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Viernes , 15.02.2019 / 19:28 Hoy

Seguridad ciudadana

Infancia SÍ es destino (parte I)

Sophia Huett

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“El mejor medio para hacer buenos a los niños es hacerlos felices”
Oscar Wilde


Las experiencias dentro y fuera de las fronteras de México demuestran que no hay fórmula mágica para solucionar la inseguridad.

Quien cree que la solución radica en una mayor acción policial o de procuración de justicia, no solo se equivoca, sino que además pierde oportunidades sumamente valiosas para ofrecer soluciones integrales, con resultados a mediano y largo plazo.

Para prevenir la violencia y el delito, se requiere aplicar una combinación de diversas estrategias para generar cambios positivos y efectivos, por lo que la discusión pública sobre las estancias infantiles no es asunto menor, especialmente cuando se busca un enfoque multidimensional en el combate al delito y la violencia.

Como antecedente y a fin de conocer más de la naturaleza humana, estudios citados por la Organización de Estados Americanos indican que la agresión física aparece entre los seis y 12 meses de vida, cuando niñas y niños desarrollan su control motor y comienzan a reaccionar ante la frustración.

Luego, entre el primero y segundo año de edad, tienden a utilizar la agresión para obtener lo que desean. Se trata de los temidos berrinches en cualquiera de sus modalidades. A ello se agregan golpes e incluso mordidas, conductas que suelen estar presentes hasta los tres años de vida aproximadamente… en la mayoría de los casos.

Al crecer, las y los niños disminuyen las respuestas agresivas, debido a que desarrollan un mejor control de sus reacciones.

Sin embargo, los estudios también señalan que aquellos que siguen una trayectoria de alta agresividad física durante la edad preescolar, sin que se le atienda de forma adecuada, tendrán una mayor probabilidad de presentar algún tipo de comportamiento delictivo a mayor edad.

Adicional a ello, se establece que aún cuando existen variaciones genéticas en las tendencias agresivas naturales de cada niño, en la mayoría de los casos el entorno tiene un rol crucial en el fomento o limitación de dicha agresividad.

La historia familiar también es un predictor de conductas transgresoras, pues las políticas contra el crimen y la violencia también consideran la vulnerabilidad biológica y social de una familia al delito.

En el caso de América Latina existen evidencias de cómo el crimen no solo se concentra en áreas geográficas específicas, sino también en familias, al heredarse de una generación a otra.

Más aún, la criminología señala que ciertos antecedentes familiares podrían predecir el comportamiento criminal de una persona, por encima de su ingreso o situación laboral. Se advierte que los mecanismos sociales relacionados al comportamiento antisocial de niñas y niños se vinculan a los canales conductuales, que se refiere a modelos de conductas y estilos de crianza. A ello se suman los canales psicológicos, que son traumas, abusos infantiles y conflictos familiares; por su parte, los canales biológicos son aquellos que tienen lugar después del nacimiento y se relacionan con algún daño físico, como por ejemplo una herida en la cabeza o la exposición voluntaria o involuntaria a ciertas sustancias.

Aunque no todas las personas que han sufrido algún tipo de abuso se convierten en delincuentes, el maltrato sufrido durante la infancia es uno de los factores del comportamiento delictivo a futuro.

Sin poner en duda la importancia de la familia en crianza y formación de niñas y niños, en el contexto social actual es necesario realizar diversos análisis sobre cuáles son las conductas que se transfieren en el núcleo familiar e incluso de una generación a otra.

En el caso de aquellas familias cuyos miembros regularmente interactúan entre sí de una forma agresiva, de forma consciente o inconscientemente, enseñan a sus hijos que es apropiado. Esto contribuye a normalizar la agresión como una forma de convivencia, una agresión que probablemente escalará a diversas manifestaciones.

En caso contrario, en aquellas familias en donde se les enseña a identificar sus emociones y las de los demás, a generar empatía, cooperar, negociar, reconciliarse luego de un conflicto y acercarse a los demás para jugar, se fortalece el desarrollo de mejores habilidades sociales y emocionales.

Y antes de pensar que es exagerado hablar de cómo combatir el delito en el caso de niños que se encuentran en su primera infancia, es importante indicar que de acuerdo a los expertos, nunca es demasiado temprano para la prevención de la violencia. Citan que puede iniciarse incluso antes del nacimiento del niño, cuando la madre opta por un ambiente y alimentación sana, sin consumo de alcohol, tabaco y drogas. Por el contrario, se afirma que para maximizar su efectividad, las intervenciones para reducir la agresión física debe empezar antes de que niñas y niños cumplan cinco años.

Por ello, el juego y las enseñanzas basados en los principios básicos de interacción social, permiten a los niños regular sus emociones y así mejorar sus relaciones con quienes se encuentran en su entorno. Con la adecuada atención, aprenden desde la primera infancia que los gritos, golpes, tirarse al piso y las agresiones físicas incluso contra sus propios padres, no son la vía para obtener lo que se quiere y que por el contrario, para alcanzar sus objetivos deben hacer uso de las habilidades sociales.

En caso contrario, vivir en un entorno conflictivo o agresivo, podría reforzar las tendencias agresivas naturales del niño, así como reducir la probabilidad de que tengan modelos positivos de comportamiento para regular sus propios impulsos.

Ante este escenario, es congruente que al buscar disminuir los índices delictivos y de violencia, las inversiones que se realicen en educación y desarrollo para la primera infancia sean consideradas como parte de la prevención de patrones de agresividad y conductas crónicas de violencia para la resolución de conflictos.

¿Sería lógico considerar los efectos que tendrían en la prevención de la violencia y la inseguridad la operación de las estancias infantiles, ante la posibilidad de que sean familiares u otros actores quienes ahora cuiden a niños y niñas?

No solo es lógico, sino también indispensable.

El Artículo 4 de nuestra Constitución establece que en todas las decisiones y actuaciones del Estado se velará y cumplirá con el principio del interés superior de la niñez, garantizando de manera plena sus derechos.

También se indica que niños y niñas tienen derecho a la satisfacción de sus necesidades de alimentación, salud, educación y esparcimiento para su desarrollo integral, principio que debe guiar el diseño, ejecución, seguimiento y evaluación de las políticas públicas dirigidas a la niñez.

A las y los ascendientes, tutores y custodios les obliga a preservar y exigir el cumplimiento de estos derechos y principios, mientras que al Estado lo hace responsable de otorgar facilidades a los particulares para que coadyuven al cumplimiento de los derechos de la niñez.

Esto significaría, entre otras acciones, el acceso a la atención que permita al niño o niña su desarrollo físico, emocional y motriz sano, que favorezca la socialización y el aprendizaje, con alimentación adecuada y seguridad. Todo ello mientras su madre, padre o tutor trabaja.

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