Comunidad
  • La otra cara del alcoholismo: la carga del cuidado que siempre recae en las mujeres

  • “Ya me la sé, hay que darle de comer”. Madres, hermanas y parejas de personas con alcoholismo han asumido solas su proceso de recuperación, asumiendo el costo emocional y económico.
Cuidar, anexar, pagar: la carga invisible de las mujeres ante el alcoholismo | Especial

DOMINGA.– Isabel Aparicio asumió el cuidado de su hermano mayor, Candelario, que enfrenta desde hace cuarenta años una adicción al alcohol. A lo largo de más de dos décadas lo acompañó a los grupos de Alcohólicos Anónimos (AA) a los que asistió, pagó su ingreso, cubrió los costos del tratamiento y se mantuvo atenta a cualquier urgencia médica o necesidad que él tuviera.

Pero ella no sólo tuvo que sobrellevar su alcoholismo. La mujer recepcionista en una escuela de educación especial para infancias con discapacidad, durante trece años también se hizo cargo por completo de sus dos sobrinas. En ese tiempo reorganizó su vida y modificó dinámicas familiares para recibirlas en su hogar, garantizarles un techo, alimentación, educación y contención emocional.

Todo lo hizo mientras criaba a sus propios hijos, que son tres, y lidiaba con la ausencia económica y paternal de su hermano. “En alguna ocasión sí le dije que se llevara a sus hijas para que él se diera cuenta realmente de la responsabilidad que tenía y que no estaba cubriendo. Pero después yo me arrepentía porque la verdad es que él no cumplía [..]; al contrario, las ponía en riesgo”, dice Isabel, de 58 años.

“Ya me la sé, hay que darle de comer”. Madres, hermanas y parejas de personas con alcoholismo han asumido solas su proceso de recuperación, asumiendo el costo.
Logotipo de la organización Alcohólicos Anónimos en un edificio de la calle 20 de Noviembre de la Ciudad de México| Octavio Hoyos

El alcoholismo de Candelario no sólo repercutió en Isabel, también marcó profundamente la vida de su madre: “Mi mamá fue la que siempre estuvo sufriendo esta enfermedad junto con él, por los daños que él tenía, por toda la vida que él llevaba [...] siempre estuvo preocupada hasta el último día de su vida”. Durante el tiempo en que estuvo a cargo de su hermano, experimentó enojo y frustración, ya que la enfermedad parecía imponerse incluso sobre los lazos familiares. “Es más fuerte la enfermedad [...] que a veces el cariño hacia la familia”.

Isabel no es la única mujer atravesada por el alcoholismo de un familiar. Como ella, muchas acompañan el proceso de un ser querido que vive con una adicción. Además de sostener la recuperación y cubrir todo lo que eso implica, cargan con otras responsabilidades: mantener una jornada laboral, encargarse de la casa y atender a otros integrantes de la familia.

En México, las tareas de cuidados recaen sobre todo en las mujeres. De acuerdo con la Encuesta Nacional para el Sistema de Cuidados (ENASIC) 2022, en el país hay 31.7 millones de personas dedicadas a estas labores, y tres de cada cuatro son mujeres. Esta tarea –que alcanza casi 38 horas semanales en promedio– se traduce en agotamiento, menor tiempo de sueño, reducción del tiempo libre y obstáculos para el desarrollo académico y profesional.


Las cifras de la ENASIC no especifican cuántas de estas mujeres cuidan a familiares con adicciones. Pero, luego de las entrevistas realizadas a Esperanza y Miguel –miembros de la administración de grupos de AA–, ambos coinciden en que la mayoría de los usuarios de estos centros llega acompañado por mujeres.

Miguel Palma, tesorero de un grupo de AA en la alcaldía Xochimilco, calcula que alrededor del 80% de las personas que fungen como apoderadas –quienes asumen legalmente el peso de la recuperación– son mujeres: esposas, madres y hermanas que enfrentan una carga desprovista de reconocimiento.

Esperanza, secretaria de otra agrupación de la misma alcaldía, coincide en que la mayoría de los hombres que llegan a estos espacios son ingresados por mujeres. “Casi siempre la mujer va a anexar a la persona, a su enfermo […]. Es muy poco que vayan los hijos o un hombre; van más las mujeres”. Y al preguntarle si sobre ellas también recae la carga económica del hogar, confirmó: “Sí, la mayoría sí, porque [quien] lleva a anexar a alguna persona es porque se hará responsable al 100 %, tanto económica como moralmente”.

En México, 1.6 millones de personas padecen dependencia al alcohol, de acuerdo con la Encuesta Nacional de Consumo de Drogas, Alcohol y Tabaco 2025. Por cierto, más del 80% son hombres.

“Ya me la sé, hay que darle de comer”. Madres, hermanas y parejas de personas con alcoholismo han asumido solas su proceso de recuperación, asumiendo el costo.
Madres, hermanas y parejas de personas con alcoholismo han asumido solas su proceso de recuperación | Javier Ríos

El cuidado que no aparece en las políticas públicas

En el país no existen políticas públicas enfocadas en el acompañamiento de familiares de personas con adicciones. Una revisión del Sistema Nacional y Progresivo de Cuidados muestra que los apoyos se dirigen a las personas según el grupo poblacional al que brindan atención: niñas, niños y adolescentes; personas mayores con dependencia; o personas con discapacidad. Estos sectores concentran alrededor del 45% de los 128.9 millones de habitantes del país.

Si bien el Sistema busca promover la corresponsabilidad entre mujeres, hombres, comunidad y Estado para reducir la carga que históricamente ha recaído en las mujeres, los programas públicos existentes –como Pensión Mujeres Bienestar, Salud Casa por Casa o las dedicadas a adultos mayores y personas con discapacidad– están diseñados en función de la edad o la condición física, y no en situaciones derivadas del consumo problemático de alcohol u otras sustancias.


También existen centros de cuidado preventivo, servicios diurnos, residencias o albergues, comedores comunitarios y espacios de capacitación y rehabilitación para el trabajo. Sin embargo, ninguno ofrece atención especializada para aquellos familiares que sostienen la recuperación de una persona con dependencia al alcohol.

Este vacío deja a las familias sin apoyo emocional o respaldo económico, obligándolas a enfrentarlo en soledad, como le ocurrió a Isabel.

El padecimiento de Candelario comenzó cuando él tenía 16 años; en al menos tres ocasiones, ella asumió el rol de apoderada, a pesar de que esto le generó conflictos con su exesposo y otros familiares que le cuestionaban el “dedicarle tiempo a una persona que no entiende”. Isabel cuenta que “no quería caer en esta situación de decir: juzgo, critico, pero no resuelvo”, para ella la mejor idea fue “hacerme cargo de las niñas que tanta falta les hacía la atención”. Así Isabel se convirtió en tutora de dos pequeñas que llegaron a la edad de cuatro y cinco años.

Durante ese periodo fue tutora y ama de casa de tiempo completo, con algunos periodos ocasionales en los que tomaba empleos, como el de secretaria de medio turno. Su rutina incluía preparar alimentos para ocho personas, recoger a las niñas de la escuela, limpiar y sostener el funcionamiento cotidiano del hogar. Estas labores obstaculizaron su desarrollo profesional.

“Ya me la sé, hay que darle de comer”. Madres, hermanas y parejas de personas con alcoholismo han asumido solas su proceso de recuperación, asumiendo el costo.
A la cargado de trabajo cotidiana se suma la labor de contención que brindan a las personas que enfrentan su adicción  | Javier Ríos

Isabel siempre quiso estudiar una carrera universitaria. Sin embargo, a los 15 años dejó la secundaria para aportar económicamente en su hogar. En una familia de ocho hermanos –donde tres enfrentaban alguna adicción y el padre no estaba presente– se vio forzada a dejar su proyecto para aligerar la carga de trabajo de su madre. No fue hasta los 50 años que pudo concluir su educación básica.

A sus 56, ha dejado de lidiar con la adicción de Candelario y esta tarea pasó a manos de sus sobrinas. Ellas, al cumplir la mayoría de edad, comenzaron a trabajar y se independizaron, asumiendo la responsabilidad de atender a su padre. Por primera vez, Isabel ya no tenía a otro miembro de su familia bajo su tutela directa. Con ese tiempo recuperado, acreditó la preparatoria e inició la compra de un terreno para gestionar la construcción de su propia casa.


A partir de entonces, empezó a participar en proyectos comunitarios, como entregas de juguetes en Día de Reyes y festivales para celebrar el Día de las Madres. Así, este 2026 inició la carrera de Derecho en una universidad privada, donde obtuvo una beca. Aún no tiene claro en qué área se especializará, pero después de más de 40 años logró retomar sus sueños.

El mandato de ser para los otros

Para Nelly Lara Chávez, doctora en Ciencias Políticas y Sociales por la UNAM, una clave para entender por qué a las mujeres se les asigna aún el rol de cuidadoras se encuentra en lo que filósofas y antropólogas feministas han denominado como “la noción del ser para los otros”. Esta implicación, en el caso particular de las mujeres, “se ha convertido en un impedimento para su libre desarrollo y se expresa en una constante atención hacia quienes las rodean”, explica.

Desde esta perspectiva, a las mujeres se les transmiten habilidades asociadas al cuidado: atender, apoyar, sostener. Sin embargo, esa misma formación implica que, al volcarse prioritariamente hacia las necesidades ajenas, “se les impide conocer en gran medida cuáles son sus propios intereses e incluso sus deseos”.

La profesora Lara Chávez, que también imparte la materia Violencias contra las Mujeres en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, plantea entonces una pregunta incómoda: “¿Los hombres perpetúan esa posición de privilegio o de malestar para seguir siendo soportados?”.


Desde su criterio, algunos hombres que padecen una adicción reconocen que existe una red femenina –madres, parejas, hermanas– que los continuará respaldando, incluso después de recaídas frecuentes.

El caso de Maribel Vázquez ilustra el apoyo incondicional que socialmente las mujeres brindan a parientes que atraviesan alguna adicción.

Maribel asumió durante años el cuidado de su hermano, quien falleció hace seis años a causa del alcoholismo. Durante gran parte de su vida fue su apoderada legal. Lo recibía en casa y parte de sus dinámicas familiares giraban en torno a él: sus reincidencias, su alimentación, su higiene y su recuperación.


Para ella, de 51 años, convivir con una persona con alcoholismo fue una experiencia traumática y marcada por la impotencia: “Dentro de lo que vives o compartes con ellos, siempre estás queriendo entender, ¿qué es lo que los lleva a ser así?”, relata. Con el tiempo, llegó una etapa de resignación. Las recaídas y las ausencias por meses terminaron por normalizar la dinámica.

“Si ya volvió a tomar, bueno, ya me la sé: hay que darle de comer, bañarlo con alcohol, darle sus dosis pequeñas y después llevarlo al grupo de ayuda. Ya ni tratas de hablar, ni de regañarlo; porque llega un punto en que dices: ‘lo sé, ya, es un alcohólico y aquí se queda’”.

Tras la muerte de su hermano, Maribel decidió regresar a la agrupación de AA en la que José Luis estuvo internado, para apoyar a otras personas que atraviesan la misma situación. Algunos días a la semana acude al grupo para preparar alimentos y participar como oyente en las reuniones.

Las consecuencias del abandono

Cristina Acosta, de 29 años y operadora en una compañía de diseño industrial, también vivió la carga que representa apoyar a un familiar alcohólico. Cuando el consumo problemático atraviesa una relación, como le ocurrió a ella con su expareja, el cuidado, la contención emocional y las consecuencias materiales suelen recaer en las mujeres. “Vivir con una persona alcohólica es complicado y frustrante. No sabes en qué momento va a llegar bien o en qué estado de ánimo estará”, relata mientras entrelaza los dedos y se frota las manos con insistencia, como si ese gesto le ayudará a ordenar lo que está a punto de relatar.

“Ya me la sé, hay que darle de comer”. Madres, hermanas y parejas de personas con alcoholismo han asumido solas su proceso de recuperación, asumiendo el costo.
Cristina e Isabel son reflejo vivo de las implicaciones sociales que tiene el alcoholismo | Ariel Estrada


Desde una oficina pequeña y silenciosa, la mujer de cabello lacio y negro, recuerda que comenzó su relación cuando ambos tenían 15 años. Tiempo después nació su primera hija y, cuando llegó la tercera –que hoy tiene siete años–, el consumo de alcohol de su pareja se volvió crónico. “Al principio no lo tomé tan grave: tomaba pero no se ponía agresivo; era tranquilo. Después su impulso era seguir tomando. Si yo le decía algo, se molestaba, se enojaba y se ponía violento”.

Los episodios la obligaban a mantener distancia y a concentrarse en proteger a sus hijas. Aunque no era ella quien lo ingresaba a los centros de rehabilitación –esa labor la asumió su suegro–, a Cristina se le pedía sostenerlo emocionalmente.


En sus vistas recuerda haberlo motivado sin mucho éxito: “Oye, tú puedes, o sea, estamos juntos, yo sé que no es fácil pero podemos echarle ganas juntos, yo lo motivaba de esa forma o trataba de distraerlo. ‘Oye, vamos acá, vamos a dar una vuelta, a pasear’”. Incluso intentaba distraerlo con actividades que a él le gustaban, como jugar fútbol, o involucrar a sus hijas para animarlo.

Un día Cristina decidió que él ya no formara parte de su vida. Pero las consecuencias aún repercuten en la rutina familiar. La joven es el sostén económico de la casa. Su jornada laboral le absorbe casi todo el día. A veces cuenta con el apoyo de sus padres para las atenciones de sus hijas, pero aún así debe pagarle a alguien para que las recoja de la escuela. Siente que apenas pasa una hora diaria con ellas.

La experiencia de Cristina ilustra cómo, incluso cuando el vínculo se rompe, la carga se intensifica y se reconfigura en aspectos económicos y emocionales. Para la profesora Lara Chávez, este patrón se relaciona con una lógica más amplia donde las labores de contención siguen asignándose como obligación de las mujeres y no como una tarea colectiva.

Para la académica, el problema no radica en las labores en sí, sino en su distribución desigual. “Los cuidados son vitales y fundamentales para los seres humanos porque sin ellos no pueden vivir”, sostiene. Sin embargo, propone horizontalizarlos: que no recaigan exclusivamente en las mujeres, ni siquiera cuando se organizan en redes de apoyo. Redistribuir los trabajos de crianza y tareas del hogar permitiría que ellas desarrollen mayor autonomía y no posterguen sus propios proyectos de vida.

“Ya me la sé, hay que darle de comer”. Madres, hermanas y parejas de personas con alcoholismo han asumido solas su proceso de recuperación, asumiendo el costo.
La desigualdad agrava las condiciones y profundiza los desafíos para la atención de la adicción | Foto: Javier Ríos


Aunque el Estado ha impulsado algunas acciones –campañas y pláticas para combatir estereotipos de género en torno a los trabajos de sostén–, estas iniciativas aún no transforman de manera estructural la desigualdad.

“Muchas resistencias se presentan por parte de la masculinidad para hacer tareas y prácticas de cuidado; no quieren apelar, por ejemplo, a llevar a cabo actividades consideradas de mujeres porque entonces se van a devaluar. En México mucho se habla, ¿no?, de ‘te pegan en tu casa’. ‘mandilón’”, dice Lara Chávez.

Estas expresiones cotidianas, señala, refuerzan la idea de que cuidar es una tarea femenina y que asumirla implica perder estatus.

* Mentoría de Zorayda Gallegos

Este trabajo fue realizado sin fines de lucro para la Unidad de Investigaciones Periodísticas (UIP) de la Coordinación de Difusión Cultural UNAM, y publicado originalmente en la plataforma Corriente Alterna. Queda prohibida su reproducción total o parcial sin autorización previa de la UIP. La publicación original la puedes consultar en corrientealterna.unam.mx


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