DOMINGA.– Eligió un cuarto de hotel sin ventanas en la frontera de Reynosa con Texas, pidió la llave y esperó, paciente, a que el sicario entrara. Este hombre se dedicaba a vender autos usados en Corpus Christi, esa ciudad famosa nada más porque ahí nació la cantante Selena. Alguien le había pasado el contacto de un gatillero del cártel de Los Zetas, de esos narcos que había leído en el periódico y que se veían como El Chapo Guzmán: en color sepia y con cinto piteado.
El vendedor de autos se llamaba Manssor Arbabsiar, tenía 56 años y llevaba una vida monótona, en la que su emoción más grande era vender más de un auto de saldo en un día. Pero aquella tarde del 14 de julio de 2011, en el hotel de paso, le habló al sicario de asesino a asesino y la reunión de ese día quedaría grabada en audio:
—[Quiero a] el embajador —dijo Manssor al sicario zeta.
—Voy a necesitar cuatro hombres —le respondió el hombre y le advirtió que el cobro por el asesinato le iba a salir más caro que el promedio. Un millón y medio de dólares. Manssor Arbabsiar no regateó ni un peso y le dejó claro que había presupuesto para el magnicidio.
El plan que se estaba fraguando en aquel motel del norte mexicano era para asesinar al embajador de Arabia Saudita en Estados Unidos, Adel al Jubeir, un diplomático de carrera que llevaba casi dos décadas de experiencia. Al Jubeir había estudiado Ciencias Políticas en la Universidad del Norte de Texas y Relaciones Internacionales en Georgetown, y desde ahí construyó una carrera que lo llevó a ser portavoz del gobierno saudita durante la Guerra del Golfo, asesor de política exterior del entonces príncipe heredero y, más tarde, consejero de confianza del rey Abdullah.
Desde 2007 Adel al Jubeir era embajador en Washington con rango de ministro, era la imagen más visible de la monarquía saudita ante la Casa Blanca. No era un funcionario menor: era, para entonces, uno de los diplomáticos árabes con más peso en la capital estadounidense.
Manssor Arbabsiar, el vendedor de autos que hasta ese momento había vivido una vida bastante ordinaria, estaba negociando su muerte. Así que aquella tarde acordaron el precio por la cabeza del embajador y quedaron de reunirse en tres días para afinar los detalles del atentado. En su segunda reunión, el sicario de Los Zetas abrió una laptop y le mostró una fotografía sacada de internet. También le informó que el diplomático salía a comer un par de veces por semana, que lo escoltaban entre siete y ocho hombres y que había un restaurante que frecuentaba. El sicario le preguntó si prefería que el trabajo se hiciera afuera o dentro de ese lugar.
Le explicó que al interior comían ciudadanos, entre cien y ciento cincuenta personas, y había edificios de oficinas a los costados. Pero esto realmente no le importaba: si podían matarlo fuera, mejor; si no, que volaran el restaurante entero. Cuando el sicario con un dejo de conciencia insistió en que ahí solían comer incluso senadores estadounidenses, Arbabsiar zanjó el asunto con una frase que, meses después, terminaría traducida ante un juez federal en Manhattan:
—Quieren a ese tipo muerto. Si se van cien con él, que se jodan.
Así se negoció, en territorio mexicano, uno de los intentos de magnicidio en contra de un funcionario de Arabia Saudita. Sólo que aquellos sicarios Zetas nunca existieron: el hombre que Arbabsiar contrató para asesinar al embajador, identificado en la corte como CS-1, era un informante confidencial de la DEA. Era alguien con una causa de narcotráfico borrada a cambio de cooperar, que cobraba por cada dato que entregaba y que se había presentado ante Arbabsiar como sicario del cartel siguiendo instrucciones de la agencia de inteligencia.
Esta es una colaboración de ARCHIVERO para DOMINGA que reconstruye esta historia gracias a expedientes olvidados. Casos como este revelan que la verdad oficial siempre está en obra negra.
El primo iraní y el coronel de la Fuerza Quds
Esta historia empezó realmente en la primavera de 2011, cuando Manssor Arbabsiar hizo un viaje para visitar a su familia en Irán. Por aquellos días se encontró con un primo que había ascendido a alto mando de la Fuerza Quds, la rama de operaciones encubiertas de la Guardia Revolucionaria iraní. Éste le dijo que necesitaba a alguien capaz de secuestrar o matar al embajador, y que buscara en el mundo del narcotráfico, “esa gente hace cualquier cosa por dinero”.
Arbabsiar, que iba y venía entre México y Texas por su negocio de autos, dijo que buscaría a alguien. Hasta el día de hoy no se han revelado los detalles exactos de cómo dio con un supuesto sicario de Los Zetas. Recuerda que durante las siguientes semanas un mensajero le llevó un sobre con efectivo a su casa en Corpus Christi, en Estados Unidos. Ahí se enteró que el mensajero trabajaba para un iraní: “es como un coronel, el tipo”, diría después en una corte. Ese coronel se llamaba Gholam Shakuri, alias Ali Gholam Shakuri, señalado después por el gobierno estadounidense como oficial de la Fuerza Quds y mano derecha del primo de Arbabsiar.
Después vendría la reunión con el supuesto integrante de Los Zetas que más tarde sabría realmente era un informante de la DEA. Con el plan en marcha, el anticipo llegó el primero de agosto de 2011. Depositaron en una cuenta señuelo 49 mil 960 dólares, transferidos desde un banco extranjero. El 9 de agosto llegó un segundo depósito, idéntico en monto. Pero aún faltaba dinero.
En las semanas siguientes, el vendedor de autos empezó a revelar los códigos, el lenguaje de la operación encubierta de asesinato. El 2 de septiembre, Arbabsiar quiso saber si “el edificio se está pintando”, es decir si estaban preparando el plan para matarlo. Le dijeron que sí. El 12 de septiembre preguntó si “el número sigue siendo el mismo, uno y medio”, en referencia al millón y medio de dólares pactados y prometió que, si el primer trabajo salía bien, habría otros.
Para finales de septiembre, el informante que se hacía pasar por Zeta pidió una garantía adicional: la mitad del pago por adelantado, o que Manssor viajara personalmente a México para responder por el resto de la deuda. Arbabsiar eligió la segunda opción. El 28 de septiembre de 2011 abordó un vuelo hacia México. Sin embargo las autoridades mexicanas fueron avisadas por las estadounidenses y le negaron la entrada al país. Finalmente sería detenido.
Al vendedor de autos le encontraron 3 mil 900 dólares en efectivo, algo de moneda iraní y un itinerario de vuelo que terminaba, unos días después, en Teherán. Arbabsiar, un hombre que nunca había sido entrenado para resistir un interrogatorio, confesó de inmediato cada detalle del plan. Los agentes del FBI le pidieron entonces que desde la detención llamara a la mano derecha de su primo, Shakuri, como si nada hubiera pasado, y aceptó.
—¿Estás bien? —preguntó el 4 de octubre, desde algún teléfono en Irán.
—Sí, quería ver cómo estás y decirte que estoy bien —respondió Arbabsiar, ya detenido, con un agente del FBI grabando.
—Qué bueno, gracias a Dios, mantente bien —dijo Shakuri, y enseguida cambió de tono—: ¿Qué noticias [tienes], qué hiciste con el edificio?
Al día siguiente volvieron a hablar. Arbabsiar usó la palabra en clave que, según había confesado, le habían asignado para referirse al plan contra el embajador.
—Quería decirte que el Chevrolet está listo, listo para hacerse. Debo continuar, ¿verdad?
—Sí, sí, sí —dijo Shakuri—. ¿Compramos todo? —quiso saber después.
—No sé por ahora, está listo, ¿okay?
—Entonces cómpralo, cómpralo —insistió Shakuri—. Sí, cómpralo todo.
El 7 de octubre, en la última de las llamadas grabadas, Arbabsiar transmitió a los iraníes una exigencia del supuesto Zeta, a quien se refería simplemente como “el mexicano”: quería el resto del dinero o no haría el trabajo. Shakuri respondió con una frase que la fiscalía citaría después como prueba de que la operación tenía respaldo desde arriba, no la ocurrencia solitaria de un vendedor de autos:
—Nosotros garantizamos el resto. Tú fuiste nuestra garantía.
Una audiencia sobre la mente de un hombre
Manssor Arbabsiar se declaró culpable en octubre de 2012 de tres cargos: conspiración para asesinar a un funcionario extranjero, uso de medios interestatales para contratar un homicidio, y conspiración para cometer un acto de terrorismo transnacional. Según el cálculo de las guías de sentencia que sus propios abogados incluyeron en el acuerdo con la fiscalía, el nivel de la ofensa lo colocaba, en teoría, frente a una cadena perpetua. La ley fijaba, sin embargo, un tope de veinticinco años.
Antes de la sentencia, la defensa jugó su última carta: una audiencia especial, de las que en el sistema federal estadounidense sirven para resolver disputas antes de fijar la pena, en la que dos psiquiatras discutieron durante más de cien páginas de transcripción si Arbabsiar padecía un trastorno bipolar capaz de haber nublado su juicio. El médico de la defensa sostuvo que sufría episodios de hipomanía, una forma más leve de manía en la que la persona siente una energía desbordada, duerme poco, habla de prisa y toma decisiones impulsivas, sin llegar al delirio ni a la pérdida total de contacto con la realidad que puede darse en un episodio maníaco.
El psiquiatra convocado por la fiscalía discrepó, punto por punto. En esa misma audiencia quedó una frase que, sin buscarlo, desnudó el otro lado del expediente: un agente del FBI le confió al perito de la fiscalía que, después del arresto, mantuvieron contacto con Arbabsiar durante casi dos semanas más “porque nos dimos cuenta de que podíamos obtener inteligencia. Obtuvimos mucha inteligencia”.
El juez John F. Keenan no se dejó conmover por el argumento médico. El 30 de mayo de 2013, antes de dictar sentencia, le dio la palabra al propio Arbabsiar, que habló de sí mismo con una mezcla de autocompasión y desconcierto que tampoco lo salvó:
—Tengo buen corazón. Mi mente a veces no está en un buen lugar. Se me adelanta, va más rápido que yo mismo.
Keenan lo condenó a veinticinco años de prisión, la pena máxima permitida por la ley. Manssor Arbabsiar cumple su condena en la prisión federal de máxima seguridad ADX Florence, en el Condado de Fremont, Colorado, después de haber pasado por otras dos cárceles federales. Por cierto, es la misma en la que está El Chapo Guzmán. En 2014 presentó, sin abogado, una moción para anular su sentencia alegando que sus propios defensores lo habían representado mal; pero esto tampoco no prosperó.
En junio de 2026, una jueza federal le negó la liberación compasiva que había solicitado alegando que perdió casi por completo la vista a causa de una degeneración macular, una enfermedad del ojo que destruye poco a poco la parte central de la retina y que, en personas mayores, suele llevar a la ceguera si no se trata a tiempo, y ya tiene 71 años. Un compañero de reclusión escribió a mano, meses antes, una carta al tribunal describiendo su ceguera y pidiendo clemencia. La respuesta fue negativa.
Según el cálculo oficial, Arbabsiar podría salir de prisión hasta marzo de 2032, cuando tendrá 77 años.
De Gholam Shakuri, el “coronel” que daba las órdenes desde Teherán, no se volvió a saber nada. Sigue prófugo. El informante que se hizo pasar por sicario de Los Zetas, y que grabó cada palabra de la negociación, jamás fue identificado públicamente, y su nombre real sigue bajo reserva en el expediente. Según las autoridades, de haberse consumado, el atentado habría hecho estallar una bomba en un restaurante en el corazón de Washington, con senadores y comensales adentro, por encargo de los iraníes a un cartel que, en realidad, nunca apuntó con la pistola bajo de la mesa.
GSC