Hubo un tiempo en que los apagones ocupaban un lugar casi simpático en la cultura popular. Canciones como “El apagón" de Yuri los convirtieron en un recurso festivo; otros artistas los utilizaron como metáfora del amor, de la noche o incluso de la incertidumbre.
La falta de electricidad formaba parte de esas historias que provocaban una sonrisa pasajera.
Hoy la realidad es muy distinta.
En muchas colonias de Tampico, Ciudad Madero y Altamira, un apagón ya no representa una anécdota. Es una preocupación cotidiana.
Cuando la energía eléctrica desaparece durante una tarde de 38 grados, dejan de funcionar los abanicos, los equipos de aire acondicionado, los refrigeradores, el internet, los negocios y buena parte de la vida diaria.
Lo que hace algunos años podía considerarse una incomodidad, hoy puede convertirse incluso en un problema de salud.
La Comisión Federal de Electricidad sostiene que no existe una crisis generalizada. Explica que las interrupciones obedecen a tormentas, altas temperaturas, vegetación, fauna, descargas atmosféricas o equipos que requieren mantenimiento.
Todas esas razones pueden ser ciertas. Sin embargo, también parecen describir únicamente el detonante inmediato y no necesariamente el origen de un problema mucho más profundo.
Las ciudades cambian. Crecen. Se expanden hacia nuevos fraccionamientos, parques industriales y zonas habitacionales.
Cada año existen más viviendas, más comercios, más empresas y, sobre todo, mayor demanda de energía.
La verdadera interrogante es si la infraestructura fue diseñada para la ciudad que existe actualmente o para la que existía hace veinte o treinta años.
La propia CFE reconoce que mantiene programas de fortalecimiento y expansión de la red eléctrica. Eso significa que el crecimiento de la demanda obliga también a fortalecer la capacidad de distribución.
La discusión, por tanto, no debería centrarse únicamente en si los apagones son aislados o generalizados, sino en si el desarrollo urbano está siendo acompañado por la infraestructura que necesita.
Hace décadas los apagones inspiraban canciones. Hoy inspiran reclamos ciudadanos.
Las ciudades no colapsan de un día para otro. Comienzan a mostrar señales cuando su crecimiento avanza más rápido que la capacidad de los servicios para sostenerlo. Tal vez ahí, y no solamente en el siguiente apagón, se encuentre la conversación que realmente deberíamos estar teniendo.