El gobernador del Estado, Américo Villarreal Anaya, lanzó una frase que buscó poner orden en las aspiraciones políticas rumbo al proceso electoral que arranca en septiembre: “es momento de definirse”.
Aludiendo a los tiempos de las encuestas y utilizando metáforas de juegos de mesa, el mandatario advirtió a los integrantes de su gabinete que, si tienen aspiraciones políticas, deberán separarse del cargo para no distraer las prioridades de la administración.
El problema es que el mensaje dejó fuera a buena parte de quienes ya hacen campaña desde el poder.
¿Por qué el llamado a la disciplina y a dejar las distracciones institucionales se limita exclusivamente a los secretarios de Estado? Si el gobernador ostenta la jefatura política real de Morena en Tamaulipas, la exigencia tendría que aplicar con el mismo rigor para toda la estructura: alcaldes, alcaldesas, diputados y senadores.
Al eximir de este llamado a los rostros de la primera línea municipal, el mensaje se vuelve ambiguo. Pareciera que en Tamaulipas la distracción en el servicio público depende del nivel del cargo que se desempeña.
La realidad en el territorio desmiente los llamados al orden desde el escritorio.
Al amparo de una legislación electoral frágil y permisiva, todo el estado atestigua una campaña velada pero constante.
Bajo el cobijo de "jornadas comunitarias", entrega de apoyos sociales, eventos de asistencia y firmas de acuerdos de hermanamientos, decenas de funcionarios y legisladores mantienen una presencia territorial que, aunque presentada como gestión institucional, también fortalece su posicionamiento político ante la ciudadanía.
¿Qué ganan con esto? La respuesta es simple: presencia y posicionamiento ciudadano en el ojo público.
Dado que el método de selección interna de Morena descansa en la fría matemática de las encuestas, los aspirantes necesitan que sus nombres suenen a toda costa.
Al estar en la calle entregando recursos públicos, garantizan estar en la mente del elector para cuando llegue la llamada de la encuestadora.
Esta pasividad ante la campaña permanente genera un blindaje y una ventaja competitiva desigual.
Mientras unos son llamados a definirse, otros siguen construyendo candidaturas desde el cargo.
Esa es la contradicción que el discurso oficial todavía no resuelve.