminar la enseñanza secundaria y quedaban muy vivos los recuerdos de la brutal represión gubernamental que presencié al poco tiempo de llegar a vivir a la capital de México.
Leí con gran interés la información que hasta entonces había sido controlada por el gobierno –primero de Gustavo Díaz Ordaz y luego de Luis Echeverría–, cuando me vi obligada a empacar mis bártulos y regresar a mi ciudad natal, Tijuana, donde cursé la prepa. Volvía a casa con un tesoro entre las manos. Me parecía imposible que mis nuevas compañeras preparatorianas del Colegio La Paz ignoraran lo que había sido ese movimiento estudiantil que pasó a la historia por su violenta culminación: la masacre del 2 de octubre de 1968 en Tlatelolco.
Hasta ahora entiendo las dimensiones de la censura de un tema que se ha convertido en un referente en la historia de la lucha por la democracia en el país. Pero entonces me di a la tarea de compartir las páginas de La noche de Tlatelolco a través de lecturas en voz alta que dieron pie a múltiples discusiones sobre su contenido.
Fue así como la Poni entró a mi vida con la fuerza de un huracán que marcó mi inmersión en el tema de la represión estudiantil del ‘68 que hasta ahora me sigue interesando. Los testimonios, esa historia coral reunida por Elena Poniatowska, fue definitiva para lo que ha sido una toma de posición a lo largo de mi vida.
De padre polaco y madre mexicana, el nombre completo de la reconocida y famosa escritora y periodista nacida en París, Francia, el 19 de mayo de 1932, es Hélène Elizabeth Louise Amelie Paula Dolores Poniatowska Amor, nombre que la convierte en descendiente del último rey de Polonia, Estanislao II Poniatowski. Sin embargo, aquí, allá y acullá se le conoce con el nombre que usa para firmar sus libros, conferencias, ensayos y textos periodísticos: Elena Poniatowska, así sin más. Cambió los títulos nobiliarios, que le han importado un verdadero cacahuate, por los apodos cariñosos con los que se le nombra de acuerdo con las diversas épocas de su vida: la francesita, la polaquita, Elenita, Elenísima, la Princesa Roja, la Cervantowska o simplemente la Poni, entre muchos más.
La joven afamada autora de las crónicas en el periódico
Su primera entrevista apareció en la portada de la sección B, “Sociedad y eventos varios” del Excélsior el 7 de mayo de 1953 con el embajador de Estados Unidos, Francis White, quien acababa de llegar a México. Elena Poniatowska permaneció un año en ese diario que fue para ella una escuela inicial. Luego se mudó a Novedades, en el que se quedó varias décadas hasta los sismos de 1985, que destruyeron gran parte de la Ciudad de México y que dieron origen a la recopilación de denuncias y testimonios que dieron forma a Nada, nadie, las voces del temblor (1988).
Al principio Elena, totalmente en shock ante la dimensión de la tragedia provocada por los sismos, se incorporó a los contingentes de mujeres anónimas que preparaban comida para los damnificados. Carlos Monsiváis –también destacado cronista, crítico cultural, colega, compañero de causas y su amigo– se la encontró cocinando junto con otras mujeres anónimas y en tono de regaño le espetó: “Pero Elena, ¿qué haces aquí, cocinando? Deberías de ponerte a escribir, eso es lo que mejor sabes hacer y lo que más servirá a las víctimas del terremoto.”
Así fue cómo la catástrofe de 1985 propició que Elena Poniatowska se convirtiera en colaboradora de La Jornada. Para entonces, era ya una reportera afamada por sus crónicas inolvidables, por sus extensas y sobresalientes entrevistas y por algunos libros. Llevaba años picando piedra, con esa humildad –siempre ha reconocido el desprecio de quienes la llamaron “una pinche” periodista–, que aprendió de un oficio que en muchas ocasiones ha elevado a la categoría de arte.
Y así calladita, chiquita, con apariencia de no romper un plato, empezó a llenar lo que ahora son miles de páginas para dar voz con quienes siempre se ha identificado: justamente los sin voz, los anónimos, los pobres, los desposeídos, los perseguidos políticos, los expulsados del sistema y sobre todo… las mujeres, cuyas vidas se ha ocupado extensamente en distintas novelas, como Paseo de la Reforma (1996), sobre Elena Garro –una de las mejores escritoras y reconocida tardíamente como una de las más sobresalientes de habla hispana–, a quien conoció tan bien de manera personal que no necesitó –lo ha admitido– investigar mucho sobre la protagonista y es justamente por eso el libro cuyo proceso de escritura más ha disfrutado por ser el que ha escrito con mayor libertad.
El santo grial del periodismo, según Elena Poniatowska
De vuelta en la Ciudad de México cursé los estudios universitarios que me convertirían en la periodista que hoy soy. Durante el segundo semestre de la carrera de Ciencias de la Comunicación, en la Universidad Anáhuac, participé en un trabajo grupal sobre el movimiento estudiantil del ‘68 para acreditar las materias de Sociología y Técnicas Audiovisuales. Corría el año de 1975 cuando a través del directorio telefónico –la mejor base datos de la época– la información me permitió contactar directamente a Elena Poniatowska.
La entrevisté por primera vez –junto con mis compañeros del grupo universitario– cuando todavía era estudiante. Más adelante, en la misma universidad, como parte de la sociedad de alumnos formé parte de la organización de un Encuentro de Comunicación al que invité a Elena como una de las conferencistas más destacadas. Quería que ella nos transmitiera el santo grial, es decir, los secretos de la profesión que podrían convertirnos en unos destacados periodistas como ella. Aspiraba a que los estudiantes absorbiéramos como esponjas el know-how, como si se tratara de un proceso de ósmosis instantánea.
En cambio, Elena, con esa sencillez, picardía y espontaneidad que conserva hasta el día de hoy, en lugar de conceptos y teorías –una clase formal, pues– nos compartió diversas anécdotas sobre su profesión. Recuerdo dos que se remontan a sus inicios en el periodismo: nos relató que cuando entró al periódico Excélsior ella quería firmar sus textos como “Dumbo”, ya que su compañera en la sección de sociales, Ana Cecilia Treviño, firmaba con el seudónimo de “Bambi”. En la otra anécdota nos contó que era muy joven cuando entrevistó al gran muralista y pintor Diego Rivera. Y como Elena no sabía qué preguntarle en ese momento, confesó que como le vio los dientes muy chiquitos, se le ocurrió soltarle: “¿oiga, sus dientes son de leche?”. A lo que contestó afirmativamente y añadió que con esos dientes “se comía a las polaquitas preguntonas”.
¿Esos eran los secretos que sustentaban el trabajo periodístico de Poniatowska? Trágame tierra, me dije a mí misma con temor a la reacción de los compañeros de estudios de diversos semestres y que llenaban todas las butacas y pasillos del auditorio universitario. Pero Elena Poniatowska ya los había seducido como lo sigue logrando hasta el día de hoy, con las personas que se agolpan con tal de escucharla.
Compañeras de muchas batallas
Jamás imaginé que en un futuro, al convertirme en periodista y cofundadora de La Jornada en 1984, también compartiría sus páginas con una de sus más destacadas colaboradoras: Elena Poniatowska, con quien tenía y sigo teniendo muchas coincidencias en la manera de pensar y ver el mundo: nuestro corazón late más hacia la izquierda que hacia la derecha.
Fue así como a lo largo de más de dos décadas tuve la oportunidad no sólo de convivir profesionalmente con la Poni, sino de escribir mis propias crónicas sobre sus coberturas y presentaciones de libros, además de entrevistarla muchas veces. Entonces pude observar de cerca la “manera Poniatowska” para hacer entrevistas y escribir crónicas. La amistad, el trato profesional y la convivencia amable me permitió, por fin, descubrir esos secretos que añoraba desde que era estudiante de comunicación.
Lo resumo así: conocimiento profundo sobre los temas y sus entrevistados, así como su contexto. Sigue usando grabadora –tal como la hemos visto en las múltiples fotografías publicadas– y lleva una libreta tamaño esquela, de esas que eran para escribir en taquigrafía, en la que toma nota de todo lo que sucede durante la entrevista. No apunta las palabras o frases que ya están grabadas; más bien recoge, por ejemplo, los tonos de voz, las reacciones gestuales y emocionales del entrevistado, su manera de vestir, los detalles del lugar en donde se lleva a cabo el encuentro… y un largo etcétera que incluye todo tipo de impresiones.
Reproduce y respeta fielmente la manera de expresarse –tono y palabras– de sus entrevistados a tal grado que al leer sus textos nos envuelve la sensación de que los estamos escuchando en lugar de leerlos. Esta última característica la descubrí a través de las múltiples entrevistas que le ha hecho a la actriz Susana Alexander, de quien conozco su característica forma de enunciar y pronunciar. La entrañable novela Hasta no verte Jesús mío (1969) es un gran ejemplo del dominio del lenguaje que tiene Elena Poniatowska. Eso sólo se logra a través de escribir bien.
En 1991, con motivo del vigésimo aniversario de La noche de Tlatelolco, tuve la oportunidad de probarme como cronista ante la gran cronista mexicana por antonomasia. Ya la había entrevistado en los días previos a la celebración y posteriormente describí cómo en el auditorio Justo Sierra de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM –conocido como el auditorio Che Guevara– una presentación literaria se convirtió en un acto con profunda carga política sobre la responsabilidad de los estudiantes dentro del cambio social y la lucha por la democracia, al que asistieron como comentaristas algunos de los líderes estudiantiles del ‘68 que todavía sobrevivían y que no habían aceptado integrarse al “sistema”.
También estuvo otro tipo de héroe para los lectores jóvenes: el querido escritor José Agustín al que esa noche un antiguo porro universitario conocido como El Ronco le gritó “cu-le-ro”, “cu-le-ro” –tal como lo escribí– reclamando su tardanza en pronunciarse de manera pública en torno al movimiento. A los pocos días José Agustín me preguntó vía su gran amigo, el caricaturista Magú, que “cuál era mi bronca con él”, que “por qué lo odiaba tanto”.
Elena Poniatowska por su parte, quien fue la verdadera protagonista de esa noche y testigo de lo sucedido, jamás desmintió mi crónica. La lección profesional en vivo y en directo es que en el terreno periodístico hay que superar las filias y las fobias y ser lo más neutral posible. Que simplemente narrar las cosas como fueron es más que suficiente.
La Elenísima
Elenísima, así empezaron a llamar a Poniatowska a partir de la publicación de su novela Tinísima (1992), basada en la vida de la gran fotógrafa de ideología comunista y origen italiano, Tina Modotti, quien radicó y murió en la Ciudad de México. Un verdadero tour de force que profundiza tanto en la vida artística y política de Tina como en el rico y complejo contexto de México en los años treinta y cuarenta, en los que el espionaje –en el caso de Tina para la KGB– era una moneda de cambio. Producto de muchos años de investigación y escritura, Tinísima es considerada una novela sobresaliente. Sólo agregaré que en 1992 tuve la oportunidad de ser integrante del jurado del Premio Mazatlán de Literatura, que ese año le fue otorgado a Poniatowska.
Desde el Premio Cervantes, la Cervantowska con cariño
En 2013 corrió la noticia de que Poniatowska había sido reconocida con el Premio de Literatura Miguel de Cervantes –el equivalente en español al Premio Nobel– que al año siguiente le fue entregado por los reyes de España –en ese entonces Juan Carlos y Sofía– en una ceremonia formal que tuvo lugar en el Paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares, en Madrid, España. Elena lució para la ocasión un hermoso huipil en rojo y oro, que fue confeccionado especialmente para ella por mujeres juchitecas.
Desde entonces, cuando Elena se pone de quijotesca, juega con el hecho de ser más bien el Sancho Panza de la popular mancuerna literaria creada por Cervantes. Sin embargo, en la vida real el escudero más fiel que tiene la Poniatowska se llama Felipe Haro Poniatowski (con i, como lo marca el idioma polaco), ese hijo de en medio que cuando, en su infancia, le pidieron que dibujara a su mamá dibujó una máquina de escribir. En la actualidad es el más cercano de los tres hijos de Elena y es el mejor promotor y protector de la obra de su madre. Todavía lo recuerdo levantando firmas por aquí y por allá en la campaña pública que emprendió en todos los círculos a su alcance para proponer que Elena Poniatowska ya merecía el Premio Cervantes. Su voz fue escuchada y a esa campaña se unieron miles de simpatizantes.
Cuando Elena Poniatowska tuvo la oportunidad de vender su biblioteca y archivo personal a la Universidad de Princeton, Felipe se opuso y decidió que permanecieran en México; desde entonces ha luchado denodadamente por la conservación de ese patrimonio que ella ha legado simbólicamente al pueblo de México. Como presidente de la Fundación Elena Poniatowska Amor, A.C. es incansable en la defensa de ese patrimonio cultural, pues se necesita de muchos recursos económicos para financiar y hacer viable una institución de ese tipo.
Durante los últimos años he sido testigo de la transformación del joven Felipe en un maduro promotor y gestor cultural. Grita su Edipo a los cuatro vientos: “la mujer que más amo y admiro en el mundo se llama Elena Poniatowska”.
El cumpleaños número 94 de Elena Poniatowska
Con el paso de los años ha sido consistente con sus ideas y se ha tirado al ruedo de la arena pública en favor de Andrés Manuel López Obrador y su movimiento político, la Cuarta Transformación; y en ocasiones eso le ha valido duras críticas y “campañas de la derecha”, disputas que en sí mismas revelan la división que cruza al país. Hoy con toda lucidez y pleno uso de sus facultades, no hay asunto importante en el que no se solicite la opinión de una Elena Poniatowska transformada, de manera simbólica e ideológica, en una especie de estandarte de la 4T.
Justo hace unos días la ví durante la inauguración de la exposición Elena Poniatowska Amor: archivo personal, curada por Moisés Rosas, en el Museo del Estanquillo fundado a partir de las colecciones de Carlos Monsiváis en el Centro Histórico. En el caso de nuestra próxima cumpleañera –19 de mayo– se trata de una selección de más de 400 objetos, fotografías, manuscritos, diplomas y medallas que son un testimonio de ese incuestionable amor por México que la Poni ha demostrado de la mejor manera posible: escribiendo.
Al término de los discursos inaugurales pude acercarme para decirle al oído: sigues siendo una de mis rockstars favoritas. Tuve la fortuna de ver a Elena, conmovida hasta las lágrimas, cuando fue sorprendida por la impresión, en papel bond, de una suerte de página del periódico que reproducía el artículo en el que Elena narra su llegada a México, a los siete años, en compañía de su hermana y su mamá Paula (Paulette Amor Yturbe). ¡Qué mejor programa de mano!
Elena Poniatowska llega a los 94 años con un nuevo libro publicado recientemente por el Fondo de Cultura Económica –Rosario Castellanos. En los labios del viento he de llamarme árbol de muchos pájaros (2026)–, un opúsculo sobre la también escritora Rosario Castellanos y que fue presentado al público en el marco de la Fiesta del Libro y de la Rosa organizada por la UNAM. Volví a atestiguar el charm que ejerció ante un gran público constituido mayoritariamente por jóvenes universitarios. La causa actual de la Poni es el apoyo al pueblo palestino frente a una guerra con Israel difícil de entender y que ha dividido a familias enteras.
Parafraseando a Querido Diego, te abraza Quiela (1978), título de uno de los libros más entrañables de la pluma de Poniatowska, termino estas líneas con la siguiente afirmación: Querida Elena, te abraza Patricia en tu cumpleaños 94.
GSC/ATJ