M+ Venezuela vive una inmensa tragedia. Dos temblores consecutivos cimbraron la tierra, derribaron edificios y terminaron por dejar al descubierto las miles de carencias que el país ha ido acumulando a lo largo de las últimas tres décadas. Nadie puede permanecer indiferente ante lo que se vive en ese país. Y, sin embargo, en medio de la solidaridad de muchos, destaca la falta de empatía (capacidad de una persona de participar afectivamente en la realidad de otra) del hombre más poderoso del mundo. El pasado viernes, dos días después de los terremotos en Venezuela, cuando ya se sabía la magnitud de los daños (ese mismo día, el Servicio Geológico de Estados Unidos, gracias a su sistema automatizado PAGER, estimó que existía una probabilidad significativa de que el saldo terminara siendo de entre 10,000 y 100,000 muertos), declaró: “Estamos ayudando a Venezuela, donde ocurrió ayer un tremendo temblor, mucha gente murió, en pleno Caracas, tenemos mucha gente allá que está ayudando, pero Venezuela ha sido fantástica, tenemos una gran relación, fue una guerra de un día, los golpeamos tan fuerte, sólo un día, y ahora hemos sacado millones de barriles de petróleo y ya recuperamos el costo de la guerra, varias veces, pero igual de importante es que a ellos les está yendo muy bien, mejor que nunca, están haciendo más dinero que nunca, nunca han ganado tanto dinero como ahora. (Aplausos) Y de verdad, fuera de lo que pasó con el terrible temblor que derribó edificios, pero fuera de eso, es un país feliz otra vez, la gente está feliz, bailando en las calles”.
No debería causar sorpresa esa declaración. Durante su primer gobierno, cuando el huracán María devastó Puerto Rico (2,975 muertos), y Puerto Rico es un estado asociado de Estados Unidos, la ayuda fue poca, y cuando Trump visitó la isla, en un evento en el que se distribuía ayuda empezó, juguetón y sonriente, a lanzarle a la gente rollos de papel de cocina como si estuviera intentando encestar en un juego de basquetbol.
La falta de empatía de Trump va más allá de sus limitaciones personales: es un indicador de nuestra época. Porque en esto, no está solo. Basta con escuchar las declaraciones de otros políticos sobre este y otros asuntos para confirmarlo: Putin y su insensibilidad, ya no al sufrimiento de los ucranianos, sino ante la pérdida de vidas de los reclutas de su propio ejército en esa guerra, y Milei declarando que “si fuera cierto que la gente no llega a fin de mes, la calle tendría que estar llena de cadáveres” (cuando vetó una ley sobre las jubilaciones) o las de Bukele, o Daniel Ortega que descalificó a los manifestantes de la oposición como “plagas y vampiros que reclamaban la sangre del pueblo”.
La crueldad que deriva de la falta de empatía no se limita a la reacción ante un evento catastrófico como el de Venezuela, se expresa también en políticas públicas: la separación de familias migrantes en el primer gobierno de Trump, las deportaciones que supuestamente iban a ser únicamente de quienes tuvieran antecedentes penales y que terminaron siendo de cualquier indocumentado con el que se encontraban.
Los venezolanos, atónitos, han viralizado el video en el que Trump asegura que están felices bailando en las calles, la imagen es tan grotesca que, entre los comentarios al video, algunos recordaron la frase paradigmática de la falta de empatía, la que supuestamente dijo María Antonieta cuando le dijeron en los albores de la Revolución Francesa que los parisinos no tenían pan para comer: “Pues que coman pastel”.