El tiempo transforma el sexo en pareja, pero no desaparece. Y aunque eventualmente éste hiciera falta, tampoco debería ser razón —o no la definitiva —para poner fin a una relación.
Si bien volver a las noches de pasión, las fantasías o las caricias candentes puede ser un camino difícil, a veces la solución viene en formatos inesperados. En este caso, lo que Jordan Rullo, terapeuta sexual y colaboradora del Instituto Gottman, señaló como el embargo sexual: “Esto significa que ambos deben acordar explícitamente que el sexo queda descartado por ahora”.
Primero falta el sexo y después el cariño
Un estudio del American Journal of Family Therapy del 2025 identificó las siete amenazas a la longevidad matrimonial y ninguna de ellas fue falta de sexo. Esto, explicó Rullo, porque la falta de sexo va más allá de la índole sexual: es el síntoma de otros problemas de pareja como la falta de comunicación o la ausencia de conexión emocional.
Pero si la pareja no es consciente de ello, se vuelve más propensa a caer en la dinámica de evitación. Es decir, un círculo vicioso en el cual una de las partes toma la iniciativa y la otra lo rechaza por “x” o “y” razón sin dar ninguna explicación (como pudiera ser el cansancio, estrés, dolor, etcétera). Así continúan hasta que desiste quien tuvo la iniciativa.
Al prolongarse esta dinámica, se crea un efecto dominó cada vez más dañino: primero disminuye el acto coital perse; sigue el afecto físico no sexual y, con el paso del tiempo, también mengua la conexión y nutrición emocional —lo que la sexóloga y psicoterapeuta, Adriana González Piña, describió como la capacidad de “estar constantemente presente a las necesidades que uno tiene y que tiene la pareja”—.
¿Por qué descartar el sexo?
El embargo sexual forma parte del segundo de tres puntos que Rullo recomienda para “recuperar” una relación o matrimonio sin sexo. En éste, se busca priorizar el afecto físico no sexual.
Cuando el erotismo y otras formas de intimidad disminuyeron por la dinámica de evitación, la propuesta de la psicoterapeuta busca atacar la raíz del problema: el miedo de que dichas caricias, besos o coqueteos sean sólo la antesala de la relación coital. Un miedo que no ocurriría si la pareja inicialmente acuerda en “prohibir el sexo”; o sea, recurrir al embargo sexual.
“Algunas parejas podrían pensar: ‘¿Por qué es necesario? Ni siquiera estamos teniendo relaciones sexuales’. Muchas encuentran útil este acuerdo explícito porque deja claro que el sexo está descartado. Sin éste, siempre queda la pregunta ‘¿y si...?’. Por ejemplo, ‘¿Y si empezamos a acurrucarnos y él inicia el sexo?’”.
“Ese tipo de erotismo que puede seguir manteniéndose vivo se tiene que ir adaptando a medida de lo que se necesita en el momento. (...) Hay que cultivar la intimidad más allá del sexo”.
¿Cuáles son los otros dos pasos?
Pero antes de priorizar el afecto físico no sexual —el segundo paso—, se necesita anteponer “las pequeñas cosas” para fortalecer la conexión emocional. Lo que la especialista del Instituto Gottman define como “deposita dinero en la cuenta bancaria emocional”.
Después de ello seguirá el priorizar el afecto físico no sexual, a través del embargo sexual, y finalmente podrá reintroducirse a la conexión sexual; toda vez que la pareja se sienta emocionalmente y físicamente más conectada.
Por supuesto, este paso puede volverse incómodo debido al tiempo que transcurrió desde la última relación sexual. Sin embargo, existen diversas maneras de reactivar esa conexión sin presión ni incomodidad, tales como acudir a terapia de pareja o buscar ejercicios con enfoque sensorial.
Estos ejercicios están diseñados para ayudar a reducir la ansiedad relacionada con el desempeño sexual. Algunos ejemplos son: mirarse fijamente, el tacto consciente, compartir fantasías o el “juego de los tres minutos”.
“La intimidad sexual también implica erotismo, cercanía, caricias, deseo y excitación. No siempre tiene que llevar la carga de tener el acto sexual con penetración, eyaculaciones y orgasmos”, acotó González Piña.
ASG