Sociedad

Última llamada: salud por los bares del Sanborns

Una de las cosas que más disfruto de San Francisco, California, es su robusta cultura de bares.

El último censo indica que hay poco más de 2 mil bares en una ciudad de apenas 600 kilómetros cuadrados y menos de un millón de habitantes. Prácticamente uno en cada esquina. Los hay de todo tipo, desde los elegantes donde los meseros parecen extras de la serie “Mad Men”, que preparan cocteles adornados con flores y toronjas deshidratadas, hasta aquellos a punto de desvencijarse por lo tullidos de las maderas. Esos son nuestros favoritos, como The Peaks, un bar a unas cinco cuadras de nuestra casa, justo en la frontera entre los barrios de Noe Valley y Castro.

Como la gran mayoría de los bares de San Francisco, The Peaks, con su letrero de neón con la figura de un castor trabajando en alguna fábrica, abre a las 11 de la mañana, nunca juzga a su primer cliente –su primer bebedor que por alguna razón suele sentarse cerca de la ventana que da a la calle Castro, pero el Castro del otro lado de la colina, lejos del epicentro gay– y nunca usan el medidor para los tragos directos, los shots. Como Jim y yo ya somos clientes frecuentes, siempre nos sirven más de lo tasado, pero eso pasa en casi todos los bares de por acá si le caes bien al bartender.

No es que no nos guste la movida del Castro, todo lo contrario. Ahí están nuestros bares consentidos: el 440, lleno de daddies con barbas de candado blancas de canas; el histórico Twin Peaks; y el cuasi-leather The Edge, con sus bartenders como pornstars y la tensión sexual inflando braguetas. Es sólo que el camino a nuestra casa es cuesta arriba, ya no somos unos jovenzuelos que podemos subir sin que la espalda nos cobre factura. El regreso desde The Peaks es más plano. Amén que es de esos bares donde la pretensión es sustituida por adornos de metal oxidados, una rockola digital, pantallas planas, una generosa mesa de billar y alcohólicos de clase trabajadora que no tienen miedo o pudor de hablar con extraños.

El Jim y yo solíamos gastar dólares en el Last Call, el estrecho bar en el corazón de Castro, sobre la calle 18. En la década de los 80 se llamaba Men’s Room, un bar en el que los hombres se practicaban sexo oral en la viga de madera que sirve para sentarse. Jim es amigo de uno de los bartenders que siempre nos regala tequila extra. Pero desde que algún influencer pesado lo descubrió y popularizó en sus redes sociales, el Last Call se ha llenado de celebridades del internet, a quienes lo que menos les importa es beber. Se pasan las horas con el mismo vaso, hacen transmisiones en vivo y rara vez hablan con desconocidos.

The Peaks se ha convertido en una especie de refugio para todo tipo de cosas, en donde mi tardía adoración por Charles Bukowski me penetra como si fuera la primera vez en leerlo: es ahí donde voy a ver los partidos de los Giants. A veces me echo una Pacífico mientras espero el siguiente camión o cuando no tengo nada que hacer. Otras veces voy a su barra a escribir un rato, poniendo la laptop junto a un vaso de cerveza 805 de barril. O simplemente vamos a leer libros, aunque el Jim es mucho más concentrado para eso que yo, que apenas empiezo a beber y lo único que quiero es rendirme a la borrachera.

Me recuerda al bar de Sanborns al que solía visitar en los años que viví a unas cuantas cuadras del Parque Hundido, en el sur del entonces Distrito Federal. Aunque después me moví a un enigmático edificio de piedra y techos de madera que parecía un chalet suizo con vista a los contaminados árboles del Parque Tlacoquemécatl, en la colonia Del Valle, la distancia con el Sanborns de Insurgentes casi esquina con avenida Del Valle era la misma.

De todos los bares que recorrí en mi última visita a la Ciudad de México, el que más disfruté fue Hule, Trampa y el bar de Sanborns, al que solía ir cuando vivía por esos rumbos. Le dije a Jim que debía conocer la guarida que frecuentaba para sentarme a leer mientras los eternos meseros de saco estilo torero en ese inconfundible rojo polyester me ponían un gin tonic servido en un vaso de jaibol con el agua quina y el agua mineral por separado, puesto, le decimos en México. Sólo mi gran amiga Sandi Beltrán entendía mi obsesión por los bares de Sanborns. Hay algo en su tediosa decoración, en su decadencia atemporal apolillándose en las alfombras a un lado de sus restaurantes que me relaja. Es la falta de complicación posmoderna. Y su iluminación siempre ha sido más reflexiva que la de las cantinas chilangas que sigo adorando.

Aquella noche de mi regreso había karaoke. Unas seis parejas bugas se peleaban por el micrófono mientras los solitarios de siempre, señoras de bolsos enormes adictas a las cubas libres y godínez inadaptados que desahogan sus reflexiones en cocteles de coñac. También los meseros son los de siempre, acaso más viejos.

“Me queda claro que esa pandilla son clientes regulares y deben vivir cerca”, me dijo Jim refiriéndose al grupo que de verdad le exprimía placer al karaoke, llamaban a los meseros por su nombre, sonreían, bailaban, era su bar de la esquina. Se sintió bien estar en un bar donde la gente realmente disfrutaba del lugar sin tener que andarse debatiendo entre darle un trago a su bebida alcohólica, postear en tiempo real su experiencia o hacer un live quejándose de que tal o cual bar no tienen la variedad suficiente de cocteles sin alcohol, como la morra en el bar Hule, en la calle de Michoacán de la colonia Condesa, que tardó 20 minutos en decidirse por un trago sin alcohol.

Algo que me encantó de Hule, además de su pequeña tienda de discos y el fanzine del mismo nombre que ellos mismos editan, es que la mayoría de los parroquianos eran mexicanos que en verdad saboreaban sus tragos y cervezas. La morra que buscaba algo sin alcohol no era mexicana, pero tampoco gringa.

En Trampa, también en la Condesa, también había mexicanos, aunque los gringos, con su estricta tendencia de no integrarse a la sociedad chilanga, ocupaban la mitad de las mesas. Casi nunca hay mexicanos en las mesas de los extranjeros.

Cada vez más los bares van dejando de ser una iglesia etílica donde los borrachos van a confesarse de sus gozos o culpas o a pagar la penitencia de sus malas decisiones para homogenizarse en búsqueda de la tendencia, del concepto más instagrameable.

Esa noche de Viernes Santo le dije a Jim: ¿Qué pasaría si abriera la cámara de mi celular e hiciera un live sobre lo cool que era echarse un gin tonic en una pequeña mesa del bar de Sanborns?

Por suerte, nada. No soy una celebridad, no despierto tendencia, no soy alguien sobrio y no quiero que el bar de Sanborns, de por si en peligro de extinción, termine como el Last Call.


Google news logo
Síguenos en
Wenceslao Bruciaga
  • Wenceslao Bruciaga
  • Periodista. Autor de los libros 'Funerales de hombres raros', 'Un amigo para la orgía del fin del mundo' y recientemente 'Pornografía para piromaníacos'. Desde 2006 publica la columna 'El Nuevo Orden' en Milenio.
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.