Cultura
  • Entrar a una librería en Buenos Aires: crónica de una ciudad que todavía lee

La ciudad donde las librerías sobreviven (y te salvan de la soledad) | Portada

A unos días de la Feria del Libro de Buenos Aires, visitamos el circuito más grande de librerías en América Latina. Algunas son enormes, otras discretas, pero todas se resisten a desaparecer.

DOMINGA.– En México, si en una conversación se nombra las librerías de Buenos Aires, es muy probable que alguien recuerde cuando –en octubre de 2019– el embajador Ricardo Valero visitó El Ateneo Grand Splendid y escondió un ejemplar de la biografía de Giacomo Casanova entre las páginas de un periódico. Al salir del negocio, la alarma comenzó a sonar: fue el principio del escándalo. Más allá de este incidente, que creció hasta que casi dos meses después el diplomático mexicano presentó su renuncia, si la charla sigue, seguramente se nombre la Feria del Libro de Buenos Aires que se inaugura el jueves que viene y surja la pregunta: si uno viaja a la ciudad, ¿qué librerías debería conocer?

Si bien están los circuitos turísticos clásicos, que indican visitar tal o cual restaurante, un determinado museo o una tienda de merchandising local, también hay otros modos de viajar. Más desorganizados, aleatorios, caseros. Con circuitos más íntimos, que se van construyendo con base en las preferencias personales. En estos últimos, el recorrido por las librerías porteñas se repite.

Según un informe del Centro de Estudios y Políticas Públicas del Libro de la Universidad Nacional de San Martín, al menos hasta enero de 2024, la capital argentina contaba con la mayor red de librerías de América Latina: 3.43 por cada 100 mil habitantes, superando la media de Brasil, Colombia, Chile y México. Si bien desde entonces muchas cerraron (los alquileres de los locales se encarecieron y las ventas bajaron), otras abrieron y el número sirve como parámetro.

A unos días de la Feria del Libro de Buenos Aires, visitamos el circuito más grande de librerías en América Latina. Algunas son enormes, otras discretas.
Visitar las librerías es una experiencia: sorprenderse con un título o una frase insospechada entre sus páginas | Milenio

Cuando alguien pregunta: “¿Qué librería debería visitar en Buenos Aires?”. La respuesta amerita una serie de preguntas. ¿Qué querrías encontrar? ¿Novedades locales? ¿Impacto visual? ¿Cantidad de títulos? ¿Joyas ocultas de la literatura rioplatense que no están en otro sitio? ¿Buen café? Porque Buenos Aires tiene esas librerías que impactan visualmente, como la mencionada El Ateneo Grand Splendid, en el barrio de Recoleta: la más grande de Sudamérica, visitada por miles de personas al mes, elegida por la revista National Geographic como “la más linda del mundo”.

Un edificio construido en 1903, con un mural del italiano Nazareno Orlandi pintado en el techo, con bar, sillones de lectura y miles de títulos: tantos que uno podría marearse. Sin embargo, también, hay otras arquitectónicamente más discretas que en sus estantes tienen títulos de editoriales independientes: libros de poesía, teatro o de autores que uno no encontraría en locales de grandes cadenas.



Eterna Cadencia
y Libros del Pasaje, ambas en Palermo separadas por siete cuadras, son librerías de enormes bibliotecas de madera, música suave y un bar, para poder leer mientras se almuerza o se toma un café. Otras, ubicadas en el centro, sobre la Avenida Corrientes: Hernández, Losada, Zivals, Cúspide, Galerna, De la Mancha. Visitadas por clientes asiduos y, también, por paseantes que llegan después de comer, luego de sacarse una foto en el Obelisco, o antes del teatro o el cine.

Los libreros saben que los viernes y los sábados, alrededor de las nueve o diez de la noche, muy probablemente quienes entran no vayan a comprar nada. Y sin embargo, se prestan a ese diálogo: preguntas y respuestas, recomendaciones y referencias; charlas que empiezan en un título y terminan en cualquier tema, porque además de vender ejemplares, a veces, la tarea del librero es acompañar la soledad.

También hay unas más pequeñas, barriales, con una cuidada selección de títulos y caracterizadas por la amabilidad de quien atiende. En espacios como Verne Libros, La Coop, Te Llamaré Viernes, Naesqui y Malatesta, el librero o la librera suele acercarse, preguntar y, con base en tus preferencias, proponerte un autor que quizás nunca habías oído hablar. Existen otras, menos concurridas y notorias, que son las de libros usados: allí la búsqueda es distinta. Se trata más de sorprenderse con un libro inesperado que de encontrar un título preciso. En locales pero, sobre todo, en las Ferias de Plaza Italia y las del Parque Centenario y Rivadavia.

A unos días de la Feria del Libro de Buenos Aires, visitamos el circuito más grande de librerías en América Latina. Algunas son enormes, otras discretas.
La ciudad puede presumir de la calidad y cantidad de sus librerías | Milenio

El gusto argentino por los libros

El escritor coruñés Javier Peña (49 años), autor del podcast Grandes infelices, considera difícil encontrar en una ciudad muchos lugares más hermosos y acogedores que una buena librería. Quizás por su fanatismo por los libros, es que apenas llegar a una ciudad las busca y las visita. “Buenos Aires es el paraíso librero por excelencia. Creo que la ciudad puede presumir de que la calidad y cantidad de sus librerías está muy por encima de la media internacional”, dice. “Los primeros días me perdía durante horas en sus mesas y estanterías. Luego me di cuenta de que –aunque distintas a las de España– las novedades aquí también se repetían”.


Dice que por cuestiones comerciales muchos de los autores más leídos en su lugar de origen no tienen circulación internacional. Por este motivo, una ventaja de visitar librerías en el extranjero es descubrir nombres y títulos de editoriales locales que, de otro modo, serían inconseguibles allá. Una de las cosas que le sorprendió al autor fue el precio de los libros porteños: “los noté extremadamente caros”.

Si bien hay gente que entra a una librería como quien entra a una tienda de electrodomésticos con un objetivo puntual: comprar un determinado objeto. Gente que se acerca al librero, le pregunta si tiene tal libro, espera la búsqueda, lo lleva a la caja, lo paga, lo mete en una bolsa y se va. Hay otras personas que deciden pasar tiempo allí, disfrutan las librerías: las caminan como paseando. Eligen un libro, lo miran, lo hojean y, luego, lo devuelven a su sitio. Hay algo del placer de ver los títulos, las tapas; leer las contratapas o encontrarse al azar con una oración que te atrapa y logra que te quedes durante diez o quince minutos ahí, aislado de todo, concentrado en esa historia o pensando en algo que la frase hizo que recordaras.

El escritor tapatío José Luis Valencia (48) dice haber quedado maravillado por el culto al libro. “Me fascinó que una de las principales avenidas de la ciudad [Corrientes] esté llena de librerías abiertas hasta las once o doce de la noche. Me impactó la importancia que los porteños le dan al libro; el amor con que lo tratan. Creo que eso explica que haya tan buenos escritores y cronistas argentinos. En broma digo que en Argentina hasta el bolero escribe y escribe mejor que muchos en México”.

A unos días de la Feria del Libro de Buenos Aires, visitamos el circuito más grande de librerías en América Latina. Algunas son enormes, otras discretas.
El Ateneo Grand Splendid, en el barrio Recoleta, es la librería más grande de Sudamérica | Milenio

La barranquillera Camila del Villar (31) es periodista y coordinadora de proyectos en la Fundación Gabo. Nunca había estado en Argentina, pero sus padres vieron una miniserie con Robert De Niro actuada en la ciudad y quedaron enamorados de Buenos Aires. Cuando antes de viajar preguntó a varios colegas periodistas qué librerías debía visitar, quedó abrumada: eran muchísimas. Eligió aquellas que se repetían entre las recomendaciones. “Vine con mis papás, mi hermano, su esposa y su hijo. E irse de librerías no es un plan que a todo el mundo le guste. Así que marqué en el mapa las que me habían sugerido y, cada vez que íbamos a un barrio, me escapaba de la familia y las visitaba”.

A unos días de la Feria del Libro de Buenos Aires, visitamos el circuito más grande de librerías en América Latina. Algunas son enormes, otras discretas.
La gran diferencia que encuentra con las librerías de otros países es lo que llama “la soberanía librera” | Milenio

Quedó impactada por la simpatía de los libreros. “En casi todas hablé con alguien que me asesoró y me dio sugerencias: algo que no es tan común”, cuenta y dice que en el viaje también se encontró con sorpresas inesperadas. “Cuando fui a visitar la Biblioteca Nacional Mariano Moreno, en el patio, me topé con una feria de libros usados. Me encantó ver cómo tantas personas de distintas edades se reunían en torno a algo común: el gusto por los libros”.

Buenos Aires, capital de las librerías

Para el dueño de Eterna Cadencia, Pablo Braun (49), lo que diferencia a las librerías argentinas de las del resto del mundo es la cantidad. Dice: hay ciertos países en los que cuesta encontrar librerías. “Caminás un montón y te topás con dos o tres. Acá, en la misma cantidad de cuadras podés contar diez”. También pondera la calidad de los libreros. “Ya sea por oficio, experiencia o tradición”.

A unos días de la Feria del Libro de Buenos Aires, visitamos el circuito más grande de librerías en América Latina. Algunas son enormes, otras discretas.
Buenos Aires tiene esas librerías que impactan visualmente | Milenio

Maximiliano Tomas (50), director del Centro Cultural Recoleta y uno de los dueños de Verne Libros, coincide. “El número es descomunal. Incluso te diría que no sabría explicar cuál es la lógica de que haya tantas, porque tiendo a pensar que los lectores de ficción o de literatura son cada vez menos”. Y precisa que la gran diferencia que encuentra con las librerías de otros países es lo que llama “la soberanía librera”.

“En otras ciudades, los escaparates están mucho más permeados por las novedades de las grandes editoriales. Mientras que en Buenos Aires, hay un afán de mostrarse auténticos, independientes . Muchas librerías de barrio, aunque reciben los títulos ‘mainstream’, no los exhiben. Los mandan directamente al depósito”.

Para Tomas, el motivo de que esto suceda es que los libreros al mismo tiempo son editores, escritores, periodistas o agentes del campo cultural que, además, tienen una librería. “Hay una fuerte intervención de los gustos y la personalidad de estas personas en la curaduría de títulos”. Cree que esto viene de los años sesenta cuando Buenos Aires era capital cultural, de la traducción y de la edición en español.


“Aunque quizás sigamos siendo la capital de las librerías, todo aquello se acabó. Sin embargo, hay un orgullo que no se quiere soltar. Por otra parte, el público lector argentino es muy duro. No soportaría entrar y tener enfrente a un librero que no sepa tanto o más que él. Acá, los libreros saben y, si no saben, hacen como si supieran (risas). Frente a una pregunta, ninguno se va a sincerar y te va a decir: no tengo idea”.

Las librerías porteñas son espacios sociales

—Hay una cosa particular en el mundo editorial porteño —dice el librero de La Coop, Marco Cingolani (42), sentado en una banqueta alta en el centro de esta pequeña librería del barrio de Almagro.

Aquí los libros están organizados por editorial: les dan la misma importancia a los títulos de Anagrama que a los de la editorial independiente Indómita Luz.

—Si bien decaen las ventas, así como desaparecen dos librerías se abren tres, aunque quizás no duren lo que habían durado esas dos anteriores porteño —dice.

Luego se detiene porque, luego de entrar, una mujer se acerca a donde estamos conversando.

—¿Qué tal? ¿Buscabas un título en especial?—le pregunta.
—No. Quería saludarlo a él —dice la mujer señalando al periodista—. Somos amigos.
A unos días de la Feria del Libro de Buenos Aires, visitamos el circuito más grande de librerías en América Latina. Algunas son enormes, otras discretas.
La capital argentina contaba con la mayor red de librerías de América Latina | Milenio

Luego del abrazo que lo excluye, Cingolani continúa:

—Esto que acaba de suceder es un ejemplo de que la librería no es un negocio más, sino un espacio social en el que hay encuentros.

El lugar social que ocupan las librerías, coinciden los entrevistados, permite que en un contexto de crisis el negocio sobreviva. Dicen: para funcionar, las de barrio deben convertirse en centros culturales: ofrecer presentaciones de libros, talleres de escritura y lectura. Formar parte del circuito cultural barrial.

Así lo imaginó Ignacio Iraola (53), que después de ser director editorial de Planeta Argentina durante 16 años, junto a otros tres socios fundó la librería Naesqui en una esquina de Villa Ortúzar, frente a una plaza. “Éste es un barrio que tiene su propia identidad: parques y casas bajas. Pero luego de que cambiara el código edilicio [permitiendo construcciones de mayor altura], se empezaron a derrumbar las propiedades viejas para convertirlas en edificios de ocho o nueve pisos. Este espacio, emblemático, nosotros lo mantuvimos por una cuestión cultural: eso los vecinos lo celebran y lo festejan”.


Paola Lucantis (54), dueña de Te Llamaré Viernes, piensa que la generación de comunidad también se hace a través de la atención personalizada.

“Cuando me llega un libro yo sé si le va a gustar a Silvia, a Graciela o a otras vecinas. Con lo que fui ofreciendo y sus comentarios voy armando un mapa de lecturas de sus gustos”. Porque quien decide acercarse a una librería en vez de pedir un libro por internet, explica Lucantis, además del ejemplar busca un diálogo y necesita a alguien capaz de responder esa demanda. “Así, a través de los libros, establecemos una conversación constante”.

Muchas veces leemos para sentirnos cerca de alguien. Con la excusa de la recomendación, charlamos con un librero o una librera. Nos sumamos a un club de lectura para compartir las sensaciones que una novela nos dejó. O antes de viajar escribimos un mensaje, preguntando el nombre de esa librería que, sí o sí, deberíamos conocer.


GSC


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Federico Bianchini
  • Federico Bianchini
  • Periodista. Trabajó como redactor en los diarios argentinos 'Clarín' y 'La Razón', y como editor en la revista 'Anfibia'. Colaborador de medios internacionales como 'Gatopardo', 'El País Semanal' y 'The New York Times', entre otros.
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