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  • Luis Esteva Maraboto: el ingeniero que revolucionó el cálculo del riesgo sísmico en México

Luis Esteva: El ingeniero que cambió el riesgo sísmico en México| Portada

Donde otros vieron ruinas, él vio patrones. Egresado de la UNAM, Luis Esteva Maraboto fue pionero en los mapas de peligro sísmico. Hoy es un faro de la ingeniería en México.

DOMINGA.– Hay vidas que no hacen ruido pero sostienen ciudades enteras. A sus 91 años, Luis Esteva Maraboto no ocupa titulares en la prensa. No levanta la voz. No busca reflectores. Sin embargo, cada edificio que no colapsa, cada estructura que resiste cuando la tierra cruje, lleva algo de él. Porque hay quienes construyen obras y hay quienes cambian la forma en que el peligro sísmico se estima. Él hizo lo segundo.

Antes la ingeniería miraba hacia arriba: columnas, vigas, concreto. Después de él, se aprendió a mirar hacia abajo. Al suelo. A la memoria. A calcular el peligro. Hoy parece obvio que no es lo mismo construir sobre roca que sobre un lago, pero hubo un tiempo en que esa diferencia no entraba en los cálculos.

Entonces apareció con una idea decisiva: la tierra también importa. Así nacieron los mapas de peligro sísmico en los años setenta. Con ellos, la intensidad con la que un sismo podría afectar una estructura dejó de ser una suposición y se convirtió en una estimación científica. Si antes se diseñaba casi a ciegas, él cambió esa lógica.

Donde otros vieron ruinas, él vio patrones. Egresado de la UNAM, Luis Esteva Maraboto fue pionero en los mapas de peligro sísmico.
Egresado de la UNAM, Luis Esteva Maraboto fue pionero en los mapas de peligro sísmico | MILENIO/Jorge Carballo

Es un día de marzo de 2026. Luis Esteva sigue yendo tres veces por semana a la UNAM pero, por primera vez, abre su vida privada a la prensa. Nos recibe en el Instituto de Ingeniería, en Ciudad Universitaria, a la sombra de la Torre 2: un símbolo de la arquitectura moderna y corazón de investigaciones clave en ingeniería estructural, sismología, hidráulica, geotecnia y medio ambiente. Ahí, donde conviven laboratorios y fórmulas, ha mantenido su rutina de enseñanza por más de seis décadas. Su oficina es pequeña. Funcional. Viva.

Hasta su cubículo llegan estudiantes de doctorado a buscar respuestas. Él revisa tesis, responde correos de manera casi instantánea, forma ingenieros desde la asesoría, incluso cuando podría optar por el retiro. Entonces lo escucho hablar:


“Lo que quisiera transmitir a las nuevas generaciones es que tengan presente que la función del ingeniero no es solamente usar la ingeniería como un medio para obtener ingresos, sino como un servicio para proteger a la sociedad”, dice. No lo menciona como consigna, sino como quien ha vivido exactamente bajo ese principio.

Hoy una silla de ruedas y un enfermero lo acompañan, también el ingeniero Óscar Osiris, quien ha sido nuestro enlace. La edad no ha sido un límite para Luis Esteva Maraboto. Su pasión permanece intacta. Su mente no cede. Sigue operando con la precisión de quien ha dedicado la vida a anticipar lo invisible: ese instante exacto en que la tierra decide moverse.


Las certezas sísmicas rotas con la caída del Ángel en Reforma

Tenía poco más de 20 años y estudiaba Ingeniería Civil en la UNAM cuando la tierra le habló por primera vez. El 28 de julio de 1957, la Ciudad de México fue sacudida por un sismo de 7.8 y el símbolo más orgulloso del país –el Ángel de la Independencia– cayó y se partió en cachitos sobre Paseo de la Reforma. Aquel terremoto dejó cerca de mil edificios con daños: bardas caídas, grietas, estructuras heridas. El sociólogo e historiador Carlos Martínez Assad lo diría después con precisión en su libro La patria en el Paseo de la Reforma (2005): la imagen del Ángel por los suelos fue más traumática que la propia destrucción.

No fue sólo el derrumbe de una estatua. Fue una certeza rota: la ingeniería de entonces no sabía en realidad cómo anticipar ni dimensionar los sismos de la Ciudad de México. Mientras otros veían desastre, Luis Esteva revivió una pregunta: ¿Cómo se construye algo que resista lo impredecible?

Donde otros vieron ruinas, él vio patrones. Egresado de la UNAM, Luis Esteva Maraboto fue pionero en los mapas de peligro sísmico.
Óscar de Buen López de Heredia fue uno de los profesores que más influyó en su trabajo | Archivo personal / Oscar de Buen

Pero esa pregunta venía de antes, de la memoria. De la infancia. De la pérdida. La fábrica familiar de puros –herencia de generaciones– se incendió hasta quedar en cenizas. Su padre tuvo que empezar de nuevo: primero vendiendo terrenos, luego construyendo casas con ayuda de un albañil en la colonia Romero Rubio, cerca de la penitenciaría. Su familia –refugiada de Cataluña, como miles de españoles que huyeron del franquismo– volvió a levantarse de cero.

Entre ruinas y reconstrucción, el ingeniero Esteva desarrolló el análisis probabilístico del peligro sísmico. Una forma de entender que los sismos no son eventos aislados, sino procesos. Que el territorio no es homogéneo, que está marcado por distintas regiones sismogenéticas –subducción, profundidad intermedia, superficiales y distancia– donde la energía se acumula y se libera bajo reglas distintas.

En 1970, esa visión se volvió método. En su proyecto Regionalización sísmica de México para fines de ingeniería propuso dividir al país en cuatro zonas sísmicas. El suelo se convertía en una variable decisiva. A partir de entonces se entendió algo esencial: construir no es sólo levantar muros. Es dialogar con la incertidumbre. Es diseñar contra la posibilidad de perderlo todo otra vez.


La escuela del cálculo exacto y la exigencia sin tregua

“Desde que era pequeño, supe que iba a darle técnica y seguridad a las construcciones de mi papá”, recuerda en entrevista con DOMINGA. Es la primera vez que habla desde su intimidad. Llega vestido con camisa blanca, una chamarra sport y pantalón gris Oxford. Es paciente. Podría hablar durante horas de lo que sabe, aunque ahora lo hace con pausas: se detiene, respira, retoma. Dio conferencias por todo el mundo, en inglés y en francés. Los idiomas nunca fueron un límite, sino un puente. Hoy, los ingenieros estructurales que han estudiado su obra lo reconocen al instante. Se acercan. Lo saludan. Como si fuera un rockstar.

El ingeniero Óscar Osiris –que ha seguido su trayectoria durante años– se inclina sobre su escritorio y le pide un autógrafo. No en cualquier hoja: es una impresión del primer mapa de peligro sísmico que diseñó Luis Esteva. Un documento técnico que se convierte en pieza de culto. Luego lo enmarca.

En 1953, Esteva ingresó a la UNAM, cuando la ingeniería aún se enseñaba en el Palacio de Minería en el Centro Histórico. Era una generación que después sería llamada “dorada” –no por nostalgia, sino por impacto–: jóvenes que terminarían por redefinir el país y empujarlo hacia la modernidad. En esas aulas coincidieron en la década de los cincuenta figuras como Carlos Slim Helú, entonces estudiante de Ingeniería Civil. Años más tarde, cuando cumplió 50 años de graduarse, Slim evocaría a uno de los profesores que marcó a esa generación: Enrique Rivero Borrell.

Donde otros vieron ruinas, él vio patrones. Egresado de la UNAM, Luis Esteva Maraboto fue pionero en los mapas de peligro sísmico.
Esteva ingresó a la UNAM, cuando la ingeniería aún se enseñaba en el Palacio de Minería | Jorge Carballo


Luis Esteva también recuerda a los suyos: Heberto Castillo. Le dio clases de Ingeniería Mecánica. Lo cuenta en voz baja, casi como si revelara un secreto: él fue su alumno. “Y sí, era muy buen maestro”, asegura. Pero Esteva no eligió el camino fácil. Eligió el rigor. Mientras la mayoría evitaba al profesor más temido –el de mayor índice de reprobación–, él se inscribió sin dudarlo y se sentó frente a Óscar de Buen López de Heredia. Estricto. Implacable. Brillante. Donde otros veían el riesgo de fracasar, él reconoció una oportunidad: encontrar a su primer mentor. No se equivocó.

Al terminar el curso, De Buen lo invitó a trabajar en su firma Colinas-De Buen, uno de los despachos más influyentes en cálculo estructural del país y que continúa vigente. Ahí aprendió el oficio en su forma más pura: sin atajos, sin concesiones, con una precisión casi obsesiva. Con el tiempo, Óscar de Buen se convertiría en una pieza clave y estructural de algunas de las obras que conforman el rostro de la capital: el Auditorio Nacional, el Museo Nacional de Antropología, el hoy Estadio Banorte, la Basílica. Y en esa escuela –la del cálculo exacto y la exigencia sin tregua–, Esteva empezó a construir algo más allá de las estructuras: una nueva forma de pensar.

Luego vendría el siguiente salto. En la embajada de Estados Unidos obtuvo una beca para estudiar la maestría en el Instituto de Tecnología de Massachusetts, una de las universidades que, una y otra vez, ha sido rankeada como la mejor del mundo. No era sólo un logro académico. Era una puerta abierta al centro mismo del conocimiento científico global. Lejos de México, Luis Esteva afinó las herramientas que más tarde cambiarían la forma en que el mundo entiende los sismos.


Al volver de Estados Unidos y apostar por un doctorado en la UNAM, sería otro nombre el que terminaría de cambiar su mirada: Emilio Rosenblueth, considerado el fundador de la ingeniería sísmica, rama de la ingeniería civil que estudia el comportamiento de estructuras (edificios, puentes, presas) ante terremotos. Su segundo y principal mentor. Con él, la ingeniería dejó de ser certeza para convertirse en pregunta.

Rosenblueth lo llevó a pensar en lo que parecía inasible: la probabilidad aplicada a los sismos. ¿Cómo diseñar frente a la incertidumbre? “Él me hizo pensar sobre el cálculo de las probabilidades sísmicas. Era un ingeniero muy riguroso, pero una persona muy agradable”, afirma. La respuesta a ese cuestionamiento fue revolucionaria.

Las estructuras con nuevos criterios resistieron mejor en 1985

Luis Esteva publicó en abril de 1970 los primeros mapas probabilísticos de peligro sísmico del mundo en un contexto sin bases de datos ni instrumentación suficiente, primero hubo que imaginar el problema… y luego inventar la manera de estimarlo. “La teoría de probabilidades nos permitió trazar lo que no se veía. Y lo hicimos posible gracias a las alianzas entre ingenieros y sismólogos”, explica.

Donde otros vieron ruinas, él vio patrones. Egresado de la UNAM, Luis Esteva Maraboto fue pionero en los mapas de peligro sísmico.
El impacto de los sismos en la capital fue uno de los principales motores de su investigación | Archivo MILENIO

Ese conocimiento no se quedó en el papel. Se volvió norma. Esteva participó en la creación de reglamentos de construcción en dos de las ciudades con mayor riesgo sísmico del país: la Ciudad de México y Acapulco. Entonces supo que el desafío nunca ha sido sólo técnico. La mayoría de las viviendas siguen siendo autoproducidas. Seis de cada diez casas se construyen sin respaldo técnico, según la Encuesta Nacional de Vivienda. El reto –entonces y ahora– es cerrar esa distancia.

Entre 1982 y 1991, como director del Instituto de Ingeniería de la UNAM, le tocó enfrentar la prueba más dura: el terremoto del 19 de septiembre de 1985.

Había visto caer el Ángel en 1957. Ahora veía colapsar la ciudad otra vez, 28 años después. Desde esa trinchera, conoció de primera mano las fallas estructurales y de mecánica de suelos que explicaban la destrucción. De ahí surgirían nuevas normas para evitar que la historia se repitiera.


“Muchos alumnos y profesores de la Facultad de Ingeniería participaron en brigadas de rescate; se integraron a un contingente de la sociedad que arriesgó su vida para salvar a otros. A nosotros nos tocó formar parte de las brigadas de inspección. Trabajamos en la colonia Roma, donde observamos una gran cantidad de daños estructurales y de mecánica de suelos”, recordaron los ingenieros civiles Agustín Deméneghi Colina y Margarita Puebla Cadena en las memorias de los 30 años del sismo de 1985 en la Revista de Geotécnia.

El conocimiento de Esteva no se quedó en México. Llegó al mundo. Presidió la Asociación Internacional de Ingeniería Sísmica, una distinción reservada a muy pocos, históricamente dominada por ingenieros estadounidenses y japoneses. Los únicos mexicanos que han ocupado ese lugar son Rosenblueth y él.

Pero su legado no se mide en cargos. Está en las aulas. En los ingenieros que sigue formando y que ya no sólo siguen estimaciones arbitrarias, sino que entienden de normas y su propósito: salvar vidas.

Donde otros vieron ruinas, él vio patrones. Egresado de la UNAM, Luis Esteva Maraboto fue pionero en los mapas de peligro sísmico.
Luis Esteva publicó en abril de 1970 los primeros mapas probabilísticos de peligro sísmico | AGN-CIG/ Fototeca

Ha recibido múltiples reconocimientos: Premio de Ciencias de la Academia de la Investigación Científica, el Premio Nacional de Protección Civil, el premio “George W. Housner” del Instituto de Investigaciones e Ingeniería Sísmica de Estados Unidos (Earthquake Engineering Research Institute), entre otros.

La ingeniería, un servicio para proteger a la sociedad

Luis Esteva tiene rutinas estables, como muchos de su generación. Ha trabajado en la UNAM por más de medio siglo. Desde de casarse, hace más de 60 años, sólo se ha mudado dos veces. Cuando habla de su familia, lo hace sin grandilocuencia, pero con un orgullo sereno. Es esposo, es padre de tres hijos. Uno de ellos siguió su camino: Jesús Esteva Medina. Pero no habla desde el poder. Habla desde la vocación.

Su hijo Jesús hoy es Secretario de Infraestructura, Comunicaciones y Transportes del gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum. Y sin embargo, la distancia que imponen el servicio público y la responsabilidad también se siente en lo cotidiano. Lo dice sin queja, casi como una constatación de lo que implica servir: a veces a su hijo lo ve más en la televisión que en persona, porque dedicarse al servicio público, también tiene un costo, asegura.

“Lo importante no es usar la ingeniería como un medio de ingreso o para volverse famoso. Se trata de dar un servicio para proteger a la sociedad”. Ahí está la síntesis de su vida. Porque Luis Esteva Maraboto no sólo revolucionó la ingeniería sísmica. Enseñó algo más profundo: que incluso frente a lo impredecible y ante el peligro, el conocimiento es el único puede sostenernos, que puede salvar vidas y puede evitar que lo perdamos todo. Y que, a veces, los verdaderos héroes no son los que aparecen en los reflectores, sino los que en silencio hacen posible que nuestras ciudades no se vengan abajo.


GSC


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Claudia Solera
  • Claudia Solera
  • Periodista de investigaciones especiales desde hace 16 años en medios nacionales e internacionales. Premio Roche 2020 de Periodismo en Salud. Periodista por la Universidad de los Andes de Colombia.
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