M+.- Revelador que, en pleno Mundial de futbol —y lo que eso significa para los brasileños— el presidente Lula da Silva se haya burlado de Neymar, el jugador estrella de ese país, que fue convocado a pesar de estar lesionado y que no ha pisado el campo de juego. Textual, Lula dijo: “El primer convocado que hace home office en el mundo”. Esto, porque mientras sus compañeros jugaban un partido él permaneció en otra ciudad de Estados Unidos haciendo ejercicios de recuperación. Pero lo importante es lo que hay detrás de esas declaraciones, Lula busca desprestigiar a un jugador que ha apoyado públicamente a su odiado adversario Jair Bolsonaro. ¡Qué nos dice de la polarización política en Brasil que ni en estos momentos el presidente se haya abstenido de hacer esos comentarios!
Mientras tanto en Colombia, el candidato ganador a la elección presidencial de este fin de semana (a reserva de que los conteos definitivos lo confirmen), el ultraderechista Abelardo de la Espriella, no se quitó la camiseta de la selección de su país durante toda la campaña. Al punto que su contrincante, Iván Cepeda, harto exclamó: “¿Desde cuándo la selección colombiana es patrimonio del señor Espriella? Nos pertenece a todos”.
Tanto la ultraderecha colombiana como la brasileña han utilizado los colores de la bandera (y las camisetas de la selección de sus países) para identificar a sus movimientos como únicas expresiones legítimas de la unidad nacional, excluyendo de facto a todos los que no están con ellos.
Quizá, en parte, de ahí surgen las críticas que algunos aquí en nuestro país hacen por el énfasis que en estos días se ha hecho del elemento unificador del relajo mundialista. Ven en ello la reconstrucción, o el intento de reconstruir, una unidad facilona y ficticia (evocadora del régimen priista), que lo único que pretende es ocultar las muchas dificultades y diferencias que sí tenemos para adormilarnos a todos bajo esa engañosa cantaleta pop y desmovilizarnos. La verdad es que nuestras dificultades son inocultables y nuestras diferencias llevan tiempo expresándose.
Dicho esto, en nuestro país nadie se ha apropiado políticamente de la camiseta de la Selección, y en las calles, luego del triunfo de la Selección, se vio una mezcla de personas que seguramente no votan igual, no comparten ideología, religión ni origen social. Festejar, disfrutar ese momento raro, de júbilo compartido, no debe asustar a nadie. Grave, que nuestras divisiones hubieran alcanzado los niveles que tienen en otros países, donde ya no hay momentos de respiro.
La visita del pato Merlín a Palacio Nacional, comprada con esos otros usos del futbol en la política, es francamente benigna. Se suma al espíritu mundialista sin pretender apropiarse de nada, ni excluir a nadie.
Pero sirve ver a esos otros países en los que ya ni en estos momentos ni por un periodo corto pueden poner sus diferencias de lado; debería alertarnos acerca de cómo calibramos la intensidad de nuestras disputas (no de nuestras diferencias). Es lo propio de los movimientos populistas de derecha y de izquierda alimentar la polarización para solidificar a sus bases frente a quienes machaconamente son señalados por ser traidores y apátridas, por eso ahora la disputa tanto en Brasil como en Colombia ya va de un extremo al otro, varía la definición de quiénes son los que no pertenecen.
No estamos ahí. Ojalá nunca lo estemos.