Desde el primer segundo en que lo vi, supe que mi vida —nuestras vidas— cambiarían para siempre. Nuestros caminos estarían entrelazados durante un largo, largo tiempo y después, muy a mi pesar, y seguramente también al suyo, tendrían que separarse para que él construyera su propia hoja de vida.
La experiencia de ser padre es única, como la de ser mamá. Estar siempre al pendiente implica una enorme responsabilidad y compromiso. Cada etapa de su crecimiento y formación tiene un grado de complejidad que ni los más grandes estudiosos han logrado imaginar y mucho menos descifrar.
Pero creo que ahí radica lo maravilloso de esta tarea: encontrar un punto de coincidencia para ver una película, decidir qué cenar, a dónde ir o qué hacer; incluso imponer orden y reglas cuando la edad avanza y el tiempo de volar se acerca.
Después de años de aprendizaje, de momentos de inocencia y también de tozudez, el inexorable ciclo de la vida avanza y las complicaciones comienzan a manifestarse. Pero más allá de todo, queda el aprendizaje compartido, esa experiencia que nos curte y nos prepara para lo que pueda venir.
Es ahí donde el carácter se forja, tanto para ellos como para nosotros.
Porque quizá lo más maravilloso sea descubrir nuestra capacidad para sobreponernos a los sobresaltos y salir fortalecidos como padres e hijos.
Al final, también esa es una gran lección de vida.
El manual lo seguimos construyendo día a día. La colaboración es de ida y vuelta, muchas veces sin darnos cuenta, y las pausas para reencontrarnos son permanentes. Con el transcurrir de los años, nuestra aventura sigue sumando capítulos por escribir, en los que habrá desavenencias, pero nada que un video corto, un reel, un meme o un sticker no pueda suavizar.
Y lo más importante es que deben saber que siempre serán lo más importante de nuestras vidas. Uno estará al pendiente de ellos, sin importar la edad, la distancia o el rumbo que decidan tomar.
No existe un manual perfecto para ser padre. Vamos improvisando, equivocándonos y aprendiendo juntos a lo largo de los años.
Y quizá ahí esté la magia: descubrir que el amor no disminuye con los años; simplemente encuentra nuevas maneras de decir "aquí sigo".
Esta columna es dedicada a Mi Todo.