DOMINGA.– Esta historia es de casi todos conocida: el 3 de diciembre de 2011, Enrique Peña Nieto acudió a la Feria Internacional del Libro de Guadalajara a presentar México, la gran esperanza, un libro político que seguramente él no escribió pero sí firmó y que había publicado el sello Grijalbo. Era precandidato del PRI a la presidencia y encabezaba las encuestas. En la conferencia de prensa un periodista le preguntó cuáles eran los tres libros que habían marcado su vida.
Parecía una pregunta de cortesía. La respuesta se convirtió en un episodio que reveló la oquedad del personaje que estaba por gobernar el país. El candidato mencionó la Biblia, aunque aclaró que sólo había leído algunos pasajes; después atribuyó La silla del águila, de Carlos Fuentes, a Enrique Krauze. Intentó recordar otro título, habló de caudillos, buscó ayuda entre sus colaboradores y se enredó todavía más. Pronto, su intervención se convirtió en un meme.
Quizá menos recordado es quién hizo aquella pregunta. Fue un periodista español, Jacobo García, entonces corresponsal de El Mundo y ahora autor de una colección de crónicas, Años luz (Anagrama, 2026), que ganó el Premio Anagrama de Crónica/Fundación Giangiacomo Feltrinelli. Echando mano de su característico humor autocrítico, García reconoce que en ese momento no fue muy consciente de lo sucedido. Mientras iba al stand de Almadía a tomar unos mezcales, la nota de la ineptitud cultural de Peña Nieto comenzó a dar la vuelta al mundo.
García bebía y miraba entretenido los memes. Entonces le llamaron de Madrid para pedirle un texto sobre lo que acababa de pasar. “Cuando el jefe se enteró de los detalles y de que había sido yo quien había provocado la noticia sobre la que me estaba pidiendo que escribiera, oí tantos gritos que el teléfono se convirtió en un aparato prescindible”, escribió Jacobo García.
Junto con este rincón periodístico algo absurdo, Años luz es una colección de textos sobre América Latina desde la perspectiva de un corresponsal que pasó más de dos décadas recorriendo la región, pero también es una reflexión sobre el oficio y un ensayo personal sobre la experiencia. Me detengo en esto último: el corresponsal ahora ha vuelto a su tierra, España, y desde allí ha tomado la pluma para recapitular lo que pasó. El resultado es un relato que retrata la región en conflicto y también actualiza una figura venerada en el periodismo: el corresponsal extranjero.
“A kilómetros de distancia una bala es igual a otra bala”
Hay referentes de esta tradición, como el polaco Ryszard Kapuściński, la italiana Oriana Fallaci o el estadounidense Jon Lee Anderson y, últimamente, el salvadoreño Óscar Martínez: periodistas que hicieron de sus viajes y reporteo en situaciones extraordinarias una forma de conocimiento. Pero en Años luz esa figura, la del corresponsal, aparece atravesada por las incertidumbres del oficio: la precariedad, el desgaste y la autoironía.
El material está reunido bajo cinco ejes: la violencia asociada al narcotráfico, el autoritarismo de los líderes carismáticos –de Hugo Chávez a Nayib Bukele–, los desastres naturales y el cambio climático, el feminismo y las mujeres en el cambio político, y el papel de la cultura como una práctica que redime frente a la barbarie.
Jacobo García (Monforte de Lemos, Lugo, 1976) que durante más de dos décadas cubrió México, Centroamérica y Caribe para El Mundo, Associated Press y El País –y que pasó unos meses reporteando desde Ucrania sobre una guerra cruel que tiene a una población asediada por la promesa de que el siguiente misil, ahora sí, va a caer sobre ella– comienza su libro con una reflexión impactante.
El corresponsal vive también atormentado por mil preocupaciones: si habrá electricidad para mantener cargados la computadora y el teléfono; si podrá conseguir comida; si podrá obtener el efectivo suficiente para pagar la renta; si obtendrá material para la próxima historia, o si un día le dará un ataque de ansiedad, como a la colega que no puede parar de llorar en medio de una conversación. Pero puede dormir en la noche sin temor a que alguien entre a su cuarto para acribillarlo: a pesar de que Ucrania está en guerra, dice, la violencia no es aleatoria y a veces sin contexto, como en México.
“A 11 mil 045 kilómetros de distancia –los que separan a Ucrania de México–, una bala es igual a otra bala”, escribe García, “pero durante los dos meses que pasé en Ucrania cubriendo la guerra, nunca oí a nadie contar que le habían robado al tomar un taxi, a ninguna compañera decir que un jefe de la policía había intentado tocarle las tetas o que un alcalde la había amenazado con enterrarla viva por meter las narices donde no debía […]. En México […] el enemigo y las líneas del frente son difusos. ¿Es posible llegar al pueblo donde sucedió la masacre?, ¿esa carretera es segura?, ¿esta fuente me traicionará?, ¿el alcalde trabaja para Sinaloa y los Ardillos?”.
Esta es la puerta de entrada para un recorrido que pasa por las cárceles de Ciudad Juárez, los campos de aguacate de las autodefensas en Michoacán y los cerros y vertederos de Guerrero, en busca de los restos de los estudiantes de Ayotzinapa. También el reportero camina por los territorios de Venezuela, Colombia, Honduras y El Salvador para encontrarse con líderes autoritarios; va por Haití al día siguiente de un temblor y regresa a México para acompañar a los grupos de mujeres que ayudan a los migrantes en su paso por Veracruz y a las madres de Nuevo Laredo que buscan a sus hijos desaparecidos.
En su camino, Jacobo García recuerda a los periodistas que han perdido la vida en México, pero también a quienes no han dejado de hacer su trabajo, como las periodistas de El Diario de Juárez, Sandra Rodríguez Nieto, Luz del Carmen Sosa o Rocío Gallegos, que hicieron un gran periodismo en las peores circunstancias y que no abandonaron su puesto en memoria de los otros periodistas que el poder político o criminal –o una combinación de ambos– abatió.
El reportero que vive el oficio como vocación y destino
Años luz es un retrato ambicioso de México, Centroamérica, Haití, Venezuela y Colombia, hecho por un periodista que llegó a sus veintitantos años a México por cuenta propia y terminó como corresponsal del periódico El País, donde recibió, a sus 38 años, por primera vez un sueldo y unas vacaciones pagadas. Más tarde, en 2021, se hizo merecedor de un premio de la Fundación Gabo por sus coberturas.
El libro retrata a un gran reportero que vive el oficio como una vocación y un destino. Por eso, al terminarlo, pensé que sería el tomo ideal para alguien que estuviera por emprender el mismo camino.
Sin embargo, una de las historias que más me gustan no tiene la adrenalina de las otras coberturas. En este relato, el periodista abandona por un momento el papel de corresponsal para convertirse en observador de la vida cotidiana de la ciudad donde vivió: es la historia del Pajarito, el pobre de la cuadra, que vivía gracias a la solidaridad del barrio y apareció un día muerto. El de los jugos, la señora que reparte los lugares de los coches en la calle, el de los tacos de la esquina, el ferretero y el zapatero compraron un ataúd para el Pajarito, organizaron una misa y lo enterraron con dignidad. Si no fuera también por este tipo de momentos, no se acabaría de entender la fascinación de Jacobo García por esta parte del mundo.
GSC