DOMINGA.– Alex se despertaba al mediodía cuando la casa ya llevaba horas despierta. Encendía de inmediato la computadora. Pasaba de un videojuego a otro –Overwatch, Minecraft, Terraria– sin detenerse demasiado. Si tenía hambre, bajaba por lo primero que hubiera en la cocina. Comer era secundario. Siempre había algo que mejorar, algo que completar. Lo importante era seguir jugando.
Los videojuegos no eran nuevos: lo acompañaban desde la primaria. Pero durante la pandemia se volvieron su vida. Eran una forma de sentirse acompañado, de concentrarse y tener algo que le diera gusto. La escuela dejó de ser un espacio cotidiano, los amigos se desdibujaron, las rutinas se rompieron.
“No tenía red de apoyo, no tenía amigos, no tenía nada”, dice. Encerrado sin clases presenciales ni contacto diario durante el confinamiento, los videojuegos empezaron a ocupar casi todo el espacio disponible. En su casa, las peleas con su mamá eran constantes, casi siempre para que dejara de jugar.
“[Ella] me preguntaba: ¿Qué es lo único que me provoca felicidad en estos momentos? La respuesta era: los videojuegos”. Pero con el tiempo dejó de ser tan divertido: era un recurso para no sentirse peor. “Si no jugaba, me sentía horrible”.
Cuando no estaba frente a la pantalla, aparecían ideas de hacerse daño, de tirarse al vacío. Y el encierro se combinó con aislamiento. Dormía mal, comía poco, dejó de tomar clases. Pasaba horas enteras frente a los videojuegos. Alex empezó a notar que algo no estaba bien porque no podía detenerse. Cada vez que jugaba, se le iban las horas ahí. A sus diecinueve años dejó de tener motivación y llegó a tener ideas suicidas. “Ya tenía todo planeado, sólo me faltaba animarme”.
Su madre no sabía qué hacer. Hasta que en 2021 dieron con una clínica que atiende todo tipo de adicciones, Clínica Ser, donde le diagnosticaron una depresión severa, pero también una adicción a los videojuegos.
Ahí supieron que lo que le ocurría a Alex no era un caso aislado, que hay otros niños, niñas y adolescentes pasando por lo mismo en este país: enganchados con ganar en el videojuego, con tener más likes en redes sociales, con subir un nuevo video a TikTok, a la espera de recibir el próximo mensaje por WhatsApp.
Nueve de cada 10 maestros aseguran que sus alumnos ya no ponen atención en clase. Un estudio reciente de Hediec Digital revela que 93% de los docentes ha notado esta caída y, en muchos casos, la distracción ocurre antes de los primeros diez minutos.
Ante este escenario, clínicas comienzan a recibir pacientes que no ingieren una sustancia: son adictos a una conducta mediada por pantallas. Es un fenómeno todavía en debate, pero cada vez más presente en consultorios, escuelas y hogares.
Pasar la mitad de un día conectado a una pantalla ya no es excepcional. Entre los 18 y 24 años, el promedio en México oscila entre seis y ocho horas diarias en internet. Investigaciones académicas muestran que niños de uno a tres años ya pasan hasta cuatro horas al día frente a una pantalla.
Una adicción sin sustancia
La palabra “adicción” suele asociarse con alcohol, drogas o apuestas, no con un adolescente encerrado en su cuarto frente a la consola.
En los manuales clínicos estos casos entran en adicciones comportamentales. No dependen de una sustancia que se inhala o se inyecta, sino de una conducta. El Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales, el DSM-5, es la guía más utilizada y reconoce el trastorno por videojuegos. Pero no incluye redes sociales, ni celular o pantallas en general. “No están tipificadas como tal”, aclara Mercedes Llamas, criminóloga y directora de Centro Restart, especializado en la dependencia a las pantallas en la Ciudad de México.
En Restart distinguen al menos cinco grandes formas de enganche: los videojuegos, las redes sociales, el consumo compulsivo de series, la pornografía y las apuestas en línea. En la infancia, notan sus especialistas, la pantalla calma, distrae, acompaña. Restart surgió cuando sus fundadoras, Mercedes y Maite Llamas, vieron que las pantallas son una puerta de entrada a la violencia, la pornografía, además de la desregulación emocional. Al no encontrar en México un modelo especializado para tratar la dependencia digital, decidieron desarrollarlo ellas mismas.
Alrededor del 40% de sus pacientes, 60 activos al cierre de este reportaje, son menores de edad. Algunos tienen seis años. No llegan diciendo que son adictos, sino que traen síntomas más conocidos: ansiedad, problemas de conducta, retraimiento, bajo rendimiento escolar. Como el caso de Gaby.
Durante meses, los padres de Gaby, una niña de cuatro años, estuvieron convencidos de que tenía autismo. Apenas hablaba, evitaba el contacto visual, no parecía interesarse por otros niños. Su mundo era la pantalla. La cuidaba su abuela y, para mantenerla tranquila, le daba el teléfono con videos animados en YouTube que podían distraerla por horas. Todos los días.
Tras una evaluación clínica, las especialistas descartaron el trastorno del espectro autista. Lo que encontraron fue un consumo excesivo y desregulado de pantallas que había desplazado experiencias básicas de interacción. “[Gaby] se pasaba el día frente al dispositivo, no tenía vínculo con nadie”, recuerda Maite Llamas, psicoterapeuta cognitivo conductual especializada en adicciones.
Poco a poco le retiraron los dispositivos. Con el tiempo, Gaby empezó a hablar más, a jugar, a buscar contacto.
Lo que los especialistas están viendo no es una moda pasajera ni una alarma moral. Es un patrón que comparte características con otras adicciones: búsqueda de recompensa, repetición compulsiva, dificultad para detenerse incluso cuando ya hay consecuencias visibles. La adicción es a la dopamina. Cada estímulo libera ese neurotransmisor asociado al placer y la anticipación.
El cerebro aprende rápido y quiere repetir la acción, quiere ganar en el videojuego, tener más ‘likes’ en redes sociales. “Una vez que se desarrolla la adicción, se pierde la capacidad de juicio”, dice Guillermo Rojas, director clínico de Clínica Ser. “No importa que sean inteligentes o tengan buen desempeño académico. El cerebro prioriza la recompensa”.
La pérdida de control lleva a extremos
Tenía dieciséis años cuando a Diego le retiraron el celular. Fue una decisión desesperada de sus padres. En las primeras horas, la ansiedad empezó a subir. Después vinieron alteraciones: sentía que todo era demasiado grande, que los objetos se le venían encima. “Era muy parecido a un ‘delirium tremens’”, dice la especialista Maite Llamas, en referencia al cuadro que suele asociarse con una persona que deja el alcohol de manera abrupta. Pero en este caso no había alcohol, había un teléfono.
“Es síndrome de abstinencia”, explica. Cuando el cerebro se ha habituado a estímulos constantes de recompensa, retirarlos de golpe puede provocar irritabilidad intensa, ansiedad, sensación de vacío e incluso pensamientos autolesivos. Pero esta abstinencia es sólo una parte del cuadro. La dependencia digital no se define por el número de horas frente a la pantalla, sino por la pérdida de control: intentos fallidos por detener el uso, necesidad de conexión para sentir satisfacción y un deterioro visible en la vida académica, social o familiar.
La pérdida de control lleva a extremos. Alex recuerda una pelea con su madre cuando intentó quitarle el videojuego. Llevaba horas jugando –“fácil, ocho”– y estaba perdiendo. Entre sus insistencias, Alex explotó. “Llegué a empujarla y se cayó”, dice. Le asustó su reacción, pero más, darse cuenta de que no pudo detenerse. Cuando ya no le permitieron jugar en casa, buscó un local de maquinitas donde pasaba hasta seis horas seguidas. Gastaba dinero todos los días y, si no lo tenía, lo robaba de la bolsa de su mamá. “Tal como un adicto”, recuerda Alex con vergüenza.
En la infancia el impacto es mayor porque el cerebro aún está en construcción. Las áreas que regulan los impulsos y la tolerancia a la frustración maduran más tarde que los circuitos de recompensa, mucho más sensibles a estímulos intensos y cambiantes. La pantalla reúne todos: luz, movimiento, sonido, validación inmediata.
En consulta lo han visto con claridad. “Tenemos el caso de un niño que cada vez que siente una emoción incómoda se bloquea y se desmaya”, cuenta Maite. Desde pequeño, cada llanto fue distraído con una pantalla. Nunca aprendió a atravesar la incomodidad. Cuando el malestar se evita de forma sistemática, la autorregulación se debilita. El aburrimiento, la espera y la frustración se vuelven insostenibles.
La pantalla ofrece recompensa inmediata: entretenimiento, validación, información. El cerebro se habitúa a esa velocidad. Cuando la vida real exige procesos largos, una relación, una carrera, un proyecto, la espera deja de ser un trámite y se convierte en obstáculo. Desde las infancias y adolescencias, “estamos entrenando cerebros para la recompensa inmediata”, advierte Guillermo Rojas Ayón, de Clínica Ser.
“Si algo no me gusta, lo cambio. Si un video no me engancha en tres segundos, lo deslizo. El cerebro aprende que todo debe responder así. Y la vida real no funciona así”.
Padres en alerta permanente
Cinco niños de una misma primaria llegaron a Restart casi al mismo tiempo. Tenían entre ocho y nueve años. Habían visto pornografía juntos mientras esperaban a sus padres a la salida del colegio. En los días siguientes comenzaron a reproducir lo que habían visto: juegos con conductas hipersexualizadas, irritabilidad constante y dificultad para regular emociones. Entonces los padres tomaron medidas.
Lo que para un adulto puede parecer una imagen más en una pantalla, en un cerebro infantil se registra distinto. El sistema nervioso se activa como si hubiera una amenaza real. Está diseñado para responder ante peligro, no ante una secuencia constante de estímulos intensos. Cuando esa activación se repite, no se apaga del todo. “El cerebro infantil no distingue con claridad entre lo virtual y lo real”, explica Mercedes. En consulta han visto síntomas similares a los de estrés postraumático sin que haya existido una agresión física directa.
Padres presentes pero no disponibles: están en el celular
No solo niños y adolescentes están pegados a sus dispositivos, los adultos también. “Está confirmado científicamente que el número de interacciones sociales que tiene hoy un niño de 10 años con adultos es abismalmente menor que el de hace 20 años”, explica Maite. Los adultos no están logrando soltar el teléfono.
Duermen con el celular al lado de la cama, lo revisan como primer y último acto del día y sienten vibraciones fantasma cuando suponen recibir una notificación.
En Restart hablan de “huérfanos digitales”: niños con padres presentes físicamente pero no disponibles emocionalmente porque están también detrás de una pantalla. “Cuando un adulto tiene el celular en la mano, aunque no lo esté usando, el niño puede experimentar sentimientos de abandono”, dice Mercedes.
El efecto es menos contacto visual, menos conversaciones sostenidas, menos regulación emocional en tiempo real. La empatía, que no es innata sino aprendida, se construye en esos intercambios cotidianos: un padre que modela cómo manejar el enojo, una madre que sostiene la mirada cuando su hijo habla. Si ese ejercicio no ocurre lo suficiente, la habilidad no termina de consolidarse.
La afectación es silenciosa, el foco atencional se reduce. Los expertos estiman que un adulto puede sostener atención plena entre seis y ocho segundos antes de distraerse. Lo suficiente para cambiar de aplicación, no para sostener una conversación real. En consulta se observa esto en la relación de pareja: uno habla, el otro desliza el dedo. No es infidelidad pero se percibe como ausencia.
A Restart llegan adultos mayores que pasan horas en YouTube y han dejado de dormir bien; hombres con consumo compulsivo de pornografía; mujeres adolescentes y adultas con dependencia a redes sociales. En conferencias, las expertas de Restart suelen hacer cinco preguntas simples: si el teléfono es lo primero y lo último que se revisa en el día; si duerme junto a la cama; si se camina con él en la mano; si se lleva al baño. La mayoría levantan la mano en todas las situaciones.
Guillermo Rojas Ayón advierte que el problema es difícil de reconocer porque está normalizado y no se trata de satanizar la tecnología, sino de reconocer que la exposición constante tiene efectos en las personas. “El uso está socialmente aceptado. Todo el mundo lo hace. Entonces no lo vemos como adicción”, explica. A diferencia del alcohol o las drogas, el dispositivo es necesario para trabajar, comunicarse, pagar cuentas. Esa ambigüedad diluye las alarmas. La línea entre uso funcional y dependencia se vuelve difusa.
Vivir sin la pantalla
El tratamiento de Alex en Clínica Ser comenzó por lo más básico: abstinencia. Un mes sin consola ni teléfono. “En la clínica no me permitían tener nada”, cuenta. Compartía espacio con personas con alcoholismo y drogadicción. Aunque su adicción no implicaba una sustancia, tienen el mismo patrón: la fuga. “Me entendía bien con ellos”, dice.
Las mañanas se dedicaban a leer los doce pasos. “Me explicaron cómo funcionaba el cerebro para saber por qué hago lo que hago”. Ahí empezó a aceptar que lo suyo también era una adicción y que cuando aparece el impulso de jugar, no debe enfrentarlo solo. Debe hablar, pedir ayuda, salir del aislamiento.
Hoy lo dice sin dramatismo: “Si me pongo a jugar, pierdo todo el día”. Sabe que no es cuestión de fuerza de voluntad. La diferencia es que ahora reconoce el impulso y tiene herramientas para responder distinto. Para Guillermo Rojas Ayón, de Clínica Ser, ahí está el punto medular. “La dopamina da placer, no felicidad”, explica. El problema es haberlas confundido.
En Restart, como centro especializado en dependencias digitales, el abordaje es más amplio. No tratan únicamente al paciente, involucran al sistema completo. No basta con intervenir al niño si va a regresar a una casa donde todos comen con el celular en la mano. Cuando se trata de niños y adolescentes, el tratamiento comienza con los padres. Evaluación primero, después sesiones alternadas con el menor y con la familia. “Necesitamos cambiar los hábitos digitales familiares”, dice Maite.
La metodología combina terapia cognitivo-conductual para reducir síntomas inmediatos, trabajo sistémico familiar para intervenir dinámicas relacionales, abordaje desde el apego, porque en muchos casos el vínculo se desplazó hacia la pantalla, y herramientas de psicotrauma. En lugar de retirar el dispositivo de golpe, que puede detonar reactividad intensa, trabajan con intervalos de tiempo frente a la pantalla que se reducen gradualmente para que el cerebro vuelva a regularse a través del movimiento, la conversación y actividades compartidas.
La neuroplasticidad juega a favor, especialmente en los más pequeños. Entre los cero y seis años, el cerebro puede reorganizarse con rapidez si el entorno cambia. En adolescentes y adultos el proceso es más lento pero posible.
En ese proceso, la pantalla deja de ser el único regulador emocional. El trabajo no ocurre sólo en el consultorio, también en la mesa, en la rutina, en la forma en que una familia vuelve a mirarse e interactuar.
Alex aprendió a pedir ayuda y sustituir el aislamiento por comunidad y relaciones con los demás. Descubrió su vocación por el servicio e inició la carrera de Psicología que está por terminar. “El estar con otras personas y ayudándoles siento que la dopamina ya no me está controlando, me siento feliz de otra manera”.
GSC/ASG