DOMINGA.– Abrirse paso en el Estero Santa Cruz exige aprender a caminar otra vez. El lodo altera la gravedad. Mis pasos, que se hunden hasta los tobillos, se vuelven lentos, pesados, como imagino que debe sentirse caminar en la Luna. Cada movimiento suena espeso, húmedo, es un chlop-chlop-chlop. Me concentro en no caer pero ellas, mis guías, avanzan sin titubeo. Dominan esta coreografía.
“Todas nos hemos caído alguna vez”, dice María de Jesús Martha, consolándome por anticipado, por si llego a resbalar. Es un martes de febrero y a las 10 de la mañana, en la costa de Sonora, el día es luminoso. A cien kilómetros de Hermosillo, se encuentra Bahía de Kino, un poblado de unos 7 mil habitantes que históricamente ha vivido de lo que el mar entrega. Estoy aquí porque vine a conocer a la cofradía de mujeres pescadoras que un día decidió desafiar al mar y a los prejuicios.
La almeja arrocera (Chione fluctifraga), un molusco que vive enterrado en los fondos de agua arenosos de esteros como este, es pieza clave de la economía local. Se recolecta para terminar en cocteles, ceviches y arroces. Su nombre popular proviene de su tamaño, aunque la semilla es más parecida a una lenteja.
Cuando las aguas del Mar de Cortés dejaron de devolverles el sustento de siempre, ellas se organizaron y urdieron un plan de rescate.
La especie –propia del Golfo de California– comenzó a escasear hace un par de décadas. En los años de bonanza se podía llegar a recolectar hasta 60 kilos diarios, una cantidad que se redujo a unas pocas decenas de ejemplares. La sobreexplotación, la captura sin respetar tallas, (extraer almejas demasiado pequeñas que aún no logran reproducirse) y la degradación ambiental del estero (debido a descargas de residuos y fertilizantes de las granjas camaronícolas) fueron reduciendo la presencia de la almeja hasta volverla incierta.
Los bancos naturales terminaron por agotarse. Ellas decidieron sembrar almejas.
La práctica consiste en introducir pequeñas “semillas” de almeja en el estero (obtenidas en laboratorio o un criadero) para que crezcan en su hábitat natural hasta repoblar el banco. En 2015 fundaron la Sociedad Cooperativa Mujeres del Mar de Cortés con la idea no sólo de repoblar y rescatar la especie, sino de restaurar el equilibrio del estero y asegurar un futuro para ellas y sus familias.
Desde entonces, con mucha paciencia y constancia –y con el respaldo de la organización Comunidad y Biodiversidad, que les ha brindado acompañamiento y capacitación–, este grupo hoy integrado por 10 mujeres de entre 30 y 67 años encabeza un esfuerzo colectivo que ya ha comenzado a dar resultados palpables.
“¡Mira, mira, esto no se miraba antes!”, exclama Delfina Mendoza, cofundadora de la cooperativa, mientras saca del lodo un puñado de conchas de distintos tamaños. “Aquí no se había encontrado nada de almeja, absolutamente nada”, dice refiriéndose a la orilla del estero, donde nos detenemos durante uno de los monitoreos que hacen en las siete hectáreas que la cooperativa tiene concesionadas.
La experiencia les había enseñado que las almejas se reproducen con más facilidad donde hay mayor profundidad. Pero en los últimos años han comenzado a encontrarlas por todas partes, incluso en áreas donde no han sembrado. “Cuando nos dimos cuenta que había almeja en la orilla, todas nos sentimos emocionadas”, dice Cristina Aguado, una de las integrantes más jóvenes. Eso muestra, dicen, que el estero está empezando a responderles.
Las “viejas locales” que rescataron a las almejas
En Bahía de Kino, donde la pesca ha sido históricamente territorio masculino, nombrarse pescadora todavía incomoda a algunos.
Al inicio fueron tres mujeres: Delfina Mendoza, Laura Elena Wicochea y Lucy Cota, quien murió en la pandemia. Años después se integraron más compañeras, entre ellas sus hijas. La idea era fortalecer el trabajo de la cooperativa pero, sobre todo, darle continuidad y futuro. “Decidimos que teníamos que ser más personas, incluir a jóvenes porque ya nosotras nos atoramos en el esfuerzo físico, en la tecnología, por eso integramos a nuestras hijas”, dice Laura Elena.
Pronto llegó Lizeth Acuña Wicochea, hija de Laura Elena; Vianey Trasviña Mendoza, hija de Delfina; Cristina Martínez Rivera y Cristina Aguado Martínez, que son mamá e hija; lo mismo Guadalupe Campos Montiel y Julia Campos Montiel. También está María de Jesús Martha Núñez. Entre todas suman edades, experiencia y una terquedad compartida. “Somos puras mujeres bien entronas”, dice Delfina.
Pero mientras el grupo crecía, también lo hacía la incomodidad entre los hombres pescadores de la comunidad. Cuando les pido que me cuenten las experiencias de machismo que han vivido desde que se agruparon en cooperativa, se hace el silencio y todas sonríen. Empieza Guadalupe, quien recuerda su primera reunión de cooperativas pesqueras de Bahía de Kino, espacios tradicionalmente dominados e integrados por hombres. Todas sus compañeras estaban ocupadas y ella acudió en representación. Era la única mujer en el salón.
Cuando entró, un hombre le dijo:
–¿Tú qué haces aquí? ¿Vienes por tu esposo?
–No, vengo en representación de la cooperativa de mujeres.
Durante toda la reunión –cuyo objetivo era discutir temporadas de captura, apoyos gubernamentales y reglas de manejo del recurso– se sintió observada, juzgada. “Las viejas locas, nos dicen. ‘Ahí van las viejas locas’”, recuerda. Y Laura Elena lo confirma: “Hasta la fecha no nos llaman a las reuniones, no nos toman en cuenta”.
Delfina añade otro momento: la vez que asistieron a un intercambio en La Paz, Baja California Sur, donde después de presentarse como pescadora y hablar de su trabajo en el estero, de la siembra, la cooperativa, de pronto un pescador de Puerto Libertad la interpeló con una serie de comentarios extremadamente machistas.
–Para mí las mujeres son para que agarren la escoba y el trapeador; la mujer es para cuando llegue el marido y el plato esté servido’.
La escena la sorprendió tanto que Delfina se quedó sin palabras. En otra ocasión llamó a las oficinas de la Comisión Nacional de Acuacultura y Pesca (Conapesca) para pedir información sobre un programa.
–¿A poco crees que por ser mujer te vamos a dar el apoyo?
–No por ser mujer –contestó–, sino porque soy pescadora, estamos constituidas como cooperativa y tengo el mismo derecho que cualquier otra persona.
Le colgaron. Pero a ellas las tiene sin cuidado que incomoden a los hombres con su trabajo. Siguen y seguirán sembrando almejas.
La bitácora de las guardianas del estero
El pronóstico anunciaba que este martes de febrero habría marea alta, es decir, el acceso al Estero Santa Cruz sería imposible. Pero ocurre lo contrario, el nivel del agua está bajísimo. “Antes de venir siempre checamos las mareas en un programa y hoy el pronóstico decía que estaría alta”, explica Lizeth. “Las mareas tienen que ver con la luna y son impredecibles”, secunda Vianey.
A pesar de la previsión en contra, todas las integrantes vienen preparadas para internarse en el estero. Están uniformadas con su playera oficial de color azul rey que dice “Mujeres del Mar de Cortés”; las jóvenes calzan botas o zapatos acuáticos, mientras que las veteranas se quedan en calcetines o directamente descalzas. También traen consigo una maleta con sus herramientas de trabajo.
Para el monitoreo utilizan un cuadrante –un marco de PVC que delimita el área de muestreo– y un geolocalizador. Con un rastrillo escarban la superficie para extraer el máximo de almejas posible y registrar cantidad y ubicación. De forma aleatoria seleccionan algunas muestras y con un vernier y una báscula miden el peso y la talla de cada una. Esta información también queda anotada en sus registros. Al terminar, las almejas regresan al estero, ya que el monitoreo busca evaluar la recuperación del banco y no implica –de momento– extracción para consumo o venta.
Además, realizan vigilancia de la zona de manejo. En una bitácora apuntan todo tipo de observaciones, como la presencia de personas, basura, resto de redes o hallazgos inusuales: como un pulpito de unos 10 centímetros que hoy encontraron muerto en la orilla del estero.
También anotarán que dentro de su aérea encontraron a una persona recolectando almeja. Es un poblador de Kino que conocen como El Jarro y lleva una cubeta donde va depositando el molusco que cosecha. Esto no es algo irregular –el estero sigue siendo de uso común–, pero cada encuentro es una oportunidad para recordar las reglas de manejo. Laura Elena se aleja un rato del grupo y se acerca a hablar con él. Cuando regresa nos comparte:
–Ya le eché el sermón.
–¿Qué sermón?– le pregunto curiosa.
–A las personas que vienen a sacar almeja les pedimos que cuiden y que respeten las tallas, o sea, que no se lleven la tallas que no son comerciales para que se siga repoblando el estero y sigamos teniendo más para todos.
La talla comercial es el tamaño mínimo que debe tener la almeja para poder capturarse y venderse, y en el caso de la almeja arrocera –según las reglas de Conapesca – es de 4.5 centímetros de longitud de concha.
Delfina reconoce que la vigilancia es uno de los principales retos que enfrentan como cooperativa, lograr que la gente entienda la importancia de extraer almejas cuando el tamaño es el adecuado. “Tenemos que estar ahí, constantes y sonantes, hablándoles de nuestro proyecto, diciéndoles que está bien que extraigan la almeja pero que sólo saquen la que tiene la talla correcta. Y la que no, que la regresen para que siga creciendo”, explica.
La cooperativa no puede prohibir el acceso de las personas al estero ni evitar que se beneficien de él. Saben que mucha gente de la comunidad recolecta la almeja y la vende a los restaurantes locales y con lo poco que ganan, viven. Ellas, de momento, no extraen ni comercializan las almejas, pero ya están planeando comenzar a hacerlo. “Estamos viendo si lo comenzamos a hacer este año porque hemos visto que ya se repobló, el objetivo ya está logrado”, me explica Laura.
Vianey Trasviña agrega que ya tienen un plan piloto para Semana Santa, cuando Bahía de Kino recibe a muchos visitantes: “Pensamos hacer bolsitas de almejas envasadas al vacío para distribuir en las tiendas locales; también planeamos comenzar a hacer manualidades con las conchas y poder llevarlas a los eventos a los que nos invitan”. La idea es comenzar a darle valor agregado a la almeja y generar ingresos para la cooperativa.
Hasta ahora, muchas de las actividades del grupo han salido de su propio esfuerzo y de apoyos puntuales de organizaciones aliadas. En un puerto como Bahía de Kino –donde la economía gira principalmente alrededor de la pesca, el turismo de temporada y pequeños comercios familiares– diversificar las fuentes de ingreso también es una forma de sostener el proyecto.
Mujeres del Mar de Cortés colaboran en programas públicos
El Estero Santa Cruz es para Laura Elena, de 59 años, parte de su geografía emocional. De niña venía con su mamá a sacar almejas, que después vendían en el pueblo. Era mamá soltera y con lo que sacaba la mantenía a ella y a sus dos hermanos. “En ese tiempo, era muy piernuda, grandota, y me acuerdo que cuando entraba al estero se hundía en el fango. De aquí nos sacó adelante”, recuerda. También planchó ajeno, fileteó pescado, “todo lo que se podía”, añade. Después se convirtió en la primera enfermera “empírica” de la Bahía de Kino.
La infancia de Delfina Mendoza, de 56 años, también está muy ligada a este sitio. Sus papá y su mamá fueron almejeros y ella también los acompañaba. “Nosotros en mi casa éramos 11 de familia, imagínese, cuánto nos dio el estero”, cuenta con nostalgia. Es por eso que cuando les ofrecieron conformar la cooperativa lo primero en lo que pensaron fue en la almeja. “Era la oportunidad de regresarle [al estero] un poco de lo mucho que nos ha dado”, dice.
Si para unas el Estero Santa Cruz es recuerdo y nostalgia infantil, para otras como María de Jesús Martha, de 67 años, a quien todas llaman Mary, este lugar es terapéutico. Al poco tiempo de unirse a la cooperativa cayó en una fuerte depresión. Su esposo, que era pescador, había fallecido hacía tiempo y ella se sentía perdida y sin motivaciones. En sus compañeras encontró el apoyo necesario para salir adelante. “Venir aquí y hacer esto es mi terapia, me relajo mucho”, confiesa.
Esa misma sensación de tranquilidad es compartida por el resto de integrantes. Ven este trabajo como una distracción y una pausa en sus extenuantes rutinas, además de que se sienten acompañadas y validadas. “Entre todas nos echamos porras, tanto las jóvenes como las más maduras”, expresa Delfina. Todas, sin excepción, comparten sus labores dentro de la cooperativa con otras actividades, sumado al trabajo dentro de casa y el cuidado de maridos, hijas e hijos y otros familiares.
Varias de ellas también forman parte de los Ecoeducadores de la Bahía, un programa de Prescott College que busca sembrar conciencia ambiental en las infancias; así como Promotores ambientales, impulsado por la Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas, dedicado a la conservación, vigilancia y manejo sostenible de los recursos naturales de su comunidad. En el primero imparten charlas al alumnado de primaria, y en el segundo realizan jornadas de limpieza y labores de protección, vigilancia y cuidado del ecosistema.
Y por si eso no fuera poco, cada una tiene su propio empleo. Delfina es pescadora junto con su marido y vende mariscos desde su casa; al igual que Guadalupe que, además de ayudarle a su hija en la comercialización de moluscos, vende jaiba; las dos Cristinas, mamá e hija, se dedican a la limpieza de casas, así como Laura que además de ser trabajadora doméstica también apoya a su hija Lizeth en su negocio de antojitos mexicanos.
Todas reconocen que no es fácil, que quizá el trabajo más pesado es el de su propio hogar, el más invisible. “Pero por más obligaciones que tengamos fuera y dentro de nuestras casas, todas hemos logrado organizar nuestros tiempos para poder hacerlo”, expresa Laura Elena.
El cuidado del estero pasará de generación en generación
Me aparto del grupo para tomar unas fotografías. De lejos, veo como todas juntas, con rastrillo en mano, se encorvan y rascan la arena para encontrar el molusco. Pienso que así, medio agachadas, parecen ramas de árbol dobladas por el viento. Inclinadas y sincronizadas, repiten un movimiento aprendido por generaciones y que ahora ellas transmiten. Las veteranas han enseñado a las más jóvenes a sembrar el mar. Y ellas, a su vez, harán lo mismo con las que sigan.
Julia, de 30 años, llegó a la cooperativa gracias a que Guadalupe, su mamá, la fue “enamorando del proyecto”. Ahora ella también trae a su hijo al estero: “Le encanta mojarse y sacar las almejitas. Me gusta verlo cómo se emociona”.
También Cristina Aguado, hija de Cristina Martínez, de 30 y 47 años, lleva siempre a sus tres hijos “para enseñarles desde pequeños lo que deben de cuidar”.
Lo que inició como un esfuerzo por recuperar una especie se ha convertido en algo más profundo: una forma de transmitir el amor por su territorio. Ellas saben que sólo así podrán darle continuidad a todo el trabajo logrado en el Estero Santa Cruz.
“Llegará el momento en el que yo diga ‘hasta aquí’, síganle ustedes”, dice Delfina sin dramatismo. “No siempre tendremos el mismo vigor”. Tiene 56 años y padece de ciática. Y aún así, entra al estero. “Mi esposo me dice: ya déjate de eso. No, no, no –le respondo–, no me quites lo que me gusta, lo que me tiene bien”.
Quizá esta imagen, la de Delfina sembrando almejas a pesar de sus males de salud, sea la mejor prueba de que la recuperación del Estero San Cruz es, sobre todo, una historia de mujeres valientes que resisten, cuidan y se niegan a rendirse.
GSC