Sociedad

Escoge a tu influencer: 30 años de “Trainspotting”

Aunque el estreno oficial en salas fue el 23 de febrero de 1996, mi primer encuentro con “Trainspotting” ocurrió en noviembre de ese mismo año, en el auditorio de la Facultad de Arquitectura de la UNAM. Eran tiempos en que el espacio servía como una de las sedes oficiales de la Muestra Internacional de Cine. Había intentado verla en la primera ronda de la Cineteca Nacional, pero me fue imposible conseguir un boleto. Su impacto corría de boca en boca. En la frecuencia modulada ya rotaban “Born slippy” de Underworld, pero no se sabía bien de dónde venía.

Escoge a tu influencer: 30 años de “Trainspotting”

El póster mexicano la anunciaba con un copy peligroso: “la Naranja Mecánica de los 90”. Qué huevos de los distribuidores de la época por arriesgarse con esa analogía metida con calzador intelectualoide. Entiendo los vasos comunicantes de la angustia de la rehabilitación, filmada con una estética calculada entre ambos filmes, pero aquello era pura pretensión posona.

Compré dos boletos: uno para Jaffet Marselli y otro para mí. Las luces se apagaron y empezó la condena. Mi condena: “Here comes Johnny Yen again, with the liquor and drugs, and a flesh machine… He's gonna do another strip tease…”.

“Lust for Life” de Iggy Pop nunca volvió a sonar igual después de ese arranque. Al menos para mí.

Después vendría el inmortal monólogo de Mark Renton sobre el gran valor de la sociedad occidental: la adictiva libertad de escoger… si tienes dinero para ese lujo. Mark Renton escapaba de la policía mientras nos recitaba el catálogo de un Sears escocés. Aquello era como si Albert Camus hubiera masticado dos pastillas de éxtasis y tratara de resumir “El hombre rebelde” en un spoken word de cinco minutos sincopado con la batería a pelo de Hunt Sales. La histeria del posmodernismo a punto de desatar su locura en los últimos estertores del siglo XX y todo un milenio.

“Escoge la vida”, decía el pinche Renton mientras encajaba la aguja en su vena. El placer al borde del abismo. “Imagina el mejor orgasmo de tu vida y multiplícalo por mil: eso es lo que hace la heroína”, nos decía Mark.

Tan solo ese arranque es suficiente para establecer el grado de separación con “Naranja Mecánica”: la de Kubrick es un ensayo de misantropía exquisita, mientras que Danny Boyle abusa de la vitalidad humana con todo su abanico de emociones, desde la violencia hasta el vómito cursi. “Trainspotting” es el sudor estimulado por la tacha escurriendo en una película de 35 mm.

Treinta años después: ¿Habrá alguien que no tenga idea de qué va “Trainspotting”?

Es la historia de tres adictos a la heroína y de un adicto a la violencia, aburridos de las opciones de un capitalismo salvaje.

A estas alturas ya todos conocemos sus escenas clave: Mark Renton nadando en las aguas del baño más sucio de Escocia. Sick Boy vestido como un dandy. Begbie partiéndose la madre en un pub. Spud cagando mientras duerme y, cuando despierta, las sábanas son un batidillo de mierda; un bebé gateando por la azotea con la cabeza morada. Secuencias editadas con el vértigo de un soundtrack profético. Las canciones de Iggy Pop, Elastica, Pulp y, por supuesto, la de Underworld, abordaban el hedonismo destructivo, convirtiéndose en una especie de personajes secundarios.

Había dos canciones llamadas “Temptation": una de Heaven 17 y otra de New Order, con sus líneas apocalípticas sobre un mundo sin posibilidad de salida ni refugio. Es casi una tentación seguir vivo en esas circunstancias.

“Trainspotting” fue la adaptación cinematográfica de Danny Boyle a la novela de Irvine Welsh del mismo nombre, publicada tres años antes (Anagrama la tradujo al español cuando la película de Boyle desató un culto anticipado), que abarcaba muchas más historias y personajes en un Edimburgo cayéndose a pedazos por la pandemia de desempleo y heroína. En realidad, Boyle se centró en los personajes más carismáticos para potenciar sus historias. Su buen ojo le funcionó a tal grado que “Trainspotting” se convirtió en el fenómeno cultural que desahució los noventa. A veces pienso que su impacto fue similar al de los Sex Pistols después de su concierto en Manchester en 1976, cuando todos los asistentes, no más de 50, formaron bandas como Joy Division, The Fall y Simply Red, entre ellas.

No quiero decir que todos los que vimos la película devenimos en cineastas. Pero hay un antes y un después. Verla con 19 años en pleno 1996 fue un madrazo del que hasta ahora no puedo recuperarme.

Ahora, con la celebración de sus 30 años, a “Trainspotting” se le acusa de quedarse atrapada en un idílico pesimismo noventero, donde la apatía es lo único que vale la pena. Una obra que romantiza la decadencia. Pude volver a verla antes de que saliera de toda plataforma. La sentí vigente, puesto que la alienación social no tiene fecha de caducidad. Hoy más que nunca vivimos atrapados en un torbellino de decisiones, desde los nicknames en nuestros avatares de redes sociales hasta los filtros de nuestras fotos. Escoge a tu influencer, escoge el contenido que consumes y llénate de conspiraciones bobas solo para sentir que tienes razón en algo. Escoge pelearte tu solo en internet porque es lo más cerca que estarás de un orgasmo. Escoge a quién le das like. Escoge entre la vida real o la que desperdicias en redes sociales, creyendo que eres una celebridad o que estás a punto de serlo.

Lo moral de la adicción es un espectro usurero. Son 30 años y contando.


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Wenceslao Bruciaga
  • Wenceslao Bruciaga
  • Periodista. Autor de los libros 'Funerales de hombres raros', 'Un amigo para la orgía del fin del mundo' y recientemente 'Pornografía para piromaníacos'. Desde 2006 publica la columna 'El Nuevo Orden' en Milenio.
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