Segunda mitad de los ochenta. Alaska y Dinarama se me aparecieron por primera vez a la hora de la comida, a las tres de la tarde: lonche de frijoles con queso en ese inigualable pan francés lagunero recién hecho. Televisión encendida. “TNT: explosión musical” con Martha Aguayo y la futura ex primera dama, Angélica Rivera. Esta última fue quien presentó el videoclip: “Cómo pudiste hacerme esto a mí”, seguido de las palabras España, punk, rara, locochona.
El video mostraba una presentación en vivo, aunque la música provenía de un playback estereofónico. Deduje que Alaska debía ser la chica de las rastas y Dinarama el tipo guapísimo a su lado derecho, el del copete de niño bueno. Después supe que no era Dinarama, sino Carlos Berlanga. La letra me atrapó en cuestión de segundos por lo cinematográfico de sus versos. Una mujer devorada por los celos maneja un auto con el que intenta arrollar al hombre que la tiene loca de amor y de deseo carnal. Melodrama y tensión propia del cine negro.
Alaska se convirtió de inmediato en tema de conversación. A las mamás que iban a recoger a sus hijos de las escuelas primarias a la una de la tarde les encantaba esa mujer punk, rara y locochona. Sus coros eran pegajosos en el estricto sentido agridulce y eso les daba cierto tufo transgresor. Fue adoptada con apresurado entusiasmo por la audiencia mexicana de entonces, cooptada por la manipulación genérica de programas como “Siempre en domingo”, “Estrellas de los ochenta” o “Cachún Cachún Ra-Ra”, donde Alaska apareció como invitada especial, interpretando a una amiga del Giorgio.
Al menos en TNT, Alaska rotaba entre videos de Charly García y Ricky Luis, a quienes el rock se les escapaba por los agujeros de sus jeans.
Más tarde los Sex Pistols, The Clash, Black Flag y mis adorados La Polla Records llegaron a mi vida. Especialmente estos últimos ponían a mi abuela en una sobredosis de estrés y ansiedad irritante. Descubrí que una buena banda de punk es aquella que desquicia a los tutores y, bueno, hoy tenemos a punks con las canas de punta maldiciendo el reguetón con la misma angustia católica que mi abuela, en fin. Por cierto, La Polla Records fue mi rito de iniciación al rock radical vasco.
Mi percepción de Alaska se volvió hacia la sensación de un encantador fraude. Junto a La Polla por ejemplo y las bandas del radical vasco, lo suyo sonaba a transgresión new wave para niños, como Yuri haciendo el cover de Culture Club. Detrás de su extravagancia no había una subversión que desafiara el sistema.
Desde entonces he escuchado a Alaska bajo sospecha. Su mito como piedra fundacional de la movida española pesa más que la calidad de sus canciones, que no son malas, pero tampoco revolucionarias, menos en comparación con el rock radical vasco. Bandas como Eskorbuto o Negu Gorriak se metían en serios problemas por desafiar el sistema, incluso tras la muerte de Franco.
Por eso disfruto más a Fangoria, su proyecto del nuevo milenio, por lo frívolamente honesto de sus intenciones electropop, en el mismo sentido que los Pet Shop Boys, pero sin el finísimo sarcasmo de los británicos. Como sea, hasta antes del “Arquitectura efímera”, Alaska y Nacho Canut producían canciones audaces, bailables, con un buen dominio del castellano con el que hacían bucles lúdicos. Fue por esa época que sus canciones empezaron a dar forma al soundtrack del movimiento LGBT+ de España, especialmente en Madrid.
Recientemente, Alaska y Nacho Canut dijeron en una entrevista a un diario español que, para ellos, las siglas LGBT+ no significan gran cosa, ya que la sexualidad, la bisexualidad y la homosexualidad son “algo natural”. Lo cual tiene sentido. Al final, el destape de La Movida, después de los años de censura de Franco, fue, sobre todo, un movimiento de excesos estéticos con una patológica nostalgia por el glam rock, especialmente el de T. Rex, con el que Alaska está endeudada. Quizás, excepto Pedro Almodóvar, en La Movida y en Alaska y Dinarama no hay nada que cuestione al sistema.
Lo que desconcierta no es tanto el destape conservador de Alaska y otras divas adoptadas por el imaginario gay, como Nicki Minaj o Azealia Banks, sino nuestra necedad de adorar figuras del pop altamente comerciales como si fueran guías espirituales.
Después de Madonna, cuya historia como ícono gay se cuece aparte, no deja de llamarme la atención que la mayoría de las divas que los homosexuales adoptamos como íconos gays suelen ser cantantes a asimiladas por una industria desalmada, cuya prioridad son las ganancias millonarias, no así los derechos de las minorías que tanto dicen defender, o al menos promocionar.
Shockea ver cómo ningunean a los fanáticos gays. Explotándonos con sus costosos boletos de estadio. Nos domestican haciéndonos creer que basta con corear versos diabéticos como
“Beautiful” de Christina Aguilera para combatir los ataques de homofobia. Y cuando se les da la gana, nos dan la espalda justo en el momento en que la homofobia se radicaliza y les saca brillo a los nudillos. No es que La Polla Records fueran un ejemplo de ética punk, pero al menos eran unos sinvergüenzas a quienes les tenía sin cuidado la provocación violenta, con moshpit incluido.
Ahora que recuerdo a esas madres que esperaban a sus hijos afuera de la primaria, coreando “Ni tú ni nadie”, pienso que Alaska siempre fue conservadora.