Sociedad

La primera Navidad del resto de nuestra pandemia


A Jim Soos

De las ventajas de haber crecido en las alfombras de una familia disfuncional es que la falta de una noche buena multitudinaria no es motivo para deprimirse. Desde niño, las épocas decembrinas fueron áridas y quebradizas, como las plantas y los pequeños árboles a mitad del invierno lagunero. Si no las envolvían con bolsas de plástico las bajas temperaturas y la brisa helada, con escarcha de hilo, les daba en la madre. Se resecaban y marchitaban como canción de Bruce Cockburn. El canadiense que se ahoga en sus lágrimas congeladas cuando Toronto se cubre de nieve. Mis padres fueron muy huevones para decorar la fachada de la casa con series de luces de colores o poner el mentado árbol. Ya no se diga montar el nacimiento. Pero con el tiempo entendí ese descuido por la Navidad como un entrenamiento para hacer del minimalismo un estado de óptima salud visual. Lo digo por aquellas tías maternas que cada diciembre les da por hacer de sus salas y comedores indigestas sucursales de Fantasías Miguel.

En el linaje chilango suelen vernos, a mis padres y hermanos, como unos parias inaguantables postergados en nuestra amargura intelectual. La verdad es que nunca pude lidiar con su insalubre costumbre de cenar exactamente después de la medianoche. Cualquier gastroenterólogo diría que aquello una tortura medieval, que las tripas se ahorcarán entre ellas con todo ese aroma de mole caliente invadiendo la noche debería ser tipificado como delito. Ni con su forma de bailar las cumbias. La perfecta encarnación de la manita sudada. En realidad, tanto mis padres como mis hermanos no somos tan mamones. Simplemente el lazo que nos une es la desobediencia con las reglas de etiqueta que se requieren para esas cenas familiares repletas de abrazos con olor a Bacardí y regalos inservibles envueltos como si fueran joyas.

Esas tradiciones moldearon mi forma de lidiar con la Navidad. Cuando trabajé en oficinas de tristes ventanas polarizadas recubriendo las ristras de mobiliario sobreviviente de sexenios pasados, me las arreglaba para no ir a las comidas de fin de año. Inventaba enfermedades. La muerte de algún familiar. Mi regalo de intercambio se lo daba al otro único gay del segundo piso para que él se hiciera cargo del protocolo. Luego me iba de cantinas con el Francisco Cullen hasta el anochecer. Entonces salíamos a recorrer bodegas y viejos edificios de jai alai en busca de rave.

No soy de los que piensan en suicidios mientras en la televisión pasan Die Hard o Home Alone. De hecho, me gusta beber cerveza viendo especiales de Navidad de Charlie Brown. Para mí es una fecha más. Una que sin embargo se manifiesta como hipérbole de los sentimientos de apego, consumismo y gula.

Un entrañable y profundo amigo de San Francisco me contó que para el 24 de diciembre tenía planeado rentar un auto. Pisar el acelerador casi sin rumbo fijo. Solo él y la carretera indiferente a la ansiedad de la pandemia. La imagen me pareció fascinante. Como un cuento de Sam Sheppard. O una canción de Tom Waits. Será porque cuando tenía que ir a esas cenas de nochebuena ambientadas con cumbias que bailaban como un rocanrol guango y santurrón, yo solo pensaba en escapar. Mejor si era sobre una carretera. Mi amigo hará lo que siempre quise.

Con todo y lo apocalíptico del 2020, siento que el covid-19 no alterará mis costumbres navideñas. Rara vez salgo un 24 de diciembre. No sé qué me irrita más: las aglomeraciones o la versión de "Los peces en el río" de Pandora, que en México no ha dejado de sonar desde 1986. Hasta en las orgías gays tienen el horror de ponerlas. Una vez me metí al legendario sex club, La Casita, en pleno 24.

No obstante, me arriesgo a deducir que la depresión a causa de la Navidad pandémica demuestra que la tan añorada normalidad solo era una sucesión de hábitos consumistas para darle sentido a nuestros salarios. Recompensa material tras doce meses de chinga. Cuando hay trabajo. Por familiares he notado que buena parte de tristeza decembrina tiene que ver con el bajo o nulo poder adquisitivo. No es que yo sea la encarnación del socialismo navideño. También gasto mi dinero en cosas inservibles: discos, libros, últimamente biografías musicales, poppers importados, de los que no dan dolores de cabeza, camisetas chavorrucas de Dinosaur Jr. Digamos que la diferencia es que no me autoengaño con eslogans de unión familiar y afecto. Acepto sin culpas mi egoísmo de estas fechas.

Quién sabe. En una de esas los efectos de la brutal pandemia devuelve la congruencia de todos esos lugares comunes de la Navidad que a muchos les chifla la cabeza. Disfrutar de las cosas que de verdad nos importan. Con unos buenos discos el encierro no es tan malo.

Mientras tanto, que la salud y fortaleza nos abrace a todos, feliz Navidad.

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Wenceslao Bruciaga
  • Wenceslao Bruciaga
  • Periodista. Autor de los libros 'Funerales de hombres raros', 'Un amigo para la orgía del fin del mundo' y recientemente 'Pornografía para piromaníacos'. Desde 2006 publica la columna 'El Nuevo Orden' en Milenio.
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