Comunidad

Once mexicanos

Este martes volverá a ocurrir uno de esos fenómenos que pocos acontecimientos son capaces de provocar. Durante noventa minutos (esperemos que así sea), millones de personas estarán pendientes de un mismo partido, de un mismo balón y de un mismo escudo.

No importa si la reunión es en una sala, un restaurante, una oficina o una plaza pública. México volverá a jugar unido, aunque sea por un instante.

En la cancha aparecerán once futbolistas. Para ellos será un partido de eliminación directa frente a Ecuador. Para el resto del país será mucho más que eso.

Cada pase, cada barrida y cada disparo cargarán el peso de una ilusión que ninguna táctica puede explicar.

No representan únicamente a una federación o a un entrenador; representan la esperanza de quienes todavía creen que el fútbol puede regalar una alegría colectiva.

Cada generación ha tenido sus propios referentes. Algunos crecieron viendo a Hugo Sánchez; otros soñaron con Jorge Campos, Cuauhtémoc Blanco o Rafael Márquez.

Hoy son otros los nombres, otras las historias y otras las responsabilidades.

El uniforme verde cambia de dueño, pero la expectativa permanece intacta. Quizá esa sea la mayor tradición del fútbol mexicano: volver a empezar una y otra vez sin renunciar a la esperanza.

El fútbol tiene una capacidad que muy pocas expresiones sociales conservan. Es capaz de reunir a personas que piensan distinto, votan distinto y viven realidades completamente diferentes.

Durante un partido desaparecen, aunque sea por un momento, las diferencias que normalmente ocupan las conversaciones. No porque el balón resuelva los problemas del país, sino porque ofrece algo igualmente valioso: la posibilidad de compartir una emoción.

Hoy esos once mexicanos no saldrán a cambiar la historia nacional. Nadie debería exigirles semejante responsabilidad. Bastará con que jueguen con carácter, con orgullo y con la convicción de que detrás de cada camiseta hay millones de personas que, por unas horas, volverán a creer.

Si el resultado acompaña, la ilusión seguirá viva. Si no ocurre así, el país despertará el miércoles con las mismas preocupaciones de siempre.

Pero nadie podrá decir que, al menos durante noventa minutos, México dejó de soñar. Y quizá esa sea la mayor victoria que el fútbol puede ofrecer: recordarnos que todavía somos capaces de emocionarnos juntos como país frente a un mismo objetivo.


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Víctor Hugo Martínez
  • Víctor Hugo Martínez
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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